IV parte De costuras y remiendos

26 ago. 2009


Arsen de Lothian (Edimburgo 1999 — Muro de Adriano 20??) Se le considera el ideólogo de la Miasma, aunque algunos contemporáneos ( véase Thomas Burns "La Rebelión de la Miasma") vieron en el más una figura poética e idealizada que la mente pensante que organizó la sublevación contra el Klaan en los hechos comúnmente conocidos como "Noche Aciaga" en 2049, y su posterior resistencia a manos de los insurgentes.


Tomo VI - La Guerra Perdida de Evan Trevanian


Cuando Stacia llegue al Muro de Adriano no me encontrará. Puede que pasen meses o años, pero —al final— su voluntad la conducirá hasta mí. Sólo hay un problema, insignificante: el hombre que tendrá ante sus ojos se habrá convertido en un completo desconocido. Intento imaginarnos juntos después de tanto tiempo, y en cada ocasión terminamos de la misma forma: ella gritando, yo tapándome los oídos, y su voz haciendo estallar un espejo en el que contemplo un Arsen roto, hecho pedazos. Un Arsen de Lothian oscuro, vacío, henchido de aquello que más teme.

Me ofrezco voluntario para las guardias nocturnas. Todos piensan que soy un héroe. Eso me avergüenza. Me consume.

Durante la noche, las tinieblas hacen que mis pensamientos parezcan menos sombríos. No hay contraste. Cada uno de ellos asemeja a una prenda mal confeccionada. Soy un sastre de manos temblonas, cortando y cosiendo en una frenética carrera contra reloj. Al terminar y ver el resultado, enloquecido, los deshago, y vuelvo a coser una y otra vez, pinchándome, sangrando, dejando mi huella roja sobre cada uno de ellos.

Enhebro mi cordura con un hilo desecho, con la esperanza de hallar algún sentido.

Vivo a costa de los sueños que una vez forjé, y que ahora me resultan imposibles de creer. Pero miento bien. Y los demás, cuando me escuchan, sueñan. Es por eso que aún me permito vivir, a pesar de mi impostura.

La noche es fría, despejada. Arsen de Lothian tiene la piel de gallina, se ha negado a coger una prenda de abrigo esperando evitar el sueño. Debe permanecer alerta. Alza la cabeza y distingue a Scorpius: brillante, onírico. No es capaz de asimilar que en el año 4000 A.C. los sumerios pudieran contemplar ese mismo cielo. Al ser humano se le escapa el Universo, demasiado paño para tan torpe sastre. De Lothian piensa "pequeño, pequeño, insignificante, banal, todo nuestro sufrimiento".

Un lobo aulla, unos pasos se acercan sigilosos, Arsen suspira.

—Si no mueres un día...

—Mueres otro...

—Arghhh, por dios bendito, ¿quién tuvo la ocurrencia de ese santo y seña!

—Hum... creo que yo... me pareció trascendente.

—¡Y una mierda! No he oído tamaña sandez en mucho tiempo, chico.

—¿Qué te trae por aquí, Picto? Dime...

—Ah, Arsen, siempre directo al grano. ¿Un poco de whisky?

—Sabes que no bebo. Venga, suéltalo y vete.

—Admiro tu cortesía, muchacho, en serio. Bah, tranquilo, me esfumo rápido. Te traigo noticias: ha regresado un comando del sur, diezmado, corren rumores de grupos armados que se están oponiendo al Klaan. Dicen que se dirigen hacía aquí.

—¿Son fiables las fuentes?

—Ya sabes como va esto... les hemos practicado la Cuarentena, pero el Klaan les entrena cada vez mejor para superar nuestros interrogatorios.

—¿Se sabe quién es su líder?

—Una mujer.

Arsen cierra los ojos y contiene la respiración. No, tan pronto no —piensa—, aún no estoy preparado, jamás lo estaré.

—¿Su nombre?

—Stacia, de la tribu Eburonian.

Arsen ahoga una exclamación.

—¿Qué quieres decir con eso de "tribu"?

—Ni puñetera idea. No preguntes. Por lo visto se han unido en tribus, para organizarse, comunicarse y distinguirse entre ellos.

De Lothian permanece en silencio, el corazón se le desboca, de seguir así tendrá que volver a coserlo antes de que amanezca.

—¿Y sabes que es lo mejor?

—No quiero imaginarlo...

—La tal Stacia dice que te conoce, que cuando os encontréis te dirá de que forma podemos poner fin a la guerra.

Quiere decir algo, pero la boca se le queda abierta en un rictus de sorpresa. Su abuela le hubiera dado un sopapo para traerlo de vuelta.

—¿Muchacho?

—¿Si?

—¿La conoces?

Vacila unos segundos. Es mi hermana, mi hermana gemela—, contesta.

Ahora es el turno de Picto de abrir la boca y cerrarla antes de que le entre cualquier mosca.

