Material fungible (2041--2ª parte)

19 abr. 2009


La quiebra entró de puntillas, por la puerta de servicio. Insospechada. No hubo ningún "Enola Gay" descargando sobre medio mundo, ninguna Muerte Negra asolándolo. No. El final fue taimado, tramado en oscuras reuniones de despachos: el Klaan fue el creador de los eufemismos que nos mantuvieron narcotizados.

Al principio se habló de inestabilidad, luego de crisis. La mayoría de nosotros quiso creer que aquella mala racha pasaría. ¿Qué otra alternativa nos quedaba?

La brecha social creció. Como una raja en la suela de nuestros zapatos. Seguimos caminando, indiferentes a las pequeñas piedras, tierra y astillas que se colaban por ella. Y un día llovió, y nuestros pies se mojaron. Pero no hicimos nada, salvo secarnos. Seguimos caminando, y un buen día un cristal se clavó en nuestra piel, sangramos, la herida se infectó, y nos dijeron: hay que amputar.

El trabajo. De dos sueldos en casa, se pasó a uno, de uno a ninguno, del subsidio de desempleo a la ayuda de los familiares. Perdimos los derechos conseguidos a través de los siglos por nuestros predecesores. Pero nos aseguraron que no había otra forma de superar la Crisis. Y aceptamos, nos lo creímos. Pensamos que se podría echar marcha atrás.

Los gobiernos se declararon en quiebra, incapaces de mantener los servicios públicos. La educación, la sanidad, el transporte, la seguridad; todos privatizados. Se produjo lo impensable: analfabetos en Europa. Los ancianos morían abandonados, la mortalidad entre la población menor de treinta años se disparó.

La Edad Media del siglo XXI.

Recuerdo las conversaciones en las filas de la oficina de empleo. Nadie podía creer que aquello durara mucho tiempo. ¿Cómo iban a dejar de pagar pensiones y subsidios? ¿Qué sería de nosotros? Material fungible.

No hubo reacción. Inmovilizados por el veneno de la desilusión, la desconfianza, la picadura del alacrán resultó mortal. El Klaan danzó en círculos entorno a nosotros mientras entonaba, cada vez más alto, su mantra del miedo.

Dejamos de creer primero en los demás, luego en nosotros mismos. Olvidamos nuestra fuerza: la unión.

La desesperación disparó la delincuencia, el crimen, la violencia. Fue una ola que recorrió el planeta. Un Tsunami de almas rabiosas e impotentes, condenadas.

Fue entonces cuando surgieron los muros.

Dentro de los propios países: fronteras venenosas, serpientes de cemento segregacionistas.

Alemania, Estados Unidos, Palestina y Brasil fueron los primeros. La idea no era algo nuevo: el primer ghetto apareció en Venecia para separar judíos de venecianos. Un muro más o menos no iba a hacer daño. Por supuesto, todos los que pensábamos de esa forma estábamos -en esos momentos- extramuros.

Surgieron en cada rincón del planeta. Un sarampión, virulenta exantema del sistema económico y político, que infectó a todos los países.

Los gobiernos nos dijeron que eran necesarios, para protegernos de La Miasma. Así empezaron a llamarnos. En realidad, se construyeron con el fin de proteger al Klaan y sus cachorros.

La Miasma devoró las clases bajas, y se deleitó con el postre de las medias.

Al final, la mayoría de nosotros se encontró -sin apenas darse cuenta- encerrada tras un muro.

Nos volvimos peligrosos. No teníamos nada que perder.

La gente comenzó a agolparse en los controles de los muros para ofrecerse como esclavos, para vivir al otro lado de la forma que fuese. La primera vez en la Historia en que la esclavitud se volvió voluntaria.

Los trabajos se convirtieron en meras transacciones de un día: un poco de comida, agua, unas medicinas, o ropa.

La Ley: el Klaan nunca reconoció más Justicia que su beneficio personal.

