¿Quién anda ahí? 2041- VI parte

27 sept. 2009




Muro de Adriano


Arsen está rodeado por varios círculos humanos. Delante del fuego, los niños, sentados en el suelo con las piernas cruzadas y los ojos fijos en él. Detrás sus madres, con los más pequeños en brazos, la mirada pendiente en los mayores, reclamando su silencio. Más allá los hombres, perdidos entre las sombras, fumando cabizbajos, somnolientos.

Al principio sólo eran unos pocos, y las historias eran inocentes cuentos. Con el tiempo se convirtió en el vehículo que mantenía vivo el pasado, su historia. Quizá deberían haber mandado a los niños a la cama, quizá; pero hubo un acuerdo tácito y silencioso de que ese pudor no tenía cabida en el mundo que les había tocado vivir.

Arsen abre un viejo libro, encuadernado en piel, de páginas amarillentas. Nadie sabe que está escrito en él. Mejor así. Si descubrieran que las páginas están en blanco quizá el ritual nocturno perdería su magia.

Arsen carraspea y comienza su relato...

La sangre sobre la nieve es más roja. Y la de una niña de quince años aún más. O eso pensaba el inspector Zacarías Villanueva, a punto de jubilarse y con un asesinato entre las manos la noche más fría del invierno.

Cuando le despertaron, en medio de la madrugada, estuvo a punto de decir que estaba resfriado, pero pudo más su absurdo sentido del deber.

Se tiró de la cama, encendió un cigarrillo y salió en pantuflas a la calle. Cuando quiso darse cuenta era demasiado tarde. Ahora soportaba estoico las burlas del forense y el juez. Hasta le había parecido ver un dedo acusador de un vecino congregado alrededor del cordón policial. Si por Villanueva fuera no habría series de policías en la televisión.

Se encogió de hombros y pensó: ¡Y qué más da! Quince días y podré ir descalzo si quiero. Suspiró, tiró el cigarrillo y apunto estuvo de aplastarlo con la zapatilla.


Sede del Klaan

De Lothian entra despacio en la habitación de su hijo. Lleva entre las manos un viejo libro, encuadernado en piel, de páginas amarillentas. Se acerca a la cabecera y escucha el sonido de su respiración. En ese momento el chico abre los ojos y le sonríe. El maestro asesino del Klaan retira el pelo de la frente de su hijo y se sienta a su lado. Padece una enfermedad congénita. Está inmovilizado en la cama desde que nació. De Lothian inventa historias para él. No sabe de donde le viene la inspiración, pero cada noche abre ese libro en blanco y comienza a relatarle en voz alta las historias que recuerda del pasado. Durante quince años no ha faltado una noche a su cita.


Al agacharse junto al cadáver, oyó como sus rodillas crujían. Soltó por lo bajines una maldición. Se puso los guantes y, con delicadeza, apartó el cabello de la cara de la muchacha.

Nunca pensaba en sus nombres. Inspeccionó la ropa, las heridas defensivas en las manos, el rimel corrido por las lágrimas. Le preguntó al forense por la hora de la muerte.

Descubrió un tatuaje bajo la cadera. "Estoy viejo", pensó. La idea de que un hada risueña y angelical anduviera cerca de la ingle de la adolescente le pareció perturbadora.

Luego se apartó de la escena del crimen y miró alrededor. ¿Cuánto tardarían en localizar a los padres? Fue a sentarse al coche y dejó la puerta abierta, alguien le trajo un café.

¿Que habría sido esta vez? ¿Una pelea de novios?, ¿un intento de violación, ¿un atraco? La vida y la muerte en manos de un malabarista ciego. Arriba, abajo, suspendidas en el espacio al mismo tiempo.


Muro de Adriano

Las madres han mandado a los niños a la cama. Los que quedan son huérfanos. Arsen levanta la cabeza y mira hacia las estrellas. Tiene la sensación de estar siendo observado. Como si él mismo formara parte de un libro, y un ávido lector permaneciera asomado a las páginas de su vida.

Un agente le trajo a un vagabundo que merodeaba por los alrededores.

--¡A ver, tú! ¿Qué me puedes decir? ¿Viste algo que nos ayude?

--¡Pero jefe! ¡Si usted tampoco tiene zapatos! ¡Jodía anda la cosa cuando a los maderos no les da el sueldo ni pá ir calzaos!

Villanueva suspiró e hizo como que no veía las risitas de su compañero.

Del interrogatorio no sacó nada en claro. Sin embargo, estaba convencido que de esa noche se llevaría un resfriado de los que dan para una semana en cama. Se le pasó la idea por la cabeza de que uno de sus juanetes se hubiera congelado por la helada.

El sol comenzó a apuntar maneras al amanecer. A la luz del día la nieve sangraba.

Oyó el chirrido de una frenada y supo lo que se avecinaba. Una mujer y un hombre se acercaron, escoltados por dos policías. Al llegar a su altura se detuvieron. Uno de los agentes hizo un gesto imperceptible con la cabeza a Zacarías.

--Buenos días, señora, señor. No queremos que se alarmen. Sólo necesitamos de ustedes una identificación rutinaria. Dejó pasar unos segundos. ¿Su hija, por un casual, lleva tatuada un hada en la cadera?

La mujer cerró los ojos y los apretó con fuerza. El hombre la atrajo hacía si y rodeó sus hombros. Asintió.

Zacarías Villanueva miró al suelo. Aquella mujer iba en zapatillas.


Sede del Klaan

De Lothian cierra el libro, apaga la luz y permanece en silencio junto a su hijo. Mira las estrellas y, por un momento, tiene la sensación de que puede dejar de ser De Lothian: la Bestia del Klaan, y convertirse en un hombre cualquiera. No sabe como le haría sentir algo así. Mira fijamente hacia la noche, como si pudiera pedirle cuentas a alguien que estuviera mirándole desde el Otro Lado.


La Tierra, antes del 2041

Zacarías Villanueva llega a casa y se quita las zapatillas húmedas. Se sienta ante su escritorio, abre el viejo libro de cuero y páginas amarillentas y comienza a escribir en él con una pluma mojada en zumo de limón.

2041-5ª parte Multiverso

13 sept. 2009


"Todos tenemos alguna experiencia de la sensación, que nos viene ocasionalmente, de que lo que estamos diciendo o haciendo ya lo hemos dicho y hecho antes, en una época remota; de haber estado rodeados, hace tiempo, por las mismas caras, objetos y circunstancias; de que sabemos perfectamente lo que diremos a continuación, ¡como si de pronto lo recordásemos!"

Dickens, Charles (1991). Personal History of David Copperfield. Time Warner Libraries.


Muro de Adriano, 12 de Septiembre de 2041

Mientras Arsen ve marcharse a Picto, siente que no es la primera vez que han mantenido esa conversación. Eso es imposible, y aún así, no puede quitarse la sensación de encima. Cada uno de los gestos, de las palabras que han dicho, parecen producto de la repetición: como el ensayo de una obra de teatro.


Chicago, Illinois, 1893

Nikola Tesla logra transmitir energía electromagnética sin cables, construyendo de este modo el primer radiotransmisor.



New York, Estados Unidos, 1901

El Dr. Tesla afirma que sus equipos han recibido una señal codificada mientras se encontraba en su laboratorio. Como aún no existen las estaciones de radio, la única explicación es la comunicación interplanetaria. A raíz de este hecho escribirá un artículo titulado "Hablando con los planetas". Tesla comenta con Mark Twain el "deja vú" que segundos antes de producirse la señal había experimentado.