Nunca fuimos héroes-2041-3ª parte

8 ago. 2009

Así en la tierra como en el cielo Andrés Palma

Hay quien dice que lo más difícil es dar el primer paso, ponerse en marcha. No estoy de acuerdo. Levantarte y echar a andar un día tras otro, sabiéndote vencido es el verdadero reto.

El Muro de Adriano quedaba a más de mil quinientos kilómetros de distancia. Las posibilidades de que Arsen siguiera con vida eran prácticamente nulas. El Klaan obligaba al ejército a patrullar el exterior del Muro. Muchachos de apenas quince años se parapetaban en tanques, disparando antes de preguntar.

El Klaan cometió un error. Despojó a la Miasma de toda oportunidad, de toda esperanza. Para aquellos que nada tenían que perder, morir se convirtió en su victoria. Quisieron creer que alcanzarían la "Otra" vida revestidos de gloria. Para mí, también de desesperación. Pero... ¿quién soy yo para juzgarles? Sus incursiones contra el Muro eran salvajes, suicidas, pero consiguieron su propósito: pusieron nervioso al Klaan.

Estábamos en guerra. Nos convertimos en soldados a la fuerza. Pero no formábamos parte de ningún ejército.

Todo valía. Era la forma de actuar del Klaan. Ahora era nuestro turno. Si queríamos sobrevivir teníamos que deshacernos de nuestros prejuicios y convertirnos... ¿en qué exactamente?

Nuestros peores instintos salieron a flote. Conseguir comida y agua era una tarea titánica, diaria, desalentadora. Constantemente veía cuerpos entre los escombros de las ciudades. Las ratas daban buena cuenta de ellos. Aunque no solo ellas. El canibalismo dejó de ser una profanación y se convirtió en una fuente de alimento cuando no tuvimos nada que llevarnos a la boca. Cualquier esquina era buena para dejarse caer y comenzar a morir.

¿Cómo se mantienen las promesas hechas a uno mismo? Con dificultad, sin duda. Con fracasos y mentiras.

No quiero engañaros. Maté, robé, traicioné; sólo para mantenerme con vida. El miedo me convirtió en una bestia ciega. Quería llegar al Muro de Adriano, tenía que ver a Arsen y contarle lo que había descubierto. No podía dejar que nada, ni nadie se interpusiera en mi camino.

Cada una de las personas que se arrastraba por el planeta tenía una historia igual o mejor que la mía para justificar sus actos. Nunca fuimos héroes, ni nada remotamente parecido.

Me violaron. Supe que poco tenía que hacer ante ese hombre de metro ochenta, rodeado por su pandilla: armados, enloquecidos, hambrientos. Le dejé hacer. Se confió. Acercó su cara a la mía. Le sonreí. Despacio, llevé mis labios a su cuello, abrí la boca y le clavé los dientes. El primer mordisco apenas se llevó un poco de carne, pero no solté. El segundo, rasgó músculo y alcanzó las venas. Tiré de ellas hasta que reventaron. ¡La sangre estaba tan caliente..! Cogí el arma de su cintura, le utilicé de escudo y disparé a los otros tres desde el suelo. Necesité varios disparos pero el factor sorpresa jugó a mi favor.

No fue fácil matarles, no era una buena tiradora. Me quité al gordo de encima, y rematé de cerca uno por uno a cada uno de ellos. Cuando terminé me temblaban las piernas. La boca y el pecho empapados de sangre. Lo primero que pensé fue si el hijo de puta tendría alguna enfermedad que pudiera contagiarme. Creo que por eso me acerqué y a pesar de estar muerto, le descerrajé un tiro en los huevos. Luego registré sus bolsillos y me llevé todo lo que pude.

Quise llorar. Pero no pude. O no me lo permití.

Levanté la cabeza y vi la luna asomando por entre las ruinas de la bóveda de una antigua iglesia. Y entonces le vi. Estaba sentado a los pies de lo que en su día fue el altar. Recuerdo que lo primero que pensé es que debía haber presenciado todo y no había sido capaz de mover ni un dedo en mi ayuda. No me equivoqué.

Tenía una barba grisácea que le caía sobre el pecho, sucia y enmarañada como su pelo. Mantenía los brazos cruzados, mientras se balanceaba adelante y atrás. No pude ver sus ojos. Pero podía olerle. Apestaba.

Se levantó despacio y vino hacia mí. Me sorprendió que pudiera andar porque estaba extremadamente delgado. Era como un saco de huesos, todo pellejo. Se quedo a medio metro, mirándome fijamente, en silencio. Estaba llorando. Me había robado mis lágrimas. Le dí la espalda y eché a andar.

Al poco escuché unos pasos que me seguían. No me giré. Supe que a partir de ahora tendríamos un camino que recorrer juntos. ¿Por qué? Esa es la parte de la historia que necesitaba contarle a Arsen. Eso era lo que había descubierto.

Era tan viejo que podría haber sido mi bisabuelo. LLamádle Avijai.