Un suspiro por una inhalación... 2041-VII parte

17 ene. 2010

De Lothian-La Bestia del Klaan; Stacia de Lothian; Lea Tuatha Dé; Avijai Zamir; Arsen de Lothian

Stacia y Arsen, dos caras de una misma moneda. O dos monedas con una sola cara, con la cruz borrada. Stacia lleva rato enfrascada en un monólogo con intentos de diálogo fracasados. Avijai la escucha, arrebujado en su manta, dentro de lo que en su día fue un flamante coche, y que ahora se ha convertido en una tienda de campaña improvisada.

Stacia se hace demasiadas preguntas, eso piensa Avijai. A su edad, cualquier pregunta es como un brusco empellón. Y la Ley del Universo dice: "Un tirón por un empujón, un suspiro por una inhalación", o eso había leído… ¿en los libros de Hobb? Pudiera ser… Ahora poco importaban los escritores y sus poemas.

Stacia tenía una obsesión y Avijai había sido la segunda persona con la que la había compartido. Arsen, por supuesto, había sido el primero. Había algo de siniestro en esos dos gemelos. Esa unión silenciosa y profunda de sus almas, le recordaba a las raíces que los árboles desarrollan en la selva. Una maraña de brazos vivos en los que puedes llegar a asfixiarte.

El era viejo y apenas recordaba cual era su misión, si es que alguna vez tuvo alguna. Pero ella, oh, ella: Stacia era como un lobo atrapado en un cepo, se mordería la pata hasta desangrarse y morir antes de darse por vencida.

Stacia creía saber que tenía una misión, pero no era capaz de entender exactamente en qué consistía. Por supuesto, Avijai se había abstenido de decirle que eso era peor que no tener ninguna. Tenía la firme convicción que, a las mujeres, cuánto menos se les diga de lo que se piensa, más fácil resulta convivir con ellas. No era machismo, sólo supervivencia.

Los números y los relojes digitales. Sí, así como suena: demencial. ¿Y si cada vez que miras un reloj la hora que te encuentras es: 22:33, 10:10, 11:22… Stacia acumulaba relojes. En cada muñeca le había contado tres, por lo menos. Y lo peor de todo es que él había terminado por obsesionarse también. El, que se había negado a someterse a la tiranía de los relojes se descubría, ahora, mirando de reojo sus muñecas. Cada vez que se encontraba con esos pares de números iguales, o en serie, pegaba un respingo absurdo.

Stacia estaba casi convencida que aquello no era casualidad, tenía que poseer algún sentido oculto. Avijai le propuso que llevara la cuenta de todas las veces que miraba el reloj, y que de ese total, descontara cuántas veces se encontraba con esa situación.

Por alguna extraña razón, el resultado obtenido desafiaba todas las leyes de la probabilidad, con lo que Stacia sólo se reafirmó en su convicción: estaban recibiendo un mensaje subliminal del Universo, y no eran capaces de descifrarlo.

Avijai decidió que había peores locuras que aquella, y resolvió no darle demasiada importancia. Por supuesto, era sólo supervivencia. A fin de cuentas —se dijo así mismo—, si la chica había escrito en el pasado uno de esos blogs, eso era mucho peor con diferencia.

—¿Por qué se repiten los números?

—Bueno, no se repiten, van sucediéndose… antes o después tiene que producirse esa combinación.

—Ya, pero ocho de cada diez veces que los miro están así.

Avijai se permitió levantar las cejas en un signo de hastío. Sólo porque era de noche, y el gorro que llevaba le tapaba la frente. La valentía está sobrestimada.

—Quizá te están avisando de que un hecho que ya ha sucedido se va a repetir, y así puedas cambiarlo con una decisión diferente.

—O que ese mismo hecho se está produciendo en otro lugar al mismo tiempo.

—Es bastante melodramático y superficial… Suena a aquellas películas de ciencia-ficción de los noventa, con pretensiones pseudo-científicas y místicas.

Silencio. Avijai estuvo seguro que había conseguido encoger unos centímetros sin haberse comido ninguna galleta del País de las Maravillas.

—¿Siempre eres tan dañino?

Avijai negó suavemente con la cabeza e intentó poner su expresión más inocente, esperando que el miedo le dilatara las pupilas y estás dieran más veracidad a su mentira. Se dio cuenta de que estaba sudando.