Redding, Connecticut, 21 de Abril de 1910

Samuel Langhorne Clemens, más conocido como Mark Twain, muere consumido por la tristeza ante la súbita muerte de su hija Jean. De toda su descendencia solo una de ellos le sobrevive. Un mes después de su muerte, Clara Clemens, se dirige en plena noche a un hotel de New York para reunirse con Tesla, amigo de su padre.

Cuando entra en la habitación, las ventanas están cerradas a cal y canto, hay papeles esparcidos por el suelo, la cama está desecha, la puerta del baño abierta. La mujer ve su propio reflejo en el espejo del lavabo y un escalofrío le recorre la espalda. Siente un fuerte y desagradable "deja vú".

Entrega a Tesla un sobre cerrado, con la letra de su padre y, sin mediar palabra, abandona la habitación.

Años después, durante un paseo, Tesla sufre un ataque y cae inconsciente al suelo mientras recita el Fausto de Goethe. Cuando vuelve en sí, lo primero que dice es que ha visto y hablado con Twain. A continuación exclama ufano que ha descubierto el problema de su motor eléctrico: "¡Es el campo magnético rotativo lo que lo mueve!".


Nueva York, Estados Unidos, 7 de enero de 1943.

Nikola Tesla fallece sólo en un hotel. Agentes del gobierno incautan todos sus papeles. La justificación es la Seguridad Nacional. Sus documentos nunca fueron desclasificados. El agente al mando, Theodore Barry, tiene la sensación de haber vivido ya ese momento cuando sostiene frente así los últimos apuntes de Tesla.


Edimburgo, Escocia, 1960

Andy Nimmo, vice-director de la British Interplanetary Society se dispone a dar un discurso para dicha organización acerca de la interpretación "varios-mundos", de la física cuántica que se había publicado en 1957. Mientras repasa sus apuntes entre bastidores, observa que los cordones de su zapato izquierdo están sueltos. Se agacha, pero al hacerlo, pierde el equilibrio y da unos cuantos pasos en falso. Eso le salva la vida. Un foco se ha desprendido y ha caído en el sitio donde el se hallaba apenas unos segundos antes. Mientras todos le rodean y le preguntan como está, tiene la sensación de haber vivido ya ese momento.

Andy Nimmo acuño el término "multiverso": "un universo aparente, una multiplicidad de universos que se combinan para ser el universo entero".


Massachusetts , Estados Unidos, 16 de junio de 2008

Adam Frank entrevista al cosmólogo Max Tegmark para la revista Discover Magazine.

Max Tegmark habla de su idea de que "todo un universo puede que no fuera más que un dodecaedro, una figura de 12 lados que ya los griegos describieron hace 2500 años...(...). Dice que se entusiasmó con la idea de que el universo no fuese en realidad más que un objeto matemático.

Adam Frank le pide que explique los universos paralelos. Oye la voz de fondo de Tegmark diciendo que "cada uno de nosotros tiene un gemelo en una galaxia que se encuentra a una distancia de alrededor de 10 elevado a 1028 metros de aquí.(...) En un espacio infinito, incluso los hechos más improbables tienen lugar en algún sitio. Existen infinitos planetas habitados que contienen gente con el mismo aspecto, nombre y recuerdos que nosotros, y que ejecutan cualquier permutación posible de las decisiones vitales que hayamos tomado."

Frank asiente, mientras contempla a Erika Larsen preparar el escenario para la fotografía que encabezará el reportaje. Quiere salir con ella, pero aún no se ha atrevido a pedírselo. Escuchando a Tegmark piensa si habrá algún universo donde Adam salga con Erika y formen una pareja feliz. O todo lo contrario. Quizá sea un tremendo error.


España, 13 de Septiembre del 2008

Adrian Baños Couso escribe en su blog "Estudiar física": "el cerebro, una de las grandes incógnitas de la ciencia, podría ser capaz de viajar entre estas dimensiones transmitiéndonos imágenes de ellas, lo que nosotros traduciríamos como imaginar. Asimismo, esas ocasiones en las que dices “ésto ya lo he vivido”, puede deberse a una corriente de antipartículas que en su viaje hacia el pasado hayan estacionado en tu cerebro, transmitiéndole la información de un modo “x”.


New York, Estados Unidos, Lunes 18 de abril de 1983

Jiddu Krishnamurti está en New York. Ofrece dos conferencias en el Felt Forum del Madison Square Garden, y asiste a un seminario organizado por el Dr. David Shainberg.

Lea le observa atentamente desde la última fila. Al término de la charla, permanece al fondo, de pie, mientras el recinto se vacía. Krishnamurti ve los ojos de la mujer ahogados en lágrimas. Baja del escenario, lentamente, y se acerca con suavidad a ella.

Silencio...

Silencio...

Silencio...

"Sin duda alguna, con absoluta certeza, existe un área donde el pasado no proyecta ninguna sombra, donde el tiempo --pasado, presente y futuro-- no significa nada." Del Diario III de Krishnamurti.


Sede del Gobierno del Klaan, 12 de Septiembre de 2041

De Lothian contempla su imagen en el espejo. El traje de gala con las medallas le resulta innecesario pero sus asesores han insistido. Ha pedido estar unos momentos a solas antes de la recepción.

Tiene que acabar con la insurgencia de la Miasma como sea, de lo contrario peligrará su cabeza. Para el Klaan todos son "material fungible".

Cuando va a coger el vaso de agua, este resbala de sus manos y cae al suelo hecho pedazos. De Lothian sabe lo que va a ocurrir a continuación: su mujer entrando precipitadamente en la estancia, los criados apresurándose a recoger los trozos de cristal, Stacia mirándole implacable desde el quicio de la puerta. Sabe que el "deja vú" no es más que un solapamiento entre los sistemas neurológicos responsables de la memoria a corto plazo, y aún así no puede evitar que la piel se le ponga de gallina.


IV parte De costuras y remiendos

26 ago. 2009


Arsen de Lothian (Edimburgo 1999 — Muro de Adriano 20??) Se le considera el ideólogo de la Miasma, aunque algunos contemporáneos ( véase Thomas Burns "La Rebelión de la Miasma") vieron en el más una figura poética e idealizada que la mente pensante que organizó la sublevación contra el Klaan en los hechos comúnmente conocidos como "Noche Aciaga" en 2049, y su posterior resistencia a manos de los insurgentes.


Tomo VI - La Guerra Perdida de Evan Trevanian


Cuando Stacia llegue al Muro de Adriano no me encontrará. Puede que pasen meses o años, pero —al final— su voluntad la conducirá hasta mí. Sólo hay un problema, insignificante: el hombre que tendrá ante sus ojos se habrá convertido en un completo desconocido. Intento imaginarnos juntos después de tanto tiempo, y en cada ocasión terminamos de la misma forma: ella gritando, yo tapándome los oídos, y su voz haciendo estallar un espejo en el que contemplo un Arsen roto, hecho pedazos. Un Arsen de Lothian oscuro, vacío, henchido de aquello que más teme.

Me ofrezco voluntario para las guardias nocturnas. Todos piensan que soy un héroe. Eso me avergüenza. Me consume.

Durante la noche, las tinieblas hacen que mis pensamientos parezcan menos sombríos. No hay contraste. Cada uno de ellos asemeja a una prenda mal confeccionada. Soy un sastre de manos temblonas, cortando y cosiendo en una frenética carrera contra reloj. Al terminar y ver el resultado, enloquecido, los deshago, y vuelvo a coser una y otra vez, pinchándome, sangrando, dejando mi huella roja sobre cada uno de ellos.

