Más allá del tiempo, sólo silencio...

9 ene. 2010

Art borrowed from deviantart.com

31 de diciembre del 2009

Las puertas de emergencia se abren y cierran una y otra vez de forma automática. Iván se imagina a un fantasma aburrido poseyéndolas y la sola idea le arranca una fugaz sonrisa. Los copos de nieve se cuelan veloces entre sus rendijas; se los figura compitiendo entre sí, haciendo carreras para ver cual de ellos llega más dentro del hospital. Alguno ha conseguido posarse sobre la manga de su bata para, fútilmente, derretirse al momento.

Tener guardia el último día del año no es el mejor plan para un interno residente lejos de su hogar, no señor. Quizá el haber discutido con la Jefa de Área sobre las condiciones laborales haya contribuido a esta situación. Iván esboza una mueca amarga e inconscientemente se encoge de hombros, necesita sacudirse de encima el enfado y el frío. Ese gesto se ha convertido casi en un tic , una forma como cualquier otra de demostrar su impotencia ante el mundo que le rodea.

Está ante la máquina de café cuando oye unos gritos y un llanto tal que piensa que ha entrado un cuadro grave por urgencias. Pero inmediatamente descarta la posibilidad: de haber sido así le habrían llamado al busca.

Decide ir a ver que ocurre, y con paso tranquilo, sigue la línea verde pintada en el suelo que orienta a los pacientes hasta las consultas. Su mirada se pierde en la espiral que forma la leche sobre el café mientras remueve con la cucharilla.

Y entonces la ve. La mujer está sentada y se dobla hacia delante como si la afectara un agudo dolor de abdomen. Sostiene la mano izquierda con la derecha como si se hubiera cortado, con extremo cuidado, para que nadie la toque. La rodean dos enfermeras, un vigilante de seguridad y una doctora malhumorada.

Iván mira a su compañera y levanta las cejas de forma inquisitiva. La mujer se acerca a él deprisa, aliviada al verle.

— ¿Puedes hacerte cargo?

Iván la mira y nuevamente se encoge de hombros.

— ¿Qué le ocurre?

—No lo sé. Se ha cortado el dedo, o eso dice porque no nos deja mirarlo, pero no sangra, lo único que hace es mascullar y llorar.

—Un ataque de ansiedad. ¿Y los de psiquiatría?

—No les encuentro. Estarán afuera fumando. ¿Te haces cargo o no?

Iván evita mirarla, de hacerlo hubiera visto su rabia, así que desvía los ojos y asiente con la cabeza. La mujer echa a andar con paso enérgico, sin darle las gracias.

— ¿Dónde está su historial médico?

La mujer sin volverse le grita:

— ¿Qué historial? ¿No te he dicho que no nos deja ni acercarnos?

Iván suspira, todavía con el café en la mano se acerca a la mujer y se sienta a su lado, tiene la precaución de dejar un asiento entre los dos. Mira al de seguridad y a las enfermeras y les despacha con un gesto de la cabeza.

La mira de soslayo, en silencio: una mujer de unos cuarenta años, quizá algo menos, no puede precisarlo. Tiene los ojos cerrados, los aprieta con fuerza, está seguro que es su forma de evitar que se abran y tener que ver lo que la rodea. Se mueve hacia delante y atrás, mientras las lágrimas salen de forma descontrolada acompañadas de sonidos guturales. Tendría que conseguir que tomara diazepam o lorazepam, de esa forma en media hora estaría todo resuelto. Suspira involuntariamente, y al escucharle, la mujer frena en seco, se gira extraordinariamente rápido y le mira a los ojos.

Iván se sobresalta y derrama el café sobre su bata. Se pone en guardia, con los enfermos psiquiátricos hay que tener precaución, nunca sabes cuando van a convertirse en una amenaza física. Pero, cuando la mira a los ojos, comprende que no es el caso. ¡Oh, dios mío, cuánto dolor! En breves instantes, repasa el manual de psiquiatría y comienza el protocolo.

—Hola, soy Iván, medico de este hospital. ¿Cual es su nombre?

La mirada de la mujer le encoge desde la nuez hasta las tripas: le recuerda a su madre cada vez que la llamaban del colegio para que fuera a buscarle al despacho del director. Bien, eso no había funcionado. ¿Cuál era el siguiente paso? Observa que una de las enfermeras le está mirando de reojo desde su puesto. Puf.

— ¿Puedo ayudarla en algo?

La mujer sonríe dolorosamente. Ahora le recuerda a su abuela, cuando él le hablaba sobre los Reyes Magos y del largo viaje que realizaban desde Oriente para traer sus regalos. Puede ver las arrugas entorno a sus ojos y piensa que quizá se ha equivocado con la edad.

—No lo sé.