Un día vi como un juez imploraba a un antiguo convicto algún trabajo para poder comer. Este le miro y le dijo: ¿No fuiste tú el que me encerró? Después le dio la espalda, y siguió oteando a los candidatos a esclavo. El que fue en su día Jefe de Policía se había convertido en su mano derecha. Por unos segundos, sus miradas se cruzaron. Quizá se reconocieron. El Juez fue el primero en darse la vuelta. Una semana después vi su cadáver tirado en el suelo.

Ahora sé lo que tengo que hacer. No busco ningún Grial, ni el Arca Perdida. Debo llegar hasta el Muro de Adriano. Allí encontraré a Arsen.

Hoy recordé a Melville: llamadme Stacia.

Era el fin, era el principio... (2041 1ª parte)

12 abr. 2009


No sé que día es hoy. Sería bueno saberlo: conocer el año, el mes, el día en el que vivo. Durante la guerra, la noción del tiempo se hizo añicos. Al principio llevábamos la cuenta, pero sólo fue durante las primeras semanas. Cuando la enfermedad, el hambre, y el miedo bajaron a los túneles del metro para vivir con nosotros, entonces, oh señor, entonces a nadie le importó si era martes o jueves, cinco o veinte, enero o marzo.

Yo fui una de las que prefirió morir en la superficie. No hubo consenso, ni grupos de personas bien intencionadas que se unieran en esos momentos. No. Fuimos saliendo a hurtadillas, de uno en uno, en parejas o, como mucho, pequeñas familias.

Yo subí sola.

La casualidad quiso que el momento que elegí fuera el amanecer. Tuve suerte. Si hubiera estado anocheciendo, no hubiera sobrevivido a esa noche.

Me costó acostumbrarme a la luz del día, pero eso ya lo había previsto. Lo que nunca imaginé es que tuviera que pisar cadáveres para poder caminar. No había espacio para esquivarlos. Tampoco preví que ningún mapa me serviría de referencia: los edificios, esparcidos por el suelo como en la peor de las películas apocalípticas, conformaban una nueva geografía.

La primera vez que vi un coche de policía me escondí. Eso fue también un golpe de suerte. No quedaban policías.

Cuando oí más de cuatro voces, me apresuré a cobijarme tras los escombros de lo que debió de ser un muro de alguna casa. Pasaron muy cerca. Los gritos de la mujer pidiendo ayuda consiguieron alterar las leyes de la física, mi cuerpo empequeñeció varios centímetros, mimetizándose contra los restos de aquella pared. Los sollozos de su hija me aceleraron el corazón de tal forma que supe que iba a morir allí mismo.

Nada de eso: dos tiros y risas. Risas. Matarlas tan rápido había sido un golpe de suerte para ellas. No fue hasta más tarde cuando me di cuenta de que en ningún momento se me había cruzado por la cabeza la idea de ayudarlas.

¿A dónde ir?

Entonces le vi. Caminaba sigilosamente entre las ruinas, aunque la sensación que tuve al mirarle, fue de que estaba paseando. Como si en lugar de andar por una ciudad destruida estuviera dando un paseo de placer. Sus ojos verdes me miraron de refilón, no quería que supiera que me había visto. Y luego vino el otro. Aquel momento no lo olvidaré jamás. Cuando las cosas se ponen muy, pero que muy feas, entonces, cierro los ojos y evoco aquel día.

Los ojos del otro eran marrones, y en lugar de disimular, se paró en seco al verme. Esto obligó a su amigo a detenerse, muy a su pesar. Me miró fijamente. Estaba evaluando que clase de peligro era yo. No pude evitarlo. Sonreí. Poco a poco, mis labios se fueron ensanchando involuntariamente, hasta que terminé echando la cabeza atrás y emití una especie de gorgojeo. Era lo más parecido a mi risa que recordaba.

Durante muchos meses, tantos que quizá habían hecho un año, sólo había llorado. Y ahora, al verles, un sentimiento sin nombre abrió de una patada las oxidadas puertas de mi alma.