Enhebro mi cordura con un hilo desecho, con la esperanza de hallar algún sentido.

Vivo a costa de los sueños que una vez forjé, y que ahora me resultan imposibles de creer. Pero miento bien. Y los demás, cuando me escuchan, sueñan. Es por eso que aún me permito vivir, a pesar de mi impostura.

La noche es fría, despejada. Arsen de Lothian tiene la piel de gallina, se ha negado a coger una prenda de abrigo esperando evitar el sueño. Debe permanecer alerta. Alza la cabeza y distingue a Scorpius: brillante, onírico. No es capaz de asimilar que en el año 4000 A.C. los sumerios pudieran contemplar ese mismo cielo. Al ser humano se le escapa el Universo, demasiado paño para tan torpe sastre. De Lothian piensa "pequeño, pequeño, insignificante, banal, todo nuestro sufrimiento".

Un lobo aulla, unos pasos se acercan sigilosos, Arsen suspira.

—Si no mueres un día...

—Mueres otro...

—Arghhh, por dios bendito, ¿quién tuvo la ocurrencia de ese santo y seña!

—Hum... creo que yo... me pareció trascendente.

—¡Y una mierda! No he oído tamaña sandez en mucho tiempo, chico.

—¿Qué te trae por aquí, Picto? Dime...

—Ah, Arsen, siempre directo al grano. ¿Un poco de whisky?

—Sabes que no bebo. Venga, suéltalo y vete.

—Admiro tu cortesía, muchacho, en serio. Bah, tranquilo, me esfumo rápido. Te traigo noticias: ha regresado un comando del sur, diezmado, corren rumores de grupos armados que se están oponiendo al Klaan. Dicen que se dirigen hacía aquí.

—¿Son fiables las fuentes?

—Ya sabes como va esto... les hemos practicado la Cuarentena, pero el Klaan les entrena cada vez mejor para superar nuestros interrogatorios.

—¿Se sabe quién es su líder?

—Una mujer.

Arsen cierra los ojos y contiene la respiración. No, tan pronto no —piensa—, aún no estoy preparado, jamás lo estaré.

—¿Su nombre?

—Stacia, de la tribu Eburonian.

Arsen ahoga una exclamación.

—¿Qué quieres decir con eso de "tribu"?

—Ni puñetera idea. No preguntes. Por lo visto se han unido en tribus, para organizarse, comunicarse y distinguirse entre ellos.

De Lothian permanece en silencio, el corazón se le desboca, de seguir así tendrá que volver a coserlo antes de que amanezca.

—¿Y sabes que es lo mejor?

—No quiero imaginarlo...

—La tal Stacia dice que te conoce, que cuando os encontréis te dirá de que forma podemos poner fin a la guerra.

Quiere decir algo, pero la boca se le queda abierta en un rictus de sorpresa. Su abuela le hubiera dado un sopapo para traerlo de vuelta.

—¿Muchacho?

—¿Si?

—¿La conoces?

Vacila unos segundos. Es mi hermana, mi hermana gemela—, contesta.

Ahora es el turno de Picto de abrir la boca y cerrarla antes de que le entre cualquier mosca.

Nunca fuimos héroes-2041-3ª parte

8 ago. 2009

Así en la tierra como en el cielo Andrés Palma

Hay quien dice que lo más difícil es dar el primer paso, ponerse en marcha. No estoy de acuerdo. Levantarte y echar a andar un día tras otro, sabiéndote vencido es el verdadero reto.

El Muro de Adriano quedaba a más de mil quinientos kilómetros de distancia. Las posibilidades de que Arsen siguiera con vida eran prácticamente nulas. El Klaan obligaba al ejército a patrullar el exterior del Muro. Muchachos de apenas quince años se parapetaban en tanques, disparando antes de preguntar.

El Klaan cometió un error. Despojó a la Miasma de toda oportunidad, de toda esperanza. Para aquellos que nada tenían que perder, morir se convirtió en su victoria. Quisieron creer que alcanzarían la "Otra" vida revestidos de gloria. Para mí, también de desesperación. Pero... ¿quién soy yo para juzgarles? Sus incursiones contra el Muro eran salvajes, suicidas, pero consiguieron su propósito: pusieron nervioso al Klaan.

Estábamos en guerra. Nos convertimos en soldados a la fuerza. Pero no formábamos parte de ningún ejército.

Todo valía. Era la forma de actuar del Klaan. Ahora era nuestro turno. Si queríamos sobrevivir teníamos que deshacernos de nuestros prejuicios y convertirnos... ¿en qué exactamente?

Nuestros peores instintos salieron a flote. Conseguir comida y agua era una tarea titánica, diaria, desalentadora. Constantemente veía cuerpos entre los escombros de las ciudades. Las ratas daban buena cuenta de ellos. Aunque no solo ellas. El canibalismo dejó de ser una profanación y se convirtió en una fuente de alimento cuando no tuvimos nada que llevarnos a la boca. Cualquier esquina era buena para dejarse caer y comenzar a morir.

¿Cómo se mantienen las promesas hechas a uno mismo? Con dificultad, sin duda. Con fracasos y mentiras.

No quiero engañaros. Maté, robé, traicioné; sólo para mantenerme con vida. El miedo me convirtió en una bestia ciega. Quería llegar al Muro de Adriano, tenía que ver a Arsen y contarle lo que había descubierto. No podía dejar que nada, ni nadie se interpusiera en mi camino.

Cada una de las personas que se arrastraba por el planeta tenía una historia igual o mejor que la mía para justificar sus actos. Nunca fuimos héroes, ni nada remotamente parecido.

Me violaron. Supe que poco tenía que hacer ante ese hombre de metro ochenta, rodeado por su pandilla: armados, enloquecidos, hambrientos. Le dejé hacer. Se confió. Acercó su cara a la mía. Le sonreí. Despacio, llevé mis labios a su cuello, abrí la boca y le clavé los dientes. El primer mordisco apenas se llevó un poco de carne, pero no solté. El segundo, rasgó músculo y alcanzó las venas. Tiré de ellas hasta que reventaron. ¡La sangre estaba tan caliente..! Cogí el arma de su cintura, le utilicé de escudo y disparé a los otros tres desde el suelo. Necesité varios disparos pero el factor sorpresa jugó a mi favor.

No fue fácil matarles, no era una buena tiradora. Me quité al gordo de encima, y rematé de cerca uno por uno a cada uno de ellos. Cuando terminé me temblaban las piernas. La boca y el pecho empapados de sangre. Lo primero que pensé fue si el hijo de puta tendría alguna enfermedad que pudiera contagiarme. Creo que por eso me acerqué y a pesar de estar muerto, le descerrajé un tiro en los huevos. Luego registré sus bolsillos y me llevé todo lo que pude.

Quise llorar. Pero no pude. O no me lo permití.

Levanté la cabeza y vi la luna asomando por entre las ruinas de la bóveda de una antigua iglesia. Y entonces le vi. Estaba sentado a los pies de lo que en su día fue el altar. Recuerdo que lo primero que pensé es que debía haber presenciado todo y no había sido capaz de mover ni un dedo en mi ayuda. No me equivoqué.

Tenía una barba grisácea que le caía sobre el pecho, sucia y enmarañada como su pelo. Mantenía los brazos cruzados, mientras se balanceaba adelante y atrás. No pude ver sus ojos. Pero podía olerle. Apestaba.

Se levantó despacio y vino hacia mí. Me sorprendió que pudiera andar porque estaba extremadamente delgado. Era como un saco de huesos, todo pellejo. Se quedo a medio metro, mirándome fijamente, en silencio. Estaba llorando. Me había robado mis lágrimas. Le dí la espalda y eché a andar.