—Yo soy viejo, y un poco loco, no me tienes que hacer caso. ¡Qué voy a saber yo de esas cosas!

—Bueno, yo soy joven e idiota, al menos eso dice tu cara… Y seguramente sea cierto… ¿Crees que estoy desquiciada?

—No —. Avijai se dio cuenta al momento que había contestado demasiado aprisa. Error.

—Ya, entiendo… ¿Qué hora será?

—Deja que mire tu muñeca. Las 20:20.

—Uhm…

—Sip…

—¿Intentamos dormir un poco?

—Será lo mejor, querida. Buenas noches.

—Que descanses, Avijai… ¿Mañana cogeremos la carretera?, ¿o iremos por el camino que vimos cuando llegamos?

—Ah… ¿qué hora sigue siendo?

—Las 20:20.

—Espera a que sean las 20: 21 y lo decides…

Avijai compuso una sonrisa lamentable y Stacia tuvo un escalofrío.

… … …

Arsen mira el reloj de su muñeca: las 20:20, tiene que decidir si mañana atacarán uno de los fuertes del Klaan. Se siente empujado. ¿Quién estará dando un tirón?

Lothian mira el reloj de su mesilla: las 20:20, no está seguro de donde tiene que concentrar su ejército. ¿Dónde será el siguiente ataque de la Miasma? De golpe, toma una decisión.

Lea se sienta ante el abismo y escucha. Deja escapar un suspiro.

Stacia no es capaz de conciliar el sueño, sale del coche y se queda mirando las estrellas. Mañana irán por el camino, dejarán la carretera. Coge aire, una inhalación.

Jettison


Atardecía. El sol de poniente coloreaba la pálida y remendada vela mayor, enseñoreada y descocada en su cortejo con el esquivo viento.

Durante el último año había tomado por amante a más de uno, entre ellos se encontraba Foehnm, del que se quejaba por ser demasiado seco y cálido; Mistral, del noroeste, también seco pero frío. En el golfo de Trieste se dejó encandilar por el Bora, un viento duro que pulverizaba la espuma que levantaban las olas del mar. Del interior de Rusia vino el Kossava
helándole el corazón de su Palo de Mesana, Mayor y Trinquete. Y por último, en el Mediterráneo oriental, Etesio, la hizo olvidar a todos los demás.

En cubierta, todos mirábamos, impávidos y entumecidos, como esos dos enamorados --siempre reñidos-- nos llevaban a puerto, a casa por fin.


En el foso, el Maestro se seca el sudor de la frente y da la entrada al primer violín con un toque de su batuta. El silencio se extiende sobre la platea escalonada, mientras se oscurece el auditorio. Las damas adornan sus cuellos con perfumes de almizcle.


Entre bastidores, un chiquillo de apenas doce años, agita las olas con un subterfugio mecánico.


Pero algo se deslizó con el anochecer. Etesio cesó de súbito, como si hubiera tropezado y caído desde el cielo a una velocidad vertiginosa, para chocar contra el muro frío y salado del mar. El cabeceo del navío murió bruscamente. Cualquiera hubiera dicho que el mismísimo Poseidón lo había elevado de las aguas, manteniéndolo suspendido en el aire.


La sobremesana, se desplomó sobre sí misma, hecha un guiñapo, sin vida. Y como si esa hubiera sido una señal divina, el capitán salió de su camarote, dando un portazo. La camisa le colgaba por fuera de los pantalones, los tirantes bajados, sin peluca y un sextante entre las manos.


Olfateó el aire como si de un sabueso se tratara, después se acercó a proa y escudriñó el horizonte con su catalejo. Acto seguido se lanzó a popa, y de un salto se encaramó a lo alto. Un instante más tarde, le vimos zangolotear la cabeza, negándose a sí mismo lo que parecía un hecho.


Nos encaró a todos con la mirada vidriosa y dijo:

— El Whydah se hunde.


La mujer se sobresalta y se lleva una mano al pecho. El hombre, a hurtadillas, se gira para contemplarla. Las luces del escenario caen sobre su rostro ora iluminándola ora envolviéndola en una delicada penumbra. La música de los violines encubre los latidos de su corazón.


Un murmullo de incredulidad se extendió por toda la nave. Lo intentó acallar con sus manos.

—Si existe alguna posibilidad de llegar a puerto, pasará por desprenderse del lastre que arrastramos desde el ataque a Rodas.


