Luz

7 abr. 2009


Into A Thousand Pieces

La entrada estaba adaptada para las sillas de ruedas. No podría haber sido de otro modo tratándose de una "casa de retiro". "La estrella de la mañana", rezaba un cartel a la entrada. El término sonaba escalofriante, aunque creo que su intención era justo la contraria. Me recordaba a esas películas de ciencia-ficción donde a los androides o robots, no se les mata, sino que se les "retira". Baja operativa.

No recuerdo cual de mis familiares empujaba la silla, tampoco soy capaz de recordar que es lo que decía. Sólo conservo en mi memoria ese tono melifluo y cargado de culpabilidad con el que a veces se les habla a los niños, a los viejos o, en mi caso, a los discapacitados.

La luz era intensa, blanca, me obligaba a parpadear y entrecerrar los ojos. Mejor no ver. Al pasar al lado de una fuente los chorros se activaron mecánicamente y empezaron a subir y bajar compulsivamente. Recuerdo las plantas que la rodeaban: moradas y azules. Intenté levantar la cabeza y mirar la casa donde iba a pasar el resto de mi vida, pero el sol se reflejaba contra la fachada de cristales y me cegó.

Miré la palma de mi mano. La línea de la vida era siniestramente larga. ¿Quién quiere pasar el resto de su longeva vida en un geriátrico?

Y entonces, lo sentí por primera vez. Al doblar una curva de aquel camino inmaculado, un árbol se erguía a nuestra izquierda. En sombras. Majestuoso, de abrazos nudosos, intrincadas ramas, que creaban un frondoso laberinto verde de la nada. Desafiaba a ese cubo de cristal de luz cegadora que era el centro.

Una brisa fresca me rozó de súbito. Pensé que el árbol había suspirado, o exhalado su aliento. Agitó las mangas de mi camisa y las infló. Como si alguien hubiera abierto una puerta, creando una corriente. Por un momento pensé que podría levantarme de la silla y echar a andar. Escapar.

Había un hombre apoyado en el árbol, o quizá escondiéndose, o sólo observando. Llevaba una gorra calada hasta los ojos, un mono de trabajo, y uno de esos rastrillos para recoger hojas. Un jardinero, pensé. Le envidié por estar allí: refugiado del sol, del calor, de la luz, sosteniéndose por sí mismo, sobre sus dos piernas.

Nos hizo un gesto de asentimiento al pasar, levantó la mano a forma de saludo y la directora del centro emitió un gruñido de insatisfacción mal disimulado.

Le dejamos atrás y la luz se reflejó de nuevo —como en un espejo— sobre cada superficie. Manchó de blanco todo lo que nos rodeaba, dejando la vida incolora.

De aquel día apenas recuerdo nada más. Todos mis familiares querían irse pero ninguno se atrevía a ser el primero. Les ayudé, fingiéndome dormida. No lo hice por ellos, quería que se fueran. No, quería que desaparecieran para siempre, como si nunca hubieran existido.

Los días tomaron nuevos nombres: sopa, puré, pescado, yogur de postre...

Y la luz.

Siempre había una luz blanca, sin fluctuaciones, cada vez que salías del centro o en el centro mismo. Ni un atisbo del atardecer. Nunca vi la noche.

Me daban pastillas para dormir, y cuando cerraba los ojos aún era de día. Al abrirlos había vuelto a amanecer. Me producía desasosiego no ver las estrellas, la luna, el cielo negro. Tenía entendido que muchas enfermedades nerviosas son a consecuencia de la falta de luz, me pregunté si la falta de oscuridad podría volver a alguien loco.

Ahora sé que sí.

Todos los domingos, los empleados del centro representaban una obra de teatro para nosotros. Se titulaba "Lucero Brillante, Hijo de la Aurora". Nunca entendí su significado, ni creo que nadie de allí lo hiciera. Los trabajadores declamaban sus versos con voz demasiado alta, y gestos exagerados. Como si chillar consiguiera dar más dramatismo a la escena. Recuerdo un sólo párrafo: ¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones”. La obra acababa mal. El protagonista, El portador de la luz, caía en desgracia. Nunca me han gustado los finales tristes.