Al poco escuché unos pasos que me seguían. No me giré. Supe que a partir de ahora tendríamos un camino que recorrer juntos. ¿Por qué? Esa es la parte de la historia que necesitaba contarle a Arsen. Eso era lo que había descubierto.

Era tan viejo que podría haber sido mi bisabuelo. LLamádle Avijai.


Material fungible (2041--2ª parte)

19 abr. 2009


La quiebra entró de puntillas, por la puerta de servicio. Insospechada. No hubo ningún "Enola Gay" descargando sobre medio mundo, ninguna Muerte Negra asolándolo. No. El final fue taimado, tramado en oscuras reuniones de despachos: el Klaan fue el creador de los eufemismos que nos mantuvieron narcotizados.

Al principio se habló de inestabilidad, luego de crisis. La mayoría de nosotros quiso creer que aquella mala racha pasaría. ¿Qué otra alternativa nos quedaba?

La brecha social creció. Como una raja en la suela de nuestros zapatos. Seguimos caminando, indiferentes a las pequeñas piedras, tierra y astillas que se colaban por ella. Y un día llovió, y nuestros pies se mojaron. Pero no hicimos nada, salvo secarnos. Seguimos caminando, y un buen día un cristal se clavó en nuestra piel, sangramos, la herida se infectó, y nos dijeron: hay que amputar.

El trabajo. De dos sueldos en casa, se pasó a uno, de uno a ninguno, del subsidio de desempleo a la ayuda de los familiares. Perdimos los derechos conseguidos a través de los siglos por nuestros predecesores. Pero nos aseguraron que no había otra forma de superar la Crisis. Y aceptamos, nos lo creímos. Pensamos que se podría echar marcha atrás.

Los gobiernos se declararon en quiebra, incapaces de mantener los servicios públicos. La educación, la sanidad, el transporte, la seguridad; todos privatizados. Se produjo lo impensable: analfabetos en Europa. Los ancianos morían abandonados, la mortalidad entre la población menor de treinta años se disparó.

La Edad Media del siglo XXI.

Recuerdo las conversaciones en las filas de la oficina de empleo. Nadie podía creer que aquello durara mucho tiempo. ¿Cómo iban a dejar de pagar pensiones y subsidios? ¿Qué sería de nosotros? Material fungible.

No hubo reacción. Inmovilizados por el veneno de la desilusión, la desconfianza, la picadura del alacrán resultó mortal. El Klaan danzó en círculos entorno a nosotros mientras entonaba, cada vez más alto, su mantra del miedo.

Dejamos de creer primero en los demás, luego en nosotros mismos. Olvidamos nuestra fuerza: la unión.

La desesperación disparó la delincuencia, el crimen, la violencia. Fue una ola que recorrió el planeta. Un Tsunami de almas rabiosas e impotentes, condenadas.

Fue entonces cuando surgieron los muros.

Dentro de los propios países: fronteras venenosas, serpientes de cemento segregacionistas.

Alemania, Estados Unidos, Palestina y Brasil fueron los primeros. La idea no era algo nuevo: el primer ghetto apareció en Venecia para separar judíos de venecianos. Un muro más o menos no iba a hacer daño. Por supuesto, todos los que pensábamos de esa forma estábamos -en esos momentos- extramuros.

Surgieron en cada rincón del planeta. Un sarampión, virulenta exantema del sistema económico y político, que infectó a todos los países.

Los gobiernos nos dijeron que eran necesarios, para protegernos de La Miasma. Así empezaron a llamarnos. En realidad, se construyeron con el fin de proteger al Klaan y sus cachorros.

La Miasma devoró las clases bajas, y se deleitó con el postre de las medias.

Al final, la mayoría de nosotros se encontró -sin apenas darse cuenta- encerrada tras un muro.

Nos volvimos peligrosos. No teníamos nada que perder.

La gente comenzó a agolparse en los controles de los muros para ofrecerse como esclavos, para vivir al otro lado de la forma que fuese. La primera vez en la Historia en que la esclavitud se volvió voluntaria.

Los trabajos se convirtieron en meras transacciones de un día: un poco de comida, agua, unas medicinas, o ropa.

La Ley: el Klaan nunca reconoció más Justicia que su beneficio personal.

Un día vi como un juez imploraba a un antiguo convicto algún trabajo para poder comer. Este le miro y le dijo: ¿No fuiste tú el que me encerró? Después le dio la espalda, y siguió oteando a los candidatos a esclavo. El que fue en su día Jefe de Policía se había convertido en su mano derecha. Por unos segundos, sus miradas se cruzaron. Quizá se reconocieron. El Juez fue el primero en darse la vuelta. Una semana después vi su cadáver tirado en el suelo.

Ahora sé lo que tengo que hacer. No busco ningún Grial, ni el Arca Perdida. Debo llegar hasta el Muro de Adriano. Allí encontraré a Arsen.

Hoy recordé a Melville: llamadme Stacia.

Era el fin, era el principio... (2041 1ª parte)

12 abr. 2009


No sé que día es hoy. Sería bueno saberlo: conocer el año, el mes, el día en el que vivo. Durante la guerra, la noción del tiempo se hizo añicos. Al principio llevábamos la cuenta, pero sólo fue durante las primeras semanas. Cuando la enfermedad, el hambre, y el miedo bajaron a los túneles del metro para vivir con nosotros, entonces, oh señor, entonces a nadie le importó si era martes o jueves, cinco o veinte, enero o marzo.

Yo fui una de las que prefirió morir en la superficie. No hubo consenso, ni grupos de personas bien intencionadas que se unieran en esos momentos. No. Fuimos saliendo a hurtadillas, de uno en uno, en parejas o, como mucho, pequeñas familias.

Yo subí sola.

La casualidad quiso que el momento que elegí fuera el amanecer. Tuve suerte. Si hubiera estado anocheciendo, no hubiera sobrevivido a esa noche.

Me costó acostumbrarme a la luz del día, pero eso ya lo había previsto. Lo que nunca imaginé es que tuviera que pisar cadáveres para poder caminar. No había espacio para esquivarlos. Tampoco preví que ningún mapa me serviría de referencia: los edificios, esparcidos por el suelo como en la peor de las películas apocalípticas, conformaban una nueva geografía.

La primera vez que vi un coche de policía me escondí. Eso fue también un golpe de suerte. No quedaban policías.

Cuando oí más de cuatro voces, me apresuré a cobijarme tras los escombros de lo que debió de ser un muro de alguna casa. Pasaron muy cerca. Los gritos de la mujer pidiendo ayuda consiguieron alterar las leyes de la física, mi cuerpo empequeñeció varios centímetros, mimetizándose contra los restos de aquella pared. Los sollozos de su hija me aceleraron el corazón de tal forma que supe que iba a morir allí mismo.

Nada de eso: dos tiros y risas. Risas. Matarlas tan rápido había sido un golpe de suerte para ellas. No fue hasta más tarde cuando me di cuenta de que en ningún momento se me había cruzado por la cabeza la idea de ayudarlas.

¿A dónde ir?

Entonces le vi. Caminaba sigilosamente entre las ruinas, aunque la sensación que tuve al mirarle, fue de que estaba paseando. Como si en lugar de andar por una ciudad destruida estuviera dando un paseo de placer. Sus ojos verdes me miraron de refilón, no quería que supiera que me había visto. Y luego vino el otro. Aquel momento no lo olvidaré jamás. Cuando las cosas se ponen muy, pero que muy feas, entonces, cierro los ojos y evoco aquel día.