Ah, por fin, ahí estaba, había establecido contacto.

— Soy médico.

— Eso ya me lo ha dicho antes.

Iván la mira atentamente. ¿Qué clase de respuesta es esa en un paciente con un ataque de ansiedad? ¿Sería esquizofrenia? No, no cuadraba en el perfil. ¿Y qué demonios hacía ahora? Pero ella se le adelanta.

—Me he cortado un dedo.

—Entiendo. ¿Puedo verlo?

La mujer asiente, silenciosamente extiende su mano hacia él. Ahora le recuerda a su hermana pequeña, cuando se caía de los columpios en el parque y le llamaba a gritos para que la ayudara. Extraño.

Sólo tiene un pequeño rasguño. Iván se arriesga con la siguiente pregunta.

—Bien, no parece grave, se lo puedo curar. ¿Ha venido sola?

La mujer deja caer la mano sobre su regazo, baja la mirada al suelo, la desenfoca y de nuevo, como si alguien hubiera apretado un botón, comienzan las lágrimas. Le caen chorretones por toda la cara. Error. Iván comienza a ponerse nervioso.

—Bien, no importa. Tranquila. ¿Me acompaña para que pueda curarla?

Ella no hace ningún movimiento por seguirle, al contrario, reanuda suavemente el balanceo: adelante, atrás. Está perdiéndola de nuevo. Y hace algo que el manual indica explícitamente que no se haga nunca: se levanta y extiende su mano, se la ofrece, para que ella le agarre. Con el rabillo del ojo, ve como la enfermera niega con la cabeza y se dirige rápidamente hacia él. Iván piensa: vamos, rápido, sólo tienes una oportunidad.

La mujer alza la cabeza y extiende la suya, aferrándose con fuerza. Un náufrago, una tabla de madera.

Iván tira de ella para levantarla y le da la espalda a la enfermera. Parece que la mujer comprendiera qué está ocurriendo porque le sigue sin decir ni una sola palabra.

Al llegar a la altura del ascensor las puertas se están cerrando, Iván grita al camillero para que les espere. Se cuelan dentro. A sus espaldas oye a la enfermera maldecir. El camillero mira a Iván y este, por toda respuesta, encoge los hombros. El hombre se baja en la siguiente planta dejándoles solos. Es entonces cuando se da cuenta de que aún sostiene su mano, se siente incómodo, fuera de protocolo, la mira a los ojos y le recuerda a su primera novia, cuando paseaban de la mano por el patio del colegio. La suelta bruscamente y por un instante está seguro que va a desplomarse allí mismo, pero las puertas se abren, y la sensación desaparece. Han bajado al depósito. ¡Oh, bien, es justo lo que necesitaba, un lugar acogedor!

En la sala hay dos cuerpos cubiertos. Ambos se quedan mirando las sábanas blancas, como si de un momento a otro alguno de los cadáveres pudiera levantarse y hablar. Iván piensa que no están en Halloween, sino en nochevieja, y ese argumento absurdo, le tranquiliza.

La mujer se deja caer en una silla, se la ve agotada, desvía la mirada hacia el reloj de pared en el centro de la habitación. Falta un minuto para las doce de la noche.

— ¿Tiene uvas?

Por un momento Iván no entiende la pregunta, luego niega lentamente con la cabeza y le sonríe.

— ¿Querría tomar una pastilla e intentar dormir un rato? Puedo llamar a quien usted quiera, para que vengan a buscarla.

—Tengo que irme...

— ¿Por qué vino al hospital?

—Me había cortado...

— ¡Pero si no es más que un rasguño!

—Me dolía… Creí que me desangraría... Por dentro...

—Necesita ayuda, por favor, hágame caso.

—Todos la necesitamos. Y mientras sus comisuras se curvan en una sonrisa compasiva las campanadas comienzan a resonar sobre sus cabezas.

— ¿Le queda tiempo, señor?

Iván no entiende la pregunta, se encoge de hombros mientras zarandea la cabeza y frunce el ceño.

— ¿Tiempo?

— Sí, para escuchar.

Cuando va a replicarle oye unas voces por el pasillo, cree que es la enfermera con el vigilante de seguridad. Maldice para sus adentros, se vuelve hacia la mujer y con los ojos le pide silencio. Ella asiente. Sale para encararse con ellos. Falsa alarma.

Vuelve a la habitación pero la mujer no está. No lo entiende. ¿Dónde puede haberse metido? Recorre la habitación con la mirada y el corazón le da un vuelco cuando descubre tres cuerpos cubiertos en lugar de dos. No puede ser. Despacio, se acerca al cadáver que minutos antes — está seguro— no estaba ahí. Con cuidado levanta la sábana, pero es el rostro de un anciano el que descubre. Ahora, más rápidamente, se acerca a los otros dos y les destapa: nada. ¿Cómo se le ha podido pasar por la cabeza que pudiera ser ella?