El de los ojos marrones se me echó encima. Y su reticente colega, no tuvo más opción que seguirlo.

El perro movía el rabo de un lado a otro frenéticamente y me daba lametazos por toda la cara, el gato se restregaba por mis piernas muy despacio mientras ronroneaba como un pequeño motor.

Olvidé que había decidido pegarme un tiro. Cuando eché a andar de nuevo, ellos decidieron el camino. Me pareció una buena idea. En eso, al menos, no me equivoqué.

Conseguí comida de la mochila de un muerto. Los muchachos me llevaron al escondite donde dormían. No estaba mal. Me costó acostumbrarme a las ratas, pero entre los dos las ahuyentaban, e incluso las cazaban.

Aquella noche, antes de que el cansancio me venciera, pensé que el agua que había sacado de los túneles me daría para dos días, a lo sumo tres.

Me apoyé en el perro y cerré los ojos. El gato se hizo un ovillo en el hueco de mi tripa.

Cuando recordara mi nombre, les pondría uno a ellos.

La epidemia del miedo: gripe A H1N1

11 abr. 2009

Que cada uno saque sus propias conclusiones: Fuente de información: Chile Google




La empresa norteamericana Gilead Sciences tiene patentado el Tamiflú. El principal accionista de esta empresa es nada menos que un personaje siniestro, Donald Rumsfeld, secretario de defensa de George Bush, artífice de la guerra contra Irak. Donald Rumsfeld el 3 de Enero de 1997, es nombrado Presidente de Gilead Science, sucediendo en el cargo a Michael Riordan, que fundó la compañía el año 1987 y fue Presidente hasta el año 1993. Deja su cargo en Enero de 2001, cuando asume como Secretario de Defensa, pero continúa apareciendo como gran accionista de la empresa. En Noviembre del 2005, Bush solicita al congreso US$ 7,1 millones de dolares para la lucha contra un foco de GRIPE AVIAR, de los cuales US$ 1 millon es exclusivo para la compra de medicamentos de Gilead Science. En Julio de 2006, la FDA aprueba el medicamento Atripla, para la lucha contra el virus del SIDA, que también beneficia a la misma empresa Gilead Science. Durante el mismo año Gilead Science compra 2 empresas más relacionado con la biofarmaceutica, que son Myogen y Raylo Chemicals. Actualmente Gilead Sciences Inc. es la propietaria de la patente de Tamiflu, y tiene contratos firmados con una subsidiaria norteamericana de F. Hoffman-LaRoche Ltd, que le otorgan a esta última los derechos de fabricación y ventas hasta el año 2016. Según el New York Times, con fecha 28 de Octubre de 2005, un memorandum, debido a una investigación que le vinculaba con el negocio de los fármacos, siendo el un accionista, decía que el secretario de Defensa no tomaría parte en ninguna decisión que pudiera afectar sus intereses financieros en la empresa Gilead Sciences Inc. ni participará en cuestiones relacionadas a posibles respuestas del Pentágono ante el surgimiento de una epidemia, siempre y cuando ninguna de estas decisiones afecte a Gilead. Actualmente, y según la investigadora de GlobalResearch, Lori Price, el ex secretario Rumsfeld continúa siendo uno de los directivos de Gilead Science, que ya lleva siendolo por más de 20 años, y sigue acumulando ganancias, y más aún con la venta del Tamiflú.

Para nada es el interés de Roche o Gilead colaborar en la solución del problema. Ambas empresas ya ganaron inmensas sumas en 2005, vendiendo millones de dosis de Tamiflu a gobiernos asiáticos que temían un brote de la gripe aviar. Varios gobiernos (entre ellos la India, el segundo país más habitado del mundo) en efecto pensaron primero en sus ciudadanos antes que en las empresas privadas, y dieron autorización para sintetizar el Oseltamivir (Tamiflu genérico) sin el permiso de Roche. Las dosis genéricas cuestan la mitad que sus pares comerciales; Argentina y Tailandia también consideraron medidas similares.