Nuestros labios se abrieron sin pronunciar palabra o sonido alguno. Retuvimos el aire, y cuando lo exhalamos al unísono, el bajel zozobró.

El olor acre del miedo en nuestro aliento, convertido en sucia mordaza.

—Vosotros decidís. Dio media vuelta y se dirigió a su camarote, pero antes de que la puerta se cerrara, dejó caer una carta de navegación que llevaba entre las manos. No volvimos a verle.

Nos quedamos inmóviles sobre cubierta, apoyados unos contra otros, atrapados en la bruma que envolvía y paralizaba el bastimento.


Hasta ella llega su perfume: madera, bergamota y cedro, ligado al olor de su pipa. Oleadas tenues que, sin embargo, le provocan un estallido de calor embarazoso.


Duncan fue el primero en deshacerse de su lastre. Sin apenas dientes, con un parche negro ganado junto a Francis Drake en el ataque de 1587 contra Cádiz, lanzó por estribor el recuerdo de su hija y esposa. No puedo evitar pensar, que quizá ellas --hacía tiempo-- habían hecho lo mismo con el suyo.

El mar se abrió para recibir el holocausto, y el Whydah se elevó imperceptiblemente. De Bacon nunca más supimos. En la cubierta de popa, acunando una botella de ron, fue visto con vida por última vez.

Durante los días siguientes, cada uno tiró por la borda el lastre de su vida: amores perdidos, viejos rencores, quimeras de oro y joyas, canciones, poemas, lágrimas, o risas atesoradas durante años.

Pensé que se sentirían mejor sin ese peso en sus almas, pero me equivoqué. Encalmados, convertidos en cáscaras de nuez a la deriva. A ninguno de ellos parecía importarle lo más mínimo que el barco nos condujera de nuevo a puerto.

Un amanecer encontré a Ian colgado del contrafoque. Esa misma noche le había preguntado de que se había desecho, el me sonrió, y me dijo: de mi. No le entendí entonces.

No deseaba alcanzar la costa. Quería coger el timón y dar un giro de 180 grados. Estuve rumiando durante todo el día, en mi camarote, al socaire de las miradas de la tripulación, de lo que quedaba de ella.

Y entonces lo entendí, supe cual era mi sobrecarga. Aquella noche, me despedí de cada uno de ellos, ofreciéndoles un trago. Tomé el cuaderno de bitácora para recoger cada una de sus plegarías, sus historias sobre el Kraken y el Leviatán, sus tatuajes obscenos, sus victorias y rendiciones. Al amanecer les había asesinado a todos.

Como si el director de orquesta les hubiera dado la entrada, ambos apartan la mirada del escenario, y sus ojos se encuentran. El níveo pecho sube y baja al compás de la respiración entrecortada. El hombre se lleva a los labios su mano enguantada y la retiene por unos instantes, antes de que ella la retire ruborizada.

Me convertí en mi propio Capitán, y el timón en mis manos vibró voluptuoso cuando lo hice girar.

El poniente se levantó ufano para inflar la vela mayor, la gavia, el trinquete y el velacho.

Dueño de mi destino, recién nacido, fui el único de aquellos marineros que se sintió vivo al estar vacío.

Una vez un escribano me dijo que la palabra pirata tenía su origen en la expresión griega πειρατης
, y que significaba “prueba”. Ni me importó entonces, ni me importa ahora su sentido. Me basta con el sol quemándome la piel, la sal cauterizando mi alma, y las gaviotas chillando mi nombre cuando cada noche lo arrojo por la cubierta de popa.

Cae el telón de terciopelo rojo, y antes de que las luces se enciendan, el hombre acerca sus labios y la besa. A la salida, ninguno recuerda el final de la obra.

La causa...

16 ene. 2010

Durante este año el tiempo que he dedicado a escribir ha sido --con diferencia-- menor que el de años anteriores, sin duda esta es la causa...


Con la pelota a todas partes... y
vigilando el fuerte...


Haciendo amistades...

Hasta nuestra sombra pasaba calor...

Gracias a todos los que me esperáis entre entrada y entrada... Muchas gracias...


Más allá del tiempo, sólo silencio...