Los ojos del otro eran marrones, y en lugar de disimular, se paró en seco al verme. Esto obligó a su amigo a detenerse, muy a su pesar. Me miró fijamente. Estaba evaluando que clase de peligro era yo. No pude evitarlo. Sonreí. Poco a poco, mis labios se fueron ensanchando involuntariamente, hasta que terminé echando la cabeza atrás y emití una especie de gorgojeo. Era lo más parecido a mi risa que recordaba.

Durante muchos meses, tantos que quizá habían hecho un año, sólo había llorado. Y ahora, al verles, un sentimiento sin nombre abrió de una patada las oxidadas puertas de mi alma.

El de los ojos marrones se me echó encima. Y su reticente colega, no tuvo más opción que seguirlo.

El perro movía el rabo de un lado a otro frenéticamente y me daba lametazos por toda la cara, el gato se restregaba por mis piernas muy despacio mientras ronroneaba como un pequeño motor.

Olvidé que había decidido pegarme un tiro. Cuando eché a andar de nuevo, ellos decidieron el camino. Me pareció una buena idea. En eso, al menos, no me equivoqué.

Conseguí comida de la mochila de un muerto. Los muchachos me llevaron al escondite donde dormían. No estaba mal. Me costó acostumbrarme a las ratas, pero entre los dos las ahuyentaban, e incluso las cazaban.

Aquella noche, antes de que el cansancio me venciera, pensé que el agua que había sacado de los túneles me daría para dos días, a lo sumo tres.

Me apoyé en el perro y cerré los ojos. El gato se hizo un ovillo en el hueco de mi tripa.

Cuando recordara mi nombre, les pondría uno a ellos.

La epidemia del miedo: gripe A H1N1

11 abr. 2009

Que cada uno saque sus propias conclusiones: Fuente de información: Chile Google




La empresa norteamericana Gilead Sciences tiene patentado el Tamiflú. El principal accionista de esta empresa es nada menos que un personaje siniestro, Donald Rumsfeld, secretario de defensa de George Bush, artífice de la guerra contra Irak. Donald Rumsfeld el 3 de Enero de 1997, es nombrado Presidente de Gilead Science, sucediendo en el cargo a Michael Riordan, que fundó la compañía el año 1987 y fue Presidente hasta el año 1993. Deja su cargo en Enero de 2001, cuando asume como Secretario de Defensa, pero continúa apareciendo como gran accionista de la empresa. En Noviembre del 2005, Bush solicita al congreso US$ 7,1 millones de dolares para la lucha contra un foco de GRIPE AVIAR, de los cuales US$ 1 millon es exclusivo para la compra de medicamentos de Gilead Science. En Julio de 2006, la FDA aprueba el medicamento Atripla, para la lucha contra el virus del SIDA, que también beneficia a la misma empresa Gilead Science. Durante el mismo año Gilead Science compra 2 empresas más relacionado con la biofarmaceutica, que son Myogen y Raylo Chemicals. Actualmente Gilead Sciences Inc. es la propietaria de la patente de Tamiflu, y tiene contratos firmados con una subsidiaria norteamericana de F. Hoffman-LaRoche Ltd, que le otorgan a esta última los derechos de fabricación y ventas hasta el año 2016. Según el New York Times, con fecha 28 de Octubre de 2005, un memorandum, debido a una investigación que le vinculaba con el negocio de los fármacos, siendo el un accionista, decía que el secretario de Defensa no tomaría parte en ninguna decisión que pudiera afectar sus intereses financieros en la empresa Gilead Sciences Inc. ni participará en cuestiones relacionadas a posibles respuestas del Pentágono ante el surgimiento de una epidemia, siempre y cuando ninguna de estas decisiones afecte a Gilead. Actualmente, y según la investigadora de GlobalResearch, Lori Price, el ex secretario Rumsfeld continúa siendo uno de los directivos de Gilead Science, que ya lleva siendolo por más de 20 años, y sigue acumulando ganancias, y más aún con la venta del Tamiflú.

Para nada es el interés de Roche o Gilead colaborar en la solución del problema. Ambas empresas ya ganaron inmensas sumas en 2005, vendiendo millones de dosis de Tamiflu a gobiernos asiáticos que temían un brote de la gripe aviar. Varios gobiernos (entre ellos la India, el segundo país más habitado del mundo) en efecto pensaron primero en sus ciudadanos antes que en las empresas privadas, y dieron autorización para sintetizar el Oseltamivir (Tamiflu genérico) sin el permiso de Roche. Las dosis genéricas cuestan la mitad que sus pares comerciales; Argentina y Tailandia también consideraron medidas similares.

Hoy, en 2009, Roche y Gilead nuevamente se preparan a vender millones de dosis de Tamiflú, que supuestamente puede curar la gripe porcina aún cuando el gobierno mexicano informó recientemente que ninguna vacuna es eficaz, y ofrece una recompensa de un millón de pesos al investigador que desarrolle una.



Como segunda conclusión, y para que no quede duda, una cosa es que Roche venda el medicamento Tamiflú, y otra que los que ganan también son los que tienen la patente, que en este caso es Gilead Science, de la cual Donald Rumsfeld sigue siendo accionista importante....


[...] Detrás de Gilead Science estan personajes como George Schultz , también en la secretaria de defensa junto a Rumsfeld, que formaba parte de la constructora Bechtel, con negocios en la Irak post guerra. Se puede también investigar la interesada predilección del gobierno de Estados Unidos por otro antiviral: Relenza de Glaxo Smith Kline. También Sanofi-Aventis y Chiron Corp han sido congraciadas con la compra de las vacunas. Donald Rumsfeld, como anterior mandamás de GD Searle, presionó a la Administración Federal de Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) para el uso de aspartame” (Nota: edulcorante artificial con suculentos dividendos) que había sido frenado durante 10 años. Se presume que Rumsfeld obtuvo 12 millones de dólares por la venta de GD Searle a Monsanto (otra transnacional importante en el negocio del agro). Por alguna razón Rumsfeld se ha visto inmiscuido en los recientes 29 años con asuntos de “gripe” proveniente de los animales, como sucedió con la muerte de un recluta militar en 1976 en Nueva Jersey quien falleció de “gripe porcina”. A demanda expresa de el ex secretario, entonces el más joven secretario de Defensa en la historia estadunidense (ahora es el más anciano también de la historia en la etapa aciaga del bushismo), el presidente Ford urgió a la producción y distribución de vacunas. Por desgracia, algunos lotes estuvieron contaminados, lo que ocasionó la muerte de 52 personas y 500 enfermos y obligó a la inmediata suspensión del experimento de Rummy. Curiosamente, no fue reportado ningún caso de muerte por “gripe porcina”.


"Descubran por sí mismos, escuchando con atención, duden, cuestionen, pregunten.. para poder descubrir por sí mismos la verdad..." Jiddu Krishnamurti (Telugu:జిడ్డు కృష్ణమూర్తి)




Luz

7 abr. 2009


Into A Thousand Pieces

La entrada estaba adaptada para las sillas de ruedas. No podría haber sido de otro modo tratándose de una "casa de retiro". "La estrella de la mañana", rezaba un cartel a la entrada. El término sonaba escalofriante, aunque creo que su intención era justo la contraria. Me recordaba a esas películas de ciencia-ficción donde a los androides o robots, no se les mata, sino que se les "retira". Baja operativa.

No recuerdo cual de mis familiares empujaba la silla, tampoco soy capaz de recordar que es lo que decía. Sólo conservo en mi memoria ese tono melifluo y cargado de culpabilidad con el que a veces se les habla a los niños, a los viejos o, en mi caso, a los discapacitados.