Sube corriendo a la planta de emergencias y la busca desesperadamente.¡Ha perdido una paciente! ¡Dios, le van a despedir! Todo el mundo se está abrazando, el nuevo año ha comenzado. Intenta hablar con el vigilante de seguridad, pero es una tarea imposible.

Sale a la calle, mira entre las filas de coches aparcados, incluso se agacha para mirar por debajo ¿Pero dónde se ha metido?

De pronto nota que una mano le agarra del brazo y le zangolotea.

— ¡Iván, despierta, Iván! ¡Pero hombre te has perdido las campanadas! Mírate, te has quedado dormido al lado de la máquina de café.

La doctora, las enfermeras, y el vigilante se ríen. Le dejen las uvas en un vaso de plástico al lado.

Iván coge su abrigo y sale a la calle. Cierra los ojos y se tapa los oídos con las dos manos. Escucha. El roce de la luna contra las nubes, el viento sacudiendo las copas de los árboles, a kilómetros de distancia el bramido del mar, en el bosque los lobos aullando sobre una colina, el ciervo agitando sus orejas mientras tensa sus músculos preparado para la huida, el oso removiéndose sobre las hojas de su cueva, un águila alcanzado su nido en la cumbre. Iván atiende. Y entonces, lo oye: el silencio. Aún le queda tiempo.

11 comentarios:

Aldabra dijo...

Muy bueno, Elbi, como siempre. Me ha tenido en vilo todo el tiempo.

biquiños.

guillermo elt dijo...

Qué alegría verte-leerte de nuevo.

Necesito tener tiempo. Lo imprimo y lo leo.

;)

A amiguicas como tú, después de tanto tiempo, no solo un Besico, sino un Besibrazo.

guillermo elt dijo...

Seguro que era un R1 y me lo tenían al pobretico haciendo doblete... o triplete...jeje. Ya se irá habituando al mundo laboral... :)

Ya echaba de menos tus historias. ;)

Besicos.

jordim dijo...

mmm buen relato, leido del tirón y bien cerrado.

Elbereth dijo...

Hola Aldabra... oh sí, hace demasiado tiempo... mucho... uno pierde destreza en los dedos...:)

Gracias por todo, biquiños... muchos.

Elbereth dijo...

Ohhhh Guillermo... que bonikooooo eso que me dices... me pase por tu casa pero... aún no te había dado tiempo a actualizar... :( Me gusta la nueva foto de tu perfil...

¡Hay que malo es trabajar, quien dijo que el trabajo es salud era malvado...malvado...! :)

Un beso muuuuu grande.

Elbereth dijo...

Jordim...gracias por haber vuelto y haber tenido la paciencia de leerlo de un tirón.. [entre tu y yo creo que no es algo que hagan muchos.. ;)]

No me enredo más.. un saludo.

Neverknowsbest dijo...

Pfuaf... Elbi, me ha encantado, y mira que es largo. Podrías escribir un libro, ¿sabes?

Pero, ¿estaba soñando o es que él también se ha vuelto loco:)?

Jejeje, me encantó lo de "Ese gesto se ha convertido casi en un tic , una forma como cualquier otra de demostrar su impotencia ante el mundo que le rodea".

Sigue escribiendo que mola.

nos dormimos sin hablarnos dijo...

Hay que ver cómo se nos olvida lo que parece más obvio, darle sentido a lo que uno hace, y tomar partido por uno mismo.

Supongo que el dejar transcurrir, el dejarse llevar por la inercia de nuestras vidas, se convierte a la larga en abandonarse.

Por suerte, aún tenemos tiempo!

Pero esto tan sólo es mi interpretación.

Por cierto, Feliz año, Feliz Todo!

Elbereth dijo...

Neverknowsbest : hola!!! Me alegra saber que sigues por aquí. Y bueno, muchas gracias por tus palabras, pero no creo que pueda escribir un libro, ¿quizás uno por la mitad? ¿sin final? Y seguro que no tendría ningún número de ventas ;) Pero gracias por esas palabras.

Y...no creo que esté loco...quizá antes del sueño, sí que lo estaba... pero después de haber escuchado... yo diría que no... :)

Ahhh, a mí también me gustó lo de encogerse de hombros...a mi también.

Cuidate, y hasta pronto!!!

Elbereth dijo...

Nos dormimos sin hablarnos: cada interpretación no sólo es válida, sino real para cada uno de nosotros, ¿quién podría decir de que color es el blanco o el negro? Y el gris ya ni me lo imagino.. :)

Gracias por saludarme, y también para ti Feliz Todo.. Hasta pronto.