Hoy, en 2009, Roche y Gilead nuevamente se preparan a vender millones de dosis de Tamiflú, que supuestamente puede curar la gripe porcina aún cuando el gobierno mexicano informó recientemente que ninguna vacuna es eficaz, y ofrece una recompensa de un millón de pesos al investigador que desarrolle una.



Como segunda conclusión, y para que no quede duda, una cosa es que Roche venda el medicamento Tamiflú, y otra que los que ganan también son los que tienen la patente, que en este caso es Gilead Science, de la cual Donald Rumsfeld sigue siendo accionista importante....


[...] Detrás de Gilead Science estan personajes como George Schultz , también en la secretaria de defensa junto a Rumsfeld, que formaba parte de la constructora Bechtel, con negocios en la Irak post guerra. Se puede también investigar la interesada predilección del gobierno de Estados Unidos por otro antiviral: Relenza de Glaxo Smith Kline. También Sanofi-Aventis y Chiron Corp han sido congraciadas con la compra de las vacunas. Donald Rumsfeld, como anterior mandamás de GD Searle, presionó a la Administración Federal de Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) para el uso de aspartame” (Nota: edulcorante artificial con suculentos dividendos) que había sido frenado durante 10 años. Se presume que Rumsfeld obtuvo 12 millones de dólares por la venta de GD Searle a Monsanto (otra transnacional importante en el negocio del agro). Por alguna razón Rumsfeld se ha visto inmiscuido en los recientes 29 años con asuntos de “gripe” proveniente de los animales, como sucedió con la muerte de un recluta militar en 1976 en Nueva Jersey quien falleció de “gripe porcina”. A demanda expresa de el ex secretario, entonces el más joven secretario de Defensa en la historia estadunidense (ahora es el más anciano también de la historia en la etapa aciaga del bushismo), el presidente Ford urgió a la producción y distribución de vacunas. Por desgracia, algunos lotes estuvieron contaminados, lo que ocasionó la muerte de 52 personas y 500 enfermos y obligó a la inmediata suspensión del experimento de Rummy. Curiosamente, no fue reportado ningún caso de muerte por “gripe porcina”.


"Descubran por sí mismos, escuchando con atención, duden, cuestionen, pregunten.. para poder descubrir por sí mismos la verdad..." Jiddu Krishnamurti (Telugu:జిడ్డు కృష్ణమూర్తి)




Luz

7 abr. 2009


Into A Thousand Pieces

La entrada estaba adaptada para las sillas de ruedas. No podría haber sido de otro modo tratándose de una "casa de retiro". "La estrella de la mañana", rezaba un cartel a la entrada. El término sonaba escalofriante, aunque creo que su intención era justo la contraria. Me recordaba a esas películas de ciencia-ficción donde a los androides o robots, no se les mata, sino que se les "retira". Baja operativa.

No recuerdo cual de mis familiares empujaba la silla, tampoco soy capaz de recordar que es lo que decía. Sólo conservo en mi memoria ese tono melifluo y cargado de culpabilidad con el que a veces se les habla a los niños, a los viejos o, en mi caso, a los discapacitados.

La luz era intensa, blanca, me obligaba a parpadear y entrecerrar los ojos. Mejor no ver. Al pasar al lado de una fuente los chorros se activaron mecánicamente y empezaron a subir y bajar compulsivamente. Recuerdo las plantas que la rodeaban: moradas y azules. Intenté levantar la cabeza y mirar la casa donde iba a pasar el resto de mi vida, pero el sol se reflejaba contra la fachada de cristales y me cegó.

Miré la palma de mi mano. La línea de la vida era siniestramente larga. ¿Quién quiere pasar el resto de su longeva vida en un geriátrico?

Y entonces, lo sentí por primera vez. Al doblar una curva de aquel camino inmaculado, un árbol se erguía a nuestra izquierda. En sombras. Majestuoso, de abrazos nudosos, intrincadas ramas, que creaban un frondoso laberinto verde de la nada. Desafiaba a ese cubo de cristal de luz cegadora que era el centro.