La luz era intensa, blanca, me obligaba a parpadear y entrecerrar los ojos. Mejor no ver. Al pasar al lado de una fuente los chorros se activaron mecánicamente y empezaron a subir y bajar compulsivamente. Recuerdo las plantas que la rodeaban: moradas y azules. Intenté levantar la cabeza y mirar la casa donde iba a pasar el resto de mi vida, pero el sol se reflejaba contra la fachada de cristales y me cegó.

Miré la palma de mi mano. La línea de la vida era siniestramente larga. ¿Quién quiere pasar el resto de su longeva vida en un geriátrico?

Y entonces, lo sentí por primera vez. Al doblar una curva de aquel camino inmaculado, un árbol se erguía a nuestra izquierda. En sombras. Majestuoso, de abrazos nudosos, intrincadas ramas, que creaban un frondoso laberinto verde de la nada. Desafiaba a ese cubo de cristal de luz cegadora que era el centro.

Una brisa fresca me rozó de súbito. Pensé que el árbol había suspirado, o exhalado su aliento. Agitó las mangas de mi camisa y las infló. Como si alguien hubiera abierto una puerta, creando una corriente. Por un momento pensé que podría levantarme de la silla y echar a andar. Escapar.

Había un hombre apoyado en el árbol, o quizá escondiéndose, o sólo observando. Llevaba una gorra calada hasta los ojos, un mono de trabajo, y uno de esos rastrillos para recoger hojas. Un jardinero, pensé. Le envidié por estar allí: refugiado del sol, del calor, de la luz, sosteniéndose por sí mismo, sobre sus dos piernas.

Nos hizo un gesto de asentimiento al pasar, levantó la mano a forma de saludo y la directora del centro emitió un gruñido de insatisfacción mal disimulado.

Le dejamos atrás y la luz se reflejó de nuevo —como en un espejo— sobre cada superficie. Manchó de blanco todo lo que nos rodeaba, dejando la vida incolora.

De aquel día apenas recuerdo nada más. Todos mis familiares querían irse pero ninguno se atrevía a ser el primero. Les ayudé, fingiéndome dormida. No lo hice por ellos, quería que se fueran. No, quería que desaparecieran para siempre, como si nunca hubieran existido.

Los días tomaron nuevos nombres: sopa, puré, pescado, yogur de postre...

Y la luz.

Siempre había una luz blanca, sin fluctuaciones, cada vez que salías del centro o en el centro mismo. Ni un atisbo del atardecer. Nunca vi la noche.

Me daban pastillas para dormir, y cuando cerraba los ojos aún era de día. Al abrirlos había vuelto a amanecer. Me producía desasosiego no ver las estrellas, la luna, el cielo negro. Tenía entendido que muchas enfermedades nerviosas son a consecuencia de la falta de luz, me pregunté si la falta de oscuridad podría volver a alguien loco.

Ahora sé que sí.

Todos los domingos, los empleados del centro representaban una obra de teatro para nosotros. Se titulaba "Lucero Brillante, Hijo de la Aurora". Nunca entendí su significado, ni creo que nadie de allí lo hiciera. Los trabajadores declamaban sus versos con voz demasiado alta, y gestos exagerados. Como si chillar consiguiera dar más dramatismo a la escena. Recuerdo un sólo párrafo: ¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones”. La obra acababa mal. El protagonista, El portador de la luz, caía en desgracia. Nunca me han gustado los finales tristes.

Y llegó el día. Una auxiliar vino para decirnos que nos llevaban de excursión. Intenté llevar mis gafas de sol, pero me lo impidió. El sol es bueno, me dijo. Quise mandarla a un sitio muy feo cuando me las quitó de los ojos, pero mi visión pragmática de la vida me lo impidió. Cogí una gorra en su puesto. Las auxiliares me ponen los pelos de punta, sobre todo cuando sonríen al acercarse a uno con la jeringuilla en la mano.

Lo curioso de aquella excursión es que se hizo bajando en ascensor a la planta b2. Ni tan siquiera conocía su existencia. Nos iban metiendo de tres en tres en el montacargas, y ningún desgraciado dijo nada. ¿Cómo podríamos? Sin embargo, vi en muchos semblantes duda, en otros miedo, y en algunos pocos una certeza lacónica que me puso la carne de gallina.

Era mi turno. Y entonces apareció él.

-Yo la llevo.

La auxiliar le fulminó con la mirada. Realizó un rápido movimiento de caderas con la intención de apartarle.

-No puede ser. Nosotras somos las encargadas.

Pero él no se movió. No soltó la silla de ruedas. Al contrario, se agachó hacia mí y me susurro:

-Así que una excursión, ¿eh? Haremos que sea divertido para todos. Se giró y contempló a la mujer, impasible, ni tan siquiera la estaba retando. No. Sólo esperaba con curiosidad su reacción. Pero esta no se produjo. Creo que ella sintió rabia, pero también miedo.

Fuimos los últimos en bajar. Íbamos al final de la fila. La enfermera les hacía cantar una ridícula y anticuada canción francesa infantil. Allí abajo las instalaciones se veían antiguas y en desuso. El suelo era de baldosas blancas y negras, formando escaques como en los hospitales de los años treinta. A un lado y otro se veía material abandonado, los cristales estaban sucios, si no rotos. Los fluorescentes parpadeaban, un latido desigual de luz.

De pronto, giraron bruscamente a la derecha, no pude ver hacia a donde iban. El jardinero paró. Puso una mano en mi hombro. Y yo, por asombroso que parezca, entendí. Asentí torpemente con la cabeza para hacerle saber que sabía lo que esperaba de mí: tenía que permanecer en silencio. Fue entonces cuando vi que las líneas de la palma de su mano, tenían el mismo dibujo nudoso que las ramas de aquel árbol. También eran del mismo color.

Uno a uno fueron desapareciendo todos a través de unas puertas abatibles. Oímos algún gemido quedo, pero la mayoría cerró los ojos antes de entrar mientras se aferraban con sus manos a la silla de ruedas. La enfermera jefe estaba de pie ante la puerta, supervisando la entrada. Salió hasta el medio del pasillo y nos miró. Mejor dicho, le miró. Parecía no percatarse de mi existencia, aunque tampoco era eso: yo no suponía ningún peligro.

Un tic nervioso le hacía cerrar un ojo involuntariamente. Su cofia se había torcido, y el carmín rojo de sus labios estaba corrido. Sus manos se crisparon. Dio un paso hacia nosotros, dos, tres. Y el hombre en lugar de echarse hacia atrás, avanzó a su vez. Era un desafío, no tuve dudas. Me sentí como una bayoneta cargada en sus manos. No tenía miedo. Me asaltó una sed de venganza desconocida. Ira. El hombre debió sentirlo también porque volvió a ponerme la mano en el hombro y me tranquilicé.

Y por primera vez desde que estaba en ese lugar, se hizo de noche. Mis ojos se abrieron de par en par, libres de esa luz cegadora que me obligaba a entrecerrarlos a cada momento. Sentí la brisa: fresca, el olor de la tierra mojada. Vi las estrellas, y escuché su silencio.

-No puedes salvarla. Déjala.

El hombre soltó las manos de la silla, dándome impulso. Sentí pánico, me estaba entregando. La silla de ruedas avanzó sola, atraída por la luz que desprendía la mujer. Pero antes de llegar a ella, los cristales de las ventanas saltaron hechos añicos, entrando por los huecos brazos nudosos, rugosos, que me envolvieron la cintura y me sacaron del interior bruscamente.