Y llegó el día. Una auxiliar vino para decirnos que nos llevaban de excursión. Intenté llevar mis gafas de sol, pero me lo impidió. El sol es bueno, me dijo. Quise mandarla a un sitio muy feo cuando me las quitó de los ojos, pero mi visión pragmática de la vida me lo impidió. Cogí una gorra en su puesto. Las auxiliares me ponen los pelos de punta, sobre todo cuando sonríen al acercarse a uno con la jeringuilla en la mano.

Lo curioso de aquella excursión es que se hizo bajando en ascensor a la planta b2. Ni tan siquiera conocía su existencia. Nos iban metiendo de tres en tres en el montacargas, y ningún desgraciado dijo nada. ¿Cómo podríamos? Sin embargo, vi en muchos semblantes duda, en otros miedo, y en algunos pocos una certeza lacónica que me puso la carne de gallina.

Era mi turno. Y entonces apareció él.

-Yo la llevo.

La auxiliar le fulminó con la mirada. Realizó un rápido movimiento de caderas con la intención de apartarle.

-No puede ser. Nosotras somos las encargadas.

Pero él no se movió. No soltó la silla de ruedas. Al contrario, se agachó hacia mí y me susurro:

-Así que una excursión, ¿eh? Haremos que sea divertido para todos. Se giró y contempló a la mujer, impasible, ni tan siquiera la estaba retando. No. Sólo esperaba con curiosidad su reacción. Pero esta no se produjo. Creo que ella sintió rabia, pero también miedo.

Fuimos los últimos en bajar. Íbamos al final de la fila. La enfermera les hacía cantar una ridícula y anticuada canción francesa infantil. Allí abajo las instalaciones se veían antiguas y en desuso. El suelo era de baldosas blancas y negras, formando escaques como en los hospitales de los años treinta. A un lado y otro se veía material abandonado, los cristales estaban sucios, si no rotos. Los fluorescentes parpadeaban, un latido desigual de luz.

De pronto, giraron bruscamente a la derecha, no pude ver hacia a donde iban. El jardinero paró. Puso una mano en mi hombro. Y yo, por asombroso que parezca, entendí. Asentí torpemente con la cabeza para hacerle saber que sabía lo que esperaba de mí: tenía que permanecer en silencio. Fue entonces cuando vi que las líneas de la palma de su mano, tenían el mismo dibujo nudoso que las ramas de aquel árbol. También eran del mismo color.

Uno a uno fueron desapareciendo todos a través de unas puertas abatibles. Oímos algún gemido quedo, pero la mayoría cerró los ojos antes de entrar mientras se aferraban con sus manos a la silla de ruedas. La enfermera jefe estaba de pie ante la puerta, supervisando la entrada. Salió hasta el medio del pasillo y nos miró. Mejor dicho, le miró. Parecía no percatarse de mi existencia, aunque tampoco era eso: yo no suponía ningún peligro.

Un tic nervioso le hacía cerrar un ojo involuntariamente. Su cofia se había torcido, y el carmín rojo de sus labios estaba corrido. Sus manos se crisparon. Dio un paso hacia nosotros, dos, tres. Y el hombre en lugar de echarse hacia atrás, avanzó a su vez. Era un desafío, no tuve dudas. Me sentí como una bayoneta cargada en sus manos. No tenía miedo. Me asaltó una sed de venganza desconocida. Ira. El hombre debió sentirlo también porque volvió a ponerme la mano en el hombro y me tranquilicé.

Y por primera vez desde que estaba en ese lugar, se hizo de noche. Mis ojos se abrieron de par en par, libres de esa luz cegadora que me obligaba a entrecerrarlos a cada momento. Sentí la brisa: fresca, el olor de la tierra mojada. Vi las estrellas, y escuché su silencio.

