Jettison

17 ene. 2010


Atardecía. El sol de poniente coloreaba la pálida y remendada vela mayor, enseñoreada y descocada en su cortejo con el esquivo viento.

Durante el último año había tomado por amante a más de uno, entre ellos se encontraba Foehnm, del que se quejaba por ser demasiado seco y cálido; Mistral, del noroeste, también seco pero frío. En el golfo de Trieste se dejó encandilar por el Bora, un viento duro que pulverizaba la espuma que levantaban las olas del mar. Del interior de Rusia vino el Kossava
helándole el corazón de su Palo de Mesana, Mayor y Trinquete. Y por último, en el Mediterráneo oriental, Etesio, la hizo olvidar a todos los demás.

En cubierta, todos mirábamos, impávidos y entumecidos, como esos dos enamorados --siempre reñidos-- nos llevaban a puerto, a casa por fin.


En el foso, el Maestro se seca el sudor de la frente y da la entrada al primer violín con un toque de su batuta. El silencio se extiende sobre la platea escalonada, mientras se oscurece el auditorio. Las damas adornan sus cuellos con perfumes de almizcle.


Entre bastidores, un chiquillo de apenas doce años, agita las olas con un subterfugio mecánico.


Pero algo se deslizó con el anochecer. Etesio cesó de súbito, como si hubiera tropezado y caído desde el cielo a una velocidad vertiginosa, para chocar contra el muro frío y salado del mar. El cabeceo del navío murió bruscamente. Cualquiera hubiera dicho que el mismísimo Poseidón lo había elevado de las aguas, manteniéndolo suspendido en el aire.


La sobremesana, se desplomó sobre sí misma, hecha un guiñapo, sin vida. Y como si esa hubiera sido una señal divina, el capitán salió de su camarote, dando un portazo. La camisa le colgaba por fuera de los pantalones, los tirantes bajados, sin peluca y un sextante entre las manos.


Olfateó el aire como si de un sabueso se tratara, después se acercó a proa y escudriñó el horizonte con su catalejo. Acto seguido se lanzó a popa, y de un salto se encaramó a lo alto. Un instante más tarde, le vimos zangolotear la cabeza, negándose a sí mismo lo que parecía un hecho.


Nos encaró a todos con la mirada vidriosa y dijo:

— El Whydah se hunde.


La mujer se sobresalta y se lleva una mano al pecho. El hombre, a hurtadillas, se gira para contemplarla. Las luces del escenario caen sobre su rostro ora iluminándola ora envolviéndola en una delicada penumbra. La música de los violines encubre los latidos de su corazón.


Un murmullo de incredulidad se extendió por toda la nave. Lo intentó acallar con sus manos.

—Si existe alguna posibilidad de llegar a puerto, pasará por desprenderse del lastre que arrastramos desde el ataque a Rodas.


Nuestros labios se abrieron sin pronunciar palabra o sonido alguno. Retuvimos el aire, y cuando lo exhalamos al unísono, el bajel zozobró.

El olor acre del miedo en nuestro aliento, convertido en sucia mordaza.

—Vosotros decidís. Dio media vuelta y se dirigió a su camarote, pero antes de que la puerta se cerrara, dejó caer una carta de navegación que llevaba entre las manos. No volvimos a verle.

Nos quedamos inmóviles sobre cubierta, apoyados unos contra otros, atrapados en la bruma que envolvía y paralizaba el bastimento.


Hasta ella llega su perfume: madera, bergamota y cedro, ligado al olor de su pipa. Oleadas tenues que, sin embargo, le provocan un estallido de calor embarazoso.


Duncan fue el primero en deshacerse de su lastre. Sin apenas dientes, con un parche negro ganado junto a Francis Drake en el ataque de 1587 contra Cádiz, lanzó por estribor el recuerdo de su hija y esposa. No puedo evitar pensar, que quizá ellas --hacía tiempo-- habían hecho lo mismo con el suyo.

El mar se abrió para recibir el holocausto, y el Whydah se elevó imperceptiblemente. De Bacon nunca más supimos. En la cubierta de popa, acunando una botella de ron, fue visto con vida por última vez.