9 ene. 2010

Art borrowed from deviantart.com

31 de diciembre del 2009

Las puertas de emergencia se abren y cierran una y otra vez de forma automática. Iván se imagina a un fantasma aburrido poseyéndolas y la sola idea le arranca una fugaz sonrisa. Los copos de nieve se cuelan veloces entre sus rendijas; se los figura compitiendo entre sí, haciendo carreras para ver cual de ellos llega más dentro del hospital. Alguno ha conseguido posarse sobre la manga de su bata para, fútilmente, derretirse al momento.

Tener guardia el último día del año no es el mejor plan para un interno residente lejos de su hogar, no señor. Quizá el haber discutido con la Jefa de Área sobre las condiciones laborales haya contribuido a esta situación. Iván esboza una mueca amarga e inconscientemente se encoge de hombros, necesita sacudirse de encima el enfado y el frío. Ese gesto se ha convertido casi en un tic , una forma como cualquier otra de demostrar su impotencia ante el mundo que le rodea.

Está ante la máquina de café cuando oye unos gritos y un llanto tal que piensa que ha entrado un cuadro grave por urgencias. Pero inmediatamente descarta la posibilidad: de haber sido así le habrían llamado al busca.

Decide ir a ver que ocurre, y con paso tranquilo, sigue la línea verde pintada en el suelo que orienta a los pacientes hasta las consultas. Su mirada se pierde en la espiral que forma la leche sobre el café mientras remueve con la cucharilla.

Y entonces la ve. La mujer está sentada y se dobla hacia delante como si la afectara un agudo dolor de abdomen. Sostiene la mano izquierda con la derecha como si se hubiera cortado, con extremo cuidado, para que nadie la toque. La rodean dos enfermeras, un vigilante de seguridad y una doctora malhumorada.

Iván mira a su compañera y levanta las cejas de forma inquisitiva. La mujer se acerca a él deprisa, aliviada al verle.

— ¿Puedes hacerte cargo?

Iván la mira y nuevamente se encoge de hombros.

— ¿Qué le ocurre?

—No lo sé. Se ha cortado el dedo, o eso dice porque no nos deja mirarlo, pero no sangra, lo único que hace es mascullar y llorar.

—Un ataque de ansiedad. ¿Y los de psiquiatría?

—No les encuentro. Estarán afuera fumando. ¿Te haces cargo o no?

Iván evita mirarla, de hacerlo hubiera visto su rabia, así que desvía los ojos y asiente con la cabeza. La mujer echa a andar con paso enérgico, sin darle las gracias.

— ¿Dónde está su historial médico?

La mujer sin volverse le grita:

— ¿Qué historial? ¿No te he dicho que no nos deja ni acercarnos?

Iván suspira, todavía con el café en la mano se acerca a la mujer y se sienta a su lado, tiene la precaución de dejar un asiento entre los dos. Mira al de seguridad y a las enfermeras y les despacha con un gesto de la cabeza.

La mira de soslayo, en silencio: una mujer de unos cuarenta años, quizá algo menos, no puede precisarlo. Tiene los ojos cerrados, los aprieta con fuerza, está seguro que es su forma de evitar que se abran y tener que ver lo que la rodea. Se mueve hacia delante y atrás, mientras las lágrimas salen de forma descontrolada acompañadas de sonidos guturales. Tendría que conseguir que tomara diazepam o lorazepam, de esa forma en media hora estaría todo resuelto. Suspira involuntariamente, y al escucharle, la mujer frena en seco, se gira extraordinariamente rápido y le mira a los ojos.

Iván se sobresalta y derrama el café sobre su bata. Se pone en guardia, con los enfermos psiquiátricos hay que tener precaución, nunca sabes cuando van a convertirse en una amenaza física. Pero, cuando la mira a los ojos, comprende que no es el caso. ¡Oh, dios mío, cuánto dolor! En breves instantes, repasa el manual de psiquiatría y comienza el protocolo.

—Hola, soy Iván, medico de este hospital. ¿Cual es su nombre?

La mirada de la mujer le encoge desde la nuez hasta las tripas: le recuerda a su madre cada vez que la llamaban del colegio para que fuera a buscarle al despacho del director. Bien, eso no había funcionado. ¿Cuál era el siguiente paso? Observa que una de las enfermeras le está mirando de reojo desde su puesto. Puf.

— ¿Puedo ayudarla en algo?