La mujer chilló, parecía el grito de un ave herida. De sus manos brotaron sendos haces de luz que quemaban las raíces del árbol. Estaban vivas. Sentí como se movían para cubrir y proteger mi cuerpo. La luz las estaba matando.

Mientras tanto, el jardinero había avanzado hasta ponerse tras la mujer. Comenzó a girar entorno a ella, hasta convertirse en un remolino de oscuridad. La oscuridad tomo cuerpo, densidad y la envolvió como la tela de una araña sobre su víctima.

La luz se extinguió.

Los brazos del árbol me auparon hasta su copa y me dejaron reposando entre sus ramas. Silencio. Sólo mis jadeos acompañaban a una solitaria cigarra. Hubo un temblor. El centro comenzó a derrumbarse. Mientras —una a una— se iban apagando todas sus luces. Las raíces del árbol se convirtieron en látigos que arrastraban los cimientos hasta el fondo de la tierra. Le daban sepultura.

En la superficie sólo quedo el mobiliario del centro, cualquiera hubiera pensado que se trataba de un huracán. Ni rastro de los cuerpos.

Y entonces amaneció. Aún se veían las estrellas en el cielo. Sin rastro de Venus.


A flote

21 mar. 2009


Poder del mar


No sé porque está tan mal visto rendirse. Yo es la única forma que encuentro para sobrevivir. Suelto el fusil, y salgo corriendo lo más rápido que puedo en la dirección contraria. No todos tenemos madera de luchadores, a algunos se nos instalaron termitas rojas y tenemos el alma carcomida.

Aquella mañana al levantarme no presentí nada. Más de una vez —después de lo ocurrido— he rememorado ese día, intentando hallar cualquier pequeño signo de aviso que hubiera impedido aquel desenlace. Ha sido en vano. No hubo intuición, no hubo presentimiento, no hubo más que el molesto sonido de un despertador sonando a las cinco y media de la mañana.

Cuando salí por la puerta nunca imaginé que no volvería a casa siendo el mismo. El espejo del ascensor me devolvió un rostro adormecido y cansado, aunque no más que cualquier otro miércoles.

No me gustan los miércoles. Son como ese pantalón que heredas de tu hermano: no importa cuanto crezcas, siempre parecerá que te queda demasiado grande y todas las chicas sabrán que no es tuyo.

Hasta llegar a la estación de tren tengo un paseo de veinte minutos. A esas horas aún es de noche, los murciélagos se cruzan con los pájaros más madrugadores. Al principio no sabía distinguirlos, todos me parecían pájaros. Pero eso fue hasta que uno me rozó el pelo y le ví los dientes.

Recuerdo que aquel día me volví varias veces porque tuve la sensación de que alguien me seguía. Incluso se me desbocó el corazón cuando confundí la sombra de una farola con la de un hombre con sombrero.

Tengo miopía y astigmatismo, y bastante imaginación: si no llevo las gafas puestas puedo confundir una bolsa de basura con un perro, o el poste de un autobús con un hombre. No es broma. Un dia estuve seguro de que iba a ser mordido por un perro, cuando el viento arrastró una de esas bolsas hacia mí. La gente que pasaba en ese momento por allí, se apartó de mi lado. Yo en su lugar habría llamado a la policía.

Sin embargo, aquel día mis temores no llegaron a más. Antes de que me diera cuenta ya había llegado a la estación, y las luces destruyeron cualquier fantasma que hubiera estado persiguiendo mi alma.

Cogí el tren de casualidad, me subi de un salto en el último vagón, en el preciso instante en que se cerraban las puertas. Encontré un sitio al lado de la ventanilla, apoyé la cabeza, me arrellané todo lo que pude y cerré los ojos. Tenía treinta y cinco minutos de trayecto, de sueño.

Me despertó un fogonazo, un chirrido de frenos y la oscuridad repentina. Tras el repentino silencio hubo exclamaciones, voces demasiado altas, y las luces de emergencia brillando por unos segundos. Luego también se apagaron.

Olía a quemado. Varios hombres abrieron manualmente las puertas. Estábamos en medio del campo, en una madrugada sin luna, y sin saber que había ocurrido. Algunos valientes saltaron a las vías, yo me quedé quieto, mirando por la ventanilla. No es que yo no sea valiente, es que me molestan los que están continuamente mostrando a los demás que sí lo son. Demasiada testosterona.

Recuerdo que pensé que estaba demasiado silencioso allá fuera. Demasiado oscuro. Los altavoces emitían un sonido estático, como si desearan hablar pero una fría mordaza se lo impidiera.

Pasaba el tiempo y no teníamos ni idea de lo que había detenido al tren. Un pequeño murciélago se coló en el vagón y consiguió arrancar más chillidos que un actor famoso rodeado de quinceañeras.

Creo que no sabían que son herbívoros.

Comenzaron a impacientarse. Algunos empezaron a decir que tendríamos que ir al vagón de cabecera, para reunirnos con el resto de pasajeros y encontrar al conductor. Creo que todos se sintieron aliviados con la propuesta.
Yo no. A mí los conductores de tren me dan miedo. Encerrados en sus cabinas con cristales tintados, fumando a hurtadillas y hablando por radio vaya a saber usted con quien. Uff. No me pareció buena idea.

No se explicar porqué, pero estaba seguro de que si salían de aquel vagón, no volverían con vida. De todas formas no dije nada, no me hubieran escuchado, o mejor dicho: me hubieran escuchado, y luego habrían hecho justo lo contrario de lo que yo les decía. Creo que se liberan ciertas endorfinas en las personas cuando me contradicen. Lo tengo comprobado.

Así que fui viendo pasar ante mis ojos una procesión de hombres y mujeres, asustados, encogidos por el frío, que no sabían muy bien que estaban haciendo, pero a los que la idea de no hacer nada les horrorizaba aún más.
El último pasajero que salió del vagón se me quedó mirando con recelo.

—¿No viene con nosotros?

Negué rotundamente con la cabeza, como si aquel hombre me pudiera obligar a acompañarles. Se encogió de hombros, dio un salto, y bajó a las vías.

No volví a ver a ninguno de ellos. O más bien ninguno de ellos me volvió a ver a mí.

Me encogí cuánto pude en mi asiento, y me quedé escuchando cualquier sonido que me ofreciera un indicio de lo que estaba ocurriendo ahí fuera.

Silencio.

Oscuridad.

¿Qué les estaría haciendo el conductor? ¿O la gente de otros vagones? Los seres humanos somos muy territoriales.
Y me dormí. Por increíble que parezca, me quedé dormido, o eso pensé entonces. Cuando desperté casi muero del susto. Enfrente de mí había sentado un hombre, mirándome fijamente. Tenía los ojos oblicuos, nada de pelo, las venas se le marcaban por toda la superficie del cráneo.

Pensé si seria un nuevo tipo de conductor de tren. Alguno modificado genéticamente.

—¡Joder!— grité. Algo gutural y primitivo salió de mi garganta a modo de exclamación. Estoy seguro de que me encogí y me protegí la cara con las manos. El tipo ni se inmutó.

Lo peor de todo es que no era capaz de moverme del sitio, y aquel "ser" empezó a esbozar una sonrisa, a cámara lenta, que me dejó helado. No quería ver lo que me iban a mostrar sus labios cuando terminaran de abrirse.

Pero no tuve opción.