Una brisa fresca me rozó de súbito. Pensé que el árbol había suspirado, o exhalado su aliento. Agitó las mangas de mi camisa y las infló. Como si alguien hubiera abierto una puerta, creando una corriente. Por un momento pensé que podría levantarme de la silla y echar a andar. Escapar.

Había un hombre apoyado en el árbol, o quizá escondiéndose, o sólo observando. Llevaba una gorra calada hasta los ojos, un mono de trabajo, y uno de esos rastrillos para recoger hojas. Un jardinero, pensé. Le envidié por estar allí: refugiado del sol, del calor, de la luz, sosteniéndose por sí mismo, sobre sus dos piernas.

Nos hizo un gesto de asentimiento al pasar, levantó la mano a forma de saludo y la directora del centro emitió un gruñido de insatisfacción mal disimulado.

Le dejamos atrás y la luz se reflejó de nuevo —como en un espejo— sobre cada superficie. Manchó de blanco todo lo que nos rodeaba, dejando la vida incolora.

De aquel día apenas recuerdo nada más. Todos mis familiares querían irse pero ninguno se atrevía a ser el primero. Les ayudé, fingiéndome dormida. No lo hice por ellos, quería que se fueran. No, quería que desaparecieran para siempre, como si nunca hubieran existido.

Los días tomaron nuevos nombres: sopa, puré, pescado, yogur de postre...

Y la luz.

Siempre había una luz blanca, sin fluctuaciones, cada vez que salías del centro o en el centro mismo. Ni un atisbo del atardecer. Nunca vi la noche.

Me daban pastillas para dormir, y cuando cerraba los ojos aún era de día. Al abrirlos había vuelto a amanecer. Me producía desasosiego no ver las estrellas, la luna, el cielo negro. Tenía entendido que muchas enfermedades nerviosas son a consecuencia de la falta de luz, me pregunté si la falta de oscuridad podría volver a alguien loco.

Ahora sé que sí.

Todos los domingos, los empleados del centro representaban una obra de teatro para nosotros. Se titulaba "Lucero Brillante, Hijo de la Aurora". Nunca entendí su significado, ni creo que nadie de allí lo hiciera. Los trabajadores declamaban sus versos con voz demasiado alta, y gestos exagerados. Como si chillar consiguiera dar más dramatismo a la escena. Recuerdo un sólo párrafo: ¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones”. La obra acababa mal. El protagonista, El portador de la luz, caía en desgracia. Nunca me han gustado los finales tristes.

Y llegó el día. Una auxiliar vino para decirnos que nos llevaban de excursión. Intenté llevar mis gafas de sol, pero me lo impidió. El sol es bueno, me dijo. Quise mandarla a un sitio muy feo cuando me las quitó de los ojos, pero mi visión pragmática de la vida me lo impidió. Cogí una gorra en su puesto. Las auxiliares me ponen los pelos de punta, sobre todo cuando sonríen al acercarse a uno con la jeringuilla en la mano.

Lo curioso de aquella excursión es que se hizo bajando en ascensor a la planta b2. Ni tan siquiera conocía su existencia. Nos iban metiendo de tres en tres en el montacargas, y ningún desgraciado dijo nada. ¿Cómo podríamos? Sin embargo, vi en muchos semblantes duda, en otros miedo, y en algunos pocos una certeza lacónica que me puso la carne de gallina.

Era mi turno. Y entonces apareció él.

-Yo la llevo.

La auxiliar le fulminó con la mirada. Realizó un rápido movimiento de caderas con la intención de apartarle.

-No puede ser. Nosotras somos las encargadas.

Pero él no se movió. No soltó la silla de ruedas. Al contrario, se agachó hacia mí y me susurro:

-Así que una excursión, ¿eh? Haremos que sea divertido para todos. Se giró y contempló a la mujer, impasible, ni tan siquiera la estaba retando. No. Sólo esperaba con curiosidad su reacción. Pero esta no se produjo. Creo que ella sintió rabia, pero también miedo.