Durante los días siguientes, cada uno tiró por la borda el lastre de su vida: amores perdidos, viejos rencores, quimeras de oro y joyas, canciones, poemas, lágrimas, o risas atesoradas durante años.

Pensé que se sentirían mejor sin ese peso en sus almas, pero me equivoqué. Encalmados, convertidos en cáscaras de nuez a la deriva. A ninguno de ellos parecía importarle lo más mínimo que el barco nos condujera de nuevo a puerto.

Un amanecer encontré a Ian colgado del contrafoque. Esa misma noche le había preguntado de que se había desecho, el me sonrió, y me dijo: de mi. No le entendí entonces.

No deseaba alcanzar la costa. Quería coger el timón y dar un giro de 180 grados. Estuve rumiando durante todo el día, en mi camarote, al socaire de las miradas de la tripulación, de lo que quedaba de ella.

Y entonces lo entendí, supe cual era mi sobrecarga. Aquella noche, me despedí de cada uno de ellos, ofreciéndoles un trago. Tomé el cuaderno de bitácora para recoger cada una de sus plegarías, sus historias sobre el Kraken y el Leviatán, sus tatuajes obscenos, sus victorias y rendiciones. Al amanecer les había asesinado a todos.

Como si el director de orquesta les hubiera dado la entrada, ambos apartan la mirada del escenario, y sus ojos se encuentran. El níveo pecho sube y baja al compás de la respiración entrecortada. El hombre se lleva a los labios su mano enguantada y la retiene por unos instantes, antes de que ella la retire ruborizada.

Me convertí en mi propio Capitán, y el timón en mis manos vibró voluptuoso cuando lo hice girar.

El poniente se levantó ufano para inflar la vela mayor, la gavia, el trinquete y el velacho.

Dueño de mi destino, recién nacido, fui el único de aquellos marineros que se sintió vivo al estar vacío.

Una vez un escribano me dijo que la palabra pirata tenía su origen en la expresión griega πειρατης
, y que significaba “prueba”. Ni me importó entonces, ni me importa ahora su sentido. Me basta con el sol quemándome la piel, la sal cauterizando mi alma, y las gaviotas chillando mi nombre cuando cada noche lo arrojo por la cubierta de popa.

Cae el telón de terciopelo rojo, y antes de que las luces se enciendan, el hombre acerca sus labios y la besa. A la salida, ninguno recuerda el final de la obra.

4 comentarios:

guillermo elt dijo...

Hola, niña... todo un placer verte-leerte, que tú lo sabes.

Paso en otro momento para disfrutar de tus palabras-letras.

:)

Besicos.

Elbereth dijo...

Hola Guille... soy como una maleta perdida en un aeropuerto asiatico, ... siempre de acá para allá.. y poco tiempo en ningún lugar.

Sé que no te gustan las entradas largas y yo soy incapaz de hacer una corta.. o semicorta... jajjajaj No has de preocuparte, vuelve sin prisas, cuando quieras...

Un abrazo!

Elbereth dijo...

Cuando no escribes a diario, pierdes el oficio de escribir. La destreza, o la facilidad para encontrar las palabras, se diluye en múltiples intentos.

Esta es la sensación que tengo con esta entrada, no es la primera vez que me pasa.

La he escrito más de cuatro veces, quitando, poniendo... y al final.. bueno.. no estoy satisfecha...

Pero es una consecuencia lógica... ¿Será porque me gusta la mantequilla con sal untada en galletas de avena? Es posible.. porque muy normal no es...

Perdonad este soliloquio... hablo sóla es obvio...

:)

Silencio...

guillermo elt dijo...

Honradamente me has superado con esta historia, ya que me sugire tantas ideas.

Lo que sí es que me has picado la curiosidad y he sabido un poco de la historia del barco pirata y el amorío.

Esto me ha recordado tb. mi primer libro de piratas que leí. El Cisne Negro (Rafael Sabatini???. No me apetece ir a la wiki... jeje aunque creo que sí)... Tendría 14 ó 15 años... Antes me leí los 5 ó 6 primeros libros de la colección de Tarzán de los Monos. :)

A mí me gusta sola entre 2 marías... sin sal, aunque los exploradores (dulce salados) sí me gustan y mucho... jeje.

Marcho a dormir

Besicos.