-No puedes salvarla. Déjala.

El hombre soltó las manos de la silla, dándome impulso. Sentí pánico, me estaba entregando. La silla de ruedas avanzó sola, atraída por la luz que desprendía la mujer. Pero antes de llegar a ella, los cristales de las ventanas saltaron hechos añicos, entrando por los huecos brazos nudosos, rugosos, que me envolvieron la cintura y me sacaron del interior bruscamente.

La mujer chilló, parecía el grito de un ave herida. De sus manos brotaron sendos haces de luz que quemaban las raíces del árbol. Estaban vivas. Sentí como se movían para cubrir y proteger mi cuerpo. La luz las estaba matando.

Mientras tanto, el jardinero había avanzado hasta ponerse tras la mujer. Comenzó a girar entorno a ella, hasta convertirse en un remolino de oscuridad. La oscuridad tomo cuerpo, densidad y la envolvió como la tela de una araña sobre su víctima.

La luz se extinguió.

Los brazos del árbol me auparon hasta su copa y me dejaron reposando entre sus ramas. Silencio. Sólo mis jadeos acompañaban a una solitaria cigarra. Hubo un temblor. El centro comenzó a derrumbarse. Mientras —una a una— se iban apagando todas sus luces. Las raíces del árbol se convirtieron en látigos que arrastraban los cimientos hasta el fondo de la tierra. Le daban sepultura.

En la superficie sólo quedo el mobiliario del centro, cualquiera hubiera pensado que se trataba de un huracán. Ni rastro de los cuerpos.

Y entonces amaneció. Aún se veían las estrellas en el cielo. Sin rastro de Venus.


10 comentarios:

Aldabra dijo...

me gustaría ver este relato en una película, creo que está escrito para una película. Detallista, tenso y esa luz...

Es conmovedor.

biquiños,

by Alex dijo...

Hola Elbi....
Sigo mas o menos donde estaba....cada vez mas resignado a que sea el destino elque me traiga lo que me ha quitado....que son muchas cosas....unas mas materiales que otras, pero casi todas necesarias....
Sobrevivo,rodeado de cariño en compañia de mi familia....es lo mas importante.....
Deseo estes muy bien, o algo parecido.....un simple "bien" tambien vale...

Besos

guillermo elt dijo...

Qu8e sepasssss que tengo que venir con más tanquilidad a leerte... Que no temescapas. ;)

Besicos.

guillermo elt dijo...

JO!... qué lastimica del resto, no?

Ese jardinero tenía que haber salvado al resto y después haber aniquilado todo el centro... que digo yo, pero bueno, tal vez fuera ese el sino.

Buno está lo que bien acaba.

Nosa tienes que contar en una segunda parte lo que le pasa a tu prota, porque... tachán!!!... tiene visos de segunda parte... jejeje.... Porque, dime tú a mi, qué narices hace la prota en to lo alto del árbol?... a ver?

...

Sí, Elbi... siempre hay una salida, por mucha luz cegadora que nos quiera oscurecer la vida. Siempre hay una pequeña oscuridad que nos ilumine con sus estrellas... con su luna llena.
Bueno, aunque a mí, me gusta la luz... mucha luz... tal vez porque soy mediterraneo... yuhuuuuu!!!.

Bueno, bueeeeeno... la noche tb. me gusta, pero la oscuridad... no del verbo "no" :))

Besicos.

Pd:... Lo de la segunda parte, no es de caxondeo, si quieres y te apetece, puedes hacerla.

Más besicos.

Elbereth dijo...

Cuando escribí esta entrada tenía en mente una idea que siempre me ha rondado: Lucifer, el ángel caído, cuyo nombre significa Portador de la luz, portador de la Aurora, lucero del alba, Venus.

Si Lucifer era ese ángel de luz, aún cuando Dios lo hubiera desterrado, para mí su luz seguiría con él. De esa forma el mundo de su destierro --en mi imaginación-- era un mundo de luz.

