A flote

21 mar. 2009


Poder del mar


No sé porque está tan mal visto rendirse. Yo es la única forma que encuentro para sobrevivir. Suelto el fusil, y salgo corriendo lo más rápido que puedo en la dirección contraria. No todos tenemos madera de luchadores, a algunos se nos instalaron termitas rojas y tenemos el alma carcomida.

Aquella mañana al levantarme no presentí nada. Más de una vez —después de lo ocurrido— he rememorado ese día, intentando hallar cualquier pequeño signo de aviso que hubiera impedido aquel desenlace. Ha sido en vano. No hubo intuición, no hubo presentimiento, no hubo más que el molesto sonido de un despertador sonando a las cinco y media de la mañana.

Cuando salí por la puerta nunca imaginé que no volvería a casa siendo el mismo. El espejo del ascensor me devolvió un rostro adormecido y cansado, aunque no más que cualquier otro miércoles.

No me gustan los miércoles. Son como ese pantalón que heredas de tu hermano: no importa cuanto crezcas, siempre parecerá que te queda demasiado grande y todas las chicas sabrán que no es tuyo.

Hasta llegar a la estación de tren tengo un paseo de veinte minutos. A esas horas aún es de noche, los murciélagos se cruzan con los pájaros más madrugadores. Al principio no sabía distinguirlos, todos me parecían pájaros. Pero eso fue hasta que uno me rozó el pelo y le ví los dientes.

Recuerdo que aquel día me volví varias veces porque tuve la sensación de que alguien me seguía. Incluso se me desbocó el corazón cuando confundí la sombra de una farola con la de un hombre con sombrero.

Tengo miopía y astigmatismo, y bastante imaginación: si no llevo las gafas puestas puedo confundir una bolsa de basura con un perro, o el poste de un autobús con un hombre. No es broma. Un dia estuve seguro de que iba a ser mordido por un perro, cuando el viento arrastró una de esas bolsas hacia mí. La gente que pasaba en ese momento por allí, se apartó de mi lado. Yo en su lugar habría llamado a la policía.

Sin embargo, aquel día mis temores no llegaron a más. Antes de que me diera cuenta ya había llegado a la estación, y las luces destruyeron cualquier fantasma que hubiera estado persiguiendo mi alma.

Cogí el tren de casualidad, me subi de un salto en el último vagón, en el preciso instante en que se cerraban las puertas. Encontré un sitio al lado de la ventanilla, apoyé la cabeza, me arrellané todo lo que pude y cerré los ojos. Tenía treinta y cinco minutos de trayecto, de sueño.

Me despertó un fogonazo, un chirrido de frenos y la oscuridad repentina. Tras el repentino silencio hubo exclamaciones, voces demasiado altas, y las luces de emergencia brillando por unos segundos. Luego también se apagaron.

Olía a quemado. Varios hombres abrieron manualmente las puertas. Estábamos en medio del campo, en una madrugada sin luna, y sin saber que había ocurrido. Algunos valientes saltaron a las vías, yo me quedé quieto, mirando por la ventanilla. No es que yo no sea valiente, es que me molestan los que están continuamente mostrando a los demás que sí lo son. Demasiada testosterona.

Recuerdo que pensé que estaba demasiado silencioso allá fuera. Demasiado oscuro. Los altavoces emitían un sonido estático, como si desearan hablar pero una fría mordaza se lo impidiera.

Pasaba el tiempo y no teníamos ni idea de lo que había detenido al tren. Un pequeño murciélago se coló en el vagón y consiguió arrancar más chillidos que un actor famoso rodeado de quinceañeras.

Creo que no sabían que son herbívoros.

Comenzaron a impacientarse. Algunos empezaron a decir que tendríamos que ir al vagón de cabecera, para reunirnos con el resto de pasajeros y encontrar al conductor. Creo que todos se sintieron aliviados con la propuesta.
Yo no. A mí los conductores de tren me dan miedo. Encerrados en sus cabinas con cristales tintados, fumando a hurtadillas y hablando por radio vaya a saber usted con quien. Uff. No me pareció buena idea.

No se explicar porqué, pero estaba seguro de que si salían de aquel vagón, no volverían con vida. De todas formas no dije nada, no me hubieran escuchado, o mejor dicho: me hubieran escuchado, y luego habrían hecho justo lo contrario de lo que yo les decía. Creo que se liberan ciertas endorfinas en las personas cuando me contradicen. Lo tengo comprobado.

Así que fui viendo pasar ante mis ojos una procesión de hombres y mujeres, asustados, encogidos por el frío, que no sabían muy bien que estaban haciendo, pero a los que la idea de no hacer nada les horrorizaba aún más.
El último pasajero que salió del vagón se me quedó mirando con recelo.

—¿No viene con nosotros?

Negué rotundamente con la cabeza, como si aquel hombre me pudiera obligar a acompañarles. Se encogió de hombros, dio un salto, y bajó a las vías.