Fuimos los últimos en bajar. Íbamos al final de la fila. La enfermera les hacía cantar una ridícula y anticuada canción francesa infantil. Allí abajo las instalaciones se veían antiguas y en desuso. El suelo era de baldosas blancas y negras, formando escaques como en los hospitales de los años treinta. A un lado y otro se veía material abandonado, los cristales estaban sucios, si no rotos. Los fluorescentes parpadeaban, un latido desigual de luz.

De pronto, giraron bruscamente a la derecha, no pude ver hacia a donde iban. El jardinero paró. Puso una mano en mi hombro. Y yo, por asombroso que parezca, entendí. Asentí torpemente con la cabeza para hacerle saber que sabía lo que esperaba de mí: tenía que permanecer en silencio. Fue entonces cuando vi que las líneas de la palma de su mano, tenían el mismo dibujo nudoso que las ramas de aquel árbol. También eran del mismo color.

Uno a uno fueron desapareciendo todos a través de unas puertas abatibles. Oímos algún gemido quedo, pero la mayoría cerró los ojos antes de entrar mientras se aferraban con sus manos a la silla de ruedas. La enfermera jefe estaba de pie ante la puerta, supervisando la entrada. Salió hasta el medio del pasillo y nos miró. Mejor dicho, le miró. Parecía no percatarse de mi existencia, aunque tampoco era eso: yo no suponía ningún peligro.

Un tic nervioso le hacía cerrar un ojo involuntariamente. Su cofia se había torcido, y el carmín rojo de sus labios estaba corrido. Sus manos se crisparon. Dio un paso hacia nosotros, dos, tres. Y el hombre en lugar de echarse hacia atrás, avanzó a su vez. Era un desafío, no tuve dudas. Me sentí como una bayoneta cargada en sus manos. No tenía miedo. Me asaltó una sed de venganza desconocida. Ira. El hombre debió sentirlo también porque volvió a ponerme la mano en el hombro y me tranquilicé.

Y por primera vez desde que estaba en ese lugar, se hizo de noche. Mis ojos se abrieron de par en par, libres de esa luz cegadora que me obligaba a entrecerrarlos a cada momento. Sentí la brisa: fresca, el olor de la tierra mojada. Vi las estrellas, y escuché su silencio.

-No puedes salvarla. Déjala.

El hombre soltó las manos de la silla, dándome impulso. Sentí pánico, me estaba entregando. La silla de ruedas avanzó sola, atraída por la luz que desprendía la mujer. Pero antes de llegar a ella, los cristales de las ventanas saltaron hechos añicos, entrando por los huecos brazos nudosos, rugosos, que me envolvieron la cintura y me sacaron del interior bruscamente.

La mujer chilló, parecía el grito de un ave herida. De sus manos brotaron sendos haces de luz que quemaban las raíces del árbol. Estaban vivas. Sentí como se movían para cubrir y proteger mi cuerpo. La luz las estaba matando.

Mientras tanto, el jardinero había avanzado hasta ponerse tras la mujer. Comenzó a girar entorno a ella, hasta convertirse en un remolino de oscuridad. La oscuridad tomo cuerpo, densidad y la envolvió como la tela de una araña sobre su víctima.

La luz se extinguió.

Los brazos del árbol me auparon hasta su copa y me dejaron reposando entre sus ramas. Silencio. Sólo mis jadeos acompañaban a una solitaria cigarra. Hubo un temblor. El centro comenzó a derrumbarse. Mientras —una a una— se iban apagando todas sus luces. Las raíces del árbol se convirtieron en látigos que arrastraban los cimientos hasta el fondo de la tierra. Le daban sepultura.

En la superficie sólo quedo el mobiliario del centro, cualquiera hubiera pensado que se trataba de un huracán. Ni rastro de los cuerpos.

Y entonces amaneció. Aún se veían las estrellas en el cielo. Sin rastro de Venus.