Es muy interesante descubrir que la primera aparición de Lucifer es en la Vulgata de San Jerónimo (siglo V), y que en realidad no se refería al ángel caído sino a un Rey.

Para el judaísmo por ejemplo Lucifer y Satanás son dos entidades y diferentes. Y después hay muchas religiones o corrientes de pensamientos con una visión muy diferente de él(islamismo, yezidismo,tradición esotérica...)

El texto que menciono en la entrada, en relación a la obra de teatro, es del profeta Isaías (Is 14.12-14).

¡Vaya charla! :))

Elbereth dijo...

AldabraGracias, muchas gracias. Pierdo la costumbre de escribir, y cada vez me cuesta más. Tengo una idea en la cabeza pero no es fácil escribirla. Quizá mis pequeñas historias se parecen mucho a mis sueños. ¡Son verdaderas locuras!

Un beso muy grande.

Elbereth dijo...

Hola AlexEspero que las cosas mejoren. Hay épocas, rachas, ciclos, o como quiera que se diga. A veces, uno tiene la sensación de que no va a salir de ellos, pero se sale. O eso espero, también por mí.

Un fuerte abrazo. Cuídate mucho. Y Gracias.

Elbereth dijo...

HOla Guille ¡Sé que te gusta la luz! :)))) Pero me temo que no habrá segundas partes. La mayoría de las entradas son como flashes alumbrando mi cerebro. Como sacar una linterna con las pilas a punto de acabarse y conseguir con un pequeño golpe, que alumbren una vez más.

Como le decía a Aldabra, la falta de costumbre de escribir todos los días, se nota mucho.

¿Y que hace subida "la prota" en un árbol? jajajjajajaj Pues no lo sé. Quizá mirar más de cerca las estrellas. O buscarse un sitio a salvo. ¡Cosas mías!

Es verdad que el "resto" no se salvo, pero para mí estaban en el infierno, y salvo célebres casos de la literatura, nadie se salva del infierno. :))))))

Gracias por leerme. Un muy fuerte abrazo. Hasta pronto!!!!

Anónimo dijo...

Estoy convencido de que el arte esta en funcion del COMO y no del QUE ( no es opinion mia sino de Oscar Wilde,y la comparto)no es lo que se cuenta o pinta sino como se cuenta o pinta.
Estoy convencido de que podria usted, hacer un relato de terror con la receta del un bizcocho.

Los huevos fueros asesinados friamente,con un solo golpe en la cabeza. Otros congeneres no habian tenido la misma suerte, habian sido cocidos vivos y despellejados quizas vivos también. La harina fue desmenbrada y esparcida a los cuatro puntos cardinales de la mesa........

¡Que miedo das!

¡Más miedo, por favor!

Don Dersu

Elbereth dijo...

Buenas tardes o noches "DON" Dersu :)))) Pues si lo dice usted y Oscar Wilde está claro que no soy nadie para decir ni "mu". Además, con el paso del tiempo --sin duda-- una se da cuenta que el "como" es lo fundamental... y el "que" se vuelve algo secundario sin que apenas nos demos cuenta.

Sobre lo del relato de terror y la receta de bizcocho: ¿sabe usted que cuando lo ha dicho, me he empezado a imaginar a un ama de casa, en su cocina años 60, en una granja... y con una sombra a sus espaldas mientras lee su receta de bizcocho? :)))) ¡No estoy de broma!!! Muchas gracias, por cierto.

Me encantó lo de los huevos...¡que muerte más terrible!!!

Una de mis carencias --una de tantas-- es que me cuesta seguir con los relatos que empiezo. Es una crítica que me hacen y con razón. Intentaré con esta nueva entrada escribir algo más que una descripción. Imagino que si fuera capaz de hacer historias largas me dedicaría a escribir. Y no es el caso.

Un fuerte abrazo. Me alegra saber que está usted bien, a pesar de haber presenciado la matanza de los huevos. :)))))