La boca se abrió, y abrió, y siguió abriéndose y me mostró por dientes unas montañas rocosas, por lengua un mar negro embravecido, cuyas aguas se movían en espiral, engullendo a los pasajeros del vagón que habían salido hacía rato. Intenté recordar —desesperadamente— que pastillas había tomado esa mañana antes de salir de casa. No estaba seguro de que el lavado de estómago llegara a tiempo.

El tipo me estaba mostrando lo que había hecho con ellos. Los estaba ahogando. En su boca. Pude ver como alguno de ellos se agarraban a la campanilla, o al saliente de una roca o muela —según se mire— del tipo, para no ser engullidos.

Yo también abrí la boca, pero fue para emitir un agudo grito de terror. El me miró, con el ceño fruncido, y alargó una mano para hacerme callar.

Y se la mordí.

Fue un acto reflejo. Me quedé con medio dedo suyo entre mis dientes. Pensé que sabría a carne y sangre, pero me equivoqué. Era viscoso, como la piel de un pez. Se deshizo en mi boca como agua salada de mar. Su dedo sabía como la más triste de mis lágrimas.

—¿No quieres entrar? —me dijo—. Me estabas buscando, te oí y vine. Por el camino me encontré a los otros. ¡Todos parecían tan agotados de nadar contra corriente!

—No me parecieron muy contentos dentro de tu boca...

—Eso es hasta que se dejan llevar por la marea.

—¡No pienso morir engullido por un hombre pez a sueldo de la autoridad ferroviaria nacional!

Creo que el bicho se pensó si sería una buena idea el tragarme.

—Pero... tus pulmones ya están encharcados.

—Creo que te equivocas, el río más próximo está a decenas de kilómetros.

El negó tristemente con la cabeza. Movió su mano, la que yo le había mordido para dar a entender lo errado que estaba.

—Cada vez que llorabas anegabas una parte de ti. Te hundiste hace mucho. Al principio flotaste durante un tiempo, a la deriva, esperando un barco que te rescatara. No hubo velas ondeando en tu horizonte. Te viste irremediablemente arrastrado al fondo, y el olvido se adueño de ti.

—Ya, como el Titanic. ¡Muy bonito!, pero no me convences. ¿Quien coño eres?, ¿qué quieres? ¡He pagado el abono transporte de este mes!

Llegué a la conclusión de que este era un nuevo tipo de revisor, no me pregunten cómo.

—¿Porqué haces preguntas que son respuestas?

Pensé que estaba siendo la víctima de un programa de cámara oculta, ¡el tipo hablaba como el viejo bajito de Karate Kid!

Miré a través de la ventana y vi de pronto emerger una luna naranja sobre la cima de una colina. Absurdo.

—Quiero irme a casa—. Y lloré.

Sentí un temblor. Emergiendo de la colina, se levantaba una ola gigante que inundó las tierras de alrededor. Un mar negro rodeó el vagón arrastrándolo con un violento vaivén. El tren comenzó a llenarse de agua. Iba a ahogarme. ¡Y para eso había madrugado yo tanto?

Sin mirar al hombre, me levanté y me lanzé a las frías aguas. Mi brazada era segura y constante. Me giré, y vi como el vagón se hundía en el fondo de aquel improvisado mar. Aquel ser me miraba con piedad a través de la ventanilla. Se me puso la carne de gallina.

Al cabo de un rato descubrí que podía hacer pie. Mientras caminaba, el nivel del mar fue bajando hasta cubrirme por debajo de los tobillos.

No supe decir si estaba vivo o muerto.

Había perdido el billete de tren, sin embargo, no vi ningún torniquete de salida en aquella playa.

Estaba a punto de amanecer. Quizá había llegado a casa.

Oxido en el alma

25 ene. 2009


Aquella mañana llovía. La lluvia en la ciudad es gris, en la cima de una montaña no, en el mar tampoco. Quizá dentro de una casa, al lado de una chimenea es azulada, o tras una ventana verdosa; pero afuera, en ese vasto territorio de cemento y acero, ahí, la lluvia es óxido para el alma.

Pero aquel día tenía que salir. No podía demorar más lo que tenía que hacer, era inevitable.

Me pertreché con botas de agua, anorak para lluvia, y paraguas. No me gustan los paraguas, principalmente porque cada vez que los llevo no llueve y, segundo, porque siempre los pierdo, olvidados en alguna estación de tren o suburbano.

Debajo del brazo, cuidadosamente envuelto llevaba el objeto. Lo había rodeado de capas de bolsas de plástico del supermercado, y aunque no me había parecido muy conveniente, no había encontrado otra solución mejor.

Pesaba. Eso me sorprendió, y tuve la sensación de que ese peso que sostenía bajo el brazo se extendía hasta alcanzar mi pecho, ahogándome.

Monté en el autobús con cuidado, busqué un asiento de ventanilla para protegerlo mejor y evitar las bruscas sacudidas.

Una vez sentado, abracé el objeto con mis manos, y reposé la cabeza en la ventanilla. Parecía que tanta lluvia iba a ablandar el cristal, a convertirlo en tela y provocar que se pegase a mi rostro, como un sudario.

Nadie se sentó a mi lado y di gracias por eso.

Intenté imaginar que diría mi padre. Si lo vería mal o bien, si me recriminaría por lo que estaba a punto de hacer, o se encogería de hombros, haciendo uno de sus gestos: ¡a quien le importa lo que digan!

Sólo sé que aquella mañana, al levantarme, había decidido que no podía dejar pasar aquello por más tiempo. Es verdad que no me había enfrentado a mi madre, sino que había entrado furtivamente en la casa y había salido de puntillas. Pero lo había hecho, y para mí eso es lo que contaba. Esperaba que para mi padre también.

Mi padre me había decepcionado, yo había decepcionado a mi padre. O al revés, no sé quien fue el primero en sentirse abandonado. El resultado fue el mismo: la distancia.

Ahora, intentaba con aquel gesto recuperar a mi padre, tranquilizar mi conciencia, ponerme al día por si "mis días" se acababan antes de lo previsto.

Creo que en algún momento del viaje lloré. Alguna canción melancólica y retro sonó en la radio, y no pude contenerme. Como no llevaba pañuelos me soné con la manga del abrigo. Debió resultar desagradable para la señora que viajaba un asiento más atrás, eso creo.

Luego me quedé dormido y soñé que soltaba el objeto, que se caía y rompía en mil trozitos. Me veía a mi mismo arrodillado en el suelo, juntando todas esas pequeñas piezas sobre mi regazo, sin posibilidad de reconstruirlo.

Y desperté bruscamente, abriendo mucho la boca en busca de una bocanada de aire. Ahogué un sollozo. Tuve conciencia de que varias cabezas se giraron para mirarme, pero las ignoré.

Cuando llegó la hora de bajarme apenas quedaban viajeros en el autocar. Mi parada estaba en medio de la nada: un puerto, un monte pelado, y un viento agitado.

Crucé la carretera, y caminé por la pradera en dirección a la atalaya. Llegué sin aliento, me senté por unos minutos y contemplé los dominios de la Sierra Negra, extendiéndose a mis pies.

Desenvolví el objeto, lo abrí cuidadosamente, y metí mis dedos hasta el fondo. El primer puñado llenó mi mano, me lo llevé a la nariz, pero no olía. Solté las cenizas con cuidado, para que no se volvieran contra mí.

Así, de puñado en puñado, mi padre viajó desde la casa de mi madre hasta su monte preferido.

Me reencontré con él, sabiendo que aquello no era un adiós, porque ya había descubierto que los muertos no desaparecen de nuestras vidas. Por el contrario, se asientan en ellas, silenciosos y expectantes.

Le dí las gracias. Le pedí perdón.