No volví a ver a ninguno de ellos. O más bien ninguno de ellos me volvió a ver a mí.

Me encogí cuánto pude en mi asiento, y me quedé escuchando cualquier sonido que me ofreciera un indicio de lo que estaba ocurriendo ahí fuera.

Silencio.

Oscuridad.

¿Qué les estaría haciendo el conductor? ¿O la gente de otros vagones? Los seres humanos somos muy territoriales.
Y me dormí. Por increíble que parezca, me quedé dormido, o eso pensé entonces. Cuando desperté casi muero del susto. Enfrente de mí había sentado un hombre, mirándome fijamente. Tenía los ojos oblicuos, nada de pelo, las venas se le marcaban por toda la superficie del cráneo.

Pensé si seria un nuevo tipo de conductor de tren. Alguno modificado genéticamente.

—¡Joder!— grité. Algo gutural y primitivo salió de mi garganta a modo de exclamación. Estoy seguro de que me encogí y me protegí la cara con las manos. El tipo ni se inmutó.

Lo peor de todo es que no era capaz de moverme del sitio, y aquel "ser" empezó a esbozar una sonrisa, a cámara lenta, que me dejó helado. No quería ver lo que me iban a mostrar sus labios cuando terminaran de abrirse.

Pero no tuve opción.

La boca se abrió, y abrió, y siguió abriéndose y me mostró por dientes unas montañas rocosas, por lengua un mar negro embravecido, cuyas aguas se movían en espiral, engullendo a los pasajeros del vagón que habían salido hacía rato. Intenté recordar —desesperadamente— que pastillas había tomado esa mañana antes de salir de casa. No estaba seguro de que el lavado de estómago llegara a tiempo.

El tipo me estaba mostrando lo que había hecho con ellos. Los estaba ahogando. En su boca. Pude ver como alguno de ellos se agarraban a la campanilla, o al saliente de una roca o muela —según se mire— del tipo, para no ser engullidos.

Yo también abrí la boca, pero fue para emitir un agudo grito de terror. El me miró, con el ceño fruncido, y alargó una mano para hacerme callar.

Y se la mordí.

Fue un acto reflejo. Me quedé con medio dedo suyo entre mis dientes. Pensé que sabría a carne y sangre, pero me equivoqué. Era viscoso, como la piel de un pez. Se deshizo en mi boca como agua salada de mar. Su dedo sabía como la más triste de mis lágrimas.

—¿No quieres entrar? —me dijo—. Me estabas buscando, te oí y vine. Por el camino me encontré a los otros. ¡Todos parecían tan agotados de nadar contra corriente!

—No me parecieron muy contentos dentro de tu boca...

—Eso es hasta que se dejan llevar por la marea.

—¡No pienso morir engullido por un hombre pez a sueldo de la autoridad ferroviaria nacional!

Creo que el bicho se pensó si sería una buena idea el tragarme.

—Pero... tus pulmones ya están encharcados.

—Creo que te equivocas, el río más próximo está a decenas de kilómetros.

El negó tristemente con la cabeza. Movió su mano, la que yo le había mordido para dar a entender lo errado que estaba.

—Cada vez que llorabas anegabas una parte de ti. Te hundiste hace mucho. Al principio flotaste durante un tiempo, a la deriva, esperando un barco que te rescatara. No hubo velas ondeando en tu horizonte. Te viste irremediablemente arrastrado al fondo, y el olvido se adueño de ti.

—Ya, como el Titanic. ¡Muy bonito!, pero no me convences. ¿Quien coño eres?, ¿qué quieres? ¡He pagado el abono transporte de este mes!

Llegué a la conclusión de que este era un nuevo tipo de revisor, no me pregunten cómo.

—¿Porqué haces preguntas que son respuestas?

Pensé que estaba siendo la víctima de un programa de cámara oculta, ¡el tipo hablaba como el viejo bajito de Karate Kid!

Miré a través de la ventana y vi de pronto emerger una luna naranja sobre la cima de una colina. Absurdo.

—Quiero irme a casa—. Y lloré.

Sentí un temblor. Emergiendo de la colina, se levantaba una ola gigante que inundó las tierras de alrededor. Un mar negro rodeó el vagón arrastrándolo con un violento vaivén. El tren comenzó a llenarse de agua. Iba a ahogarme. ¡Y para eso había madrugado yo tanto?

Sin mirar al hombre, me levanté y me lanzé a las frías aguas. Mi brazada era segura y constante. Me giré, y vi como el vagón se hundía en el fondo de aquel improvisado mar. Aquel ser me miraba con piedad a través de la ventanilla. Se me puso la carne de gallina.

Al cabo de un rato descubrí que podía hacer pie. Mientras caminaba, el nivel del mar fue bajando hasta cubrirme por debajo de los tobillos.

No supe decir si estaba vivo o muerto.

Había perdido el billete de tren, sin embargo, no vi ningún torniquete de salida en aquella playa.

Estaba a punto de amanecer. Quizá había llegado a casa.