La mujer sonríe dolorosamente. Ahora le recuerda a su abuela, cuando él le hablaba sobre los Reyes Magos y del largo viaje que realizaban desde Oriente para traer sus regalos. Puede ver las arrugas entorno a sus ojos y piensa que quizá se ha equivocado con la edad.

—No lo sé.

Ah, por fin, ahí estaba, había establecido contacto.

— Soy médico.

— Eso ya me lo ha dicho antes.

Iván la mira atentamente. ¿Qué clase de respuesta es esa en un paciente con un ataque de ansiedad? ¿Sería esquizofrenia? No, no cuadraba en el perfil. ¿Y qué demonios hacía ahora? Pero ella se le adelanta.

—Me he cortado un dedo.

—Entiendo. ¿Puedo verlo?

La mujer asiente, silenciosamente extiende su mano hacia él. Ahora le recuerda a su hermana pequeña, cuando se caía de los columpios en el parque y le llamaba a gritos para que la ayudara. Extraño.

Sólo tiene un pequeño rasguño. Iván se arriesga con la siguiente pregunta.

—Bien, no parece grave, se lo puedo curar. ¿Ha venido sola?

La mujer deja caer la mano sobre su regazo, baja la mirada al suelo, la desenfoca y de nuevo, como si alguien hubiera apretado un botón, comienzan las lágrimas. Le caen chorretones por toda la cara. Error. Iván comienza a ponerse nervioso.

—Bien, no importa. Tranquila. ¿Me acompaña para que pueda curarla?

Ella no hace ningún movimiento por seguirle, al contrario, reanuda suavemente el balanceo: adelante, atrás. Está perdiéndola de nuevo. Y hace algo que el manual indica explícitamente que no se haga nunca: se levanta y extiende su mano, se la ofrece, para que ella le agarre. Con el rabillo del ojo, ve como la enfermera niega con la cabeza y se dirige rápidamente hacia él. Iván piensa: vamos, rápido, sólo tienes una oportunidad.

La mujer alza la cabeza y extiende la suya, aferrándose con fuerza. Un náufrago, una tabla de madera.

Iván tira de ella para levantarla y le da la espalda a la enfermera. Parece que la mujer comprendiera qué está ocurriendo porque le sigue sin decir ni una sola palabra.

Al llegar a la altura del ascensor las puertas se están cerrando, Iván grita al camillero para que les espere. Se cuelan dentro. A sus espaldas oye a la enfermera maldecir. El camillero mira a Iván y este, por toda respuesta, encoge los hombros. El hombre se baja en la siguiente planta dejándoles solos. Es entonces cuando se da cuenta de que aún sostiene su mano, se siente incómodo, fuera de protocolo, la mira a los ojos y le recuerda a su primera novia, cuando paseaban de la mano por el patio del colegio. La suelta bruscamente y por un instante está seguro que va a desplomarse allí mismo, pero las puertas se abren, y la sensación desaparece. Han bajado al depósito. ¡Oh, bien, es justo lo que necesitaba, un lugar acogedor!

En la sala hay dos cuerpos cubiertos. Ambos se quedan mirando las sábanas blancas, como si de un momento a otro alguno de los cadáveres pudiera levantarse y hablar. Iván piensa que no están en Halloween, sino en nochevieja, y ese argumento absurdo, le tranquiliza.

La mujer se deja caer en una silla, se la ve agotada, desvía la mirada hacia el reloj de pared en el centro de la habitación. Falta un minuto para las doce de la noche.

— ¿Tiene uvas?

Por un momento Iván no entiende la pregunta, luego niega lentamente con la cabeza y le sonríe.

— ¿Querría tomar una pastilla e intentar dormir un rato? Puedo llamar a quien usted quiera, para que vengan a buscarla.

—Tengo que irme...

— ¿Por qué vino al hospital?

—Me había cortado...

— ¡Pero si no es más que un rasguño!

—Me dolía… Creí que me desangraría... Por dentro...

—Necesita ayuda, por favor, hágame caso.

—Todos la necesitamos. Y mientras sus comisuras se curvan en una sonrisa compasiva las campanadas comienzan a resonar sobre sus cabezas.

— ¿Le queda tiempo, señor?

Iván no entiende la pregunta, se encoge de hombros mientras zarandea la cabeza y frunce el ceño.

— ¿Tiempo?

— Sí, para escuchar.

Cuando va a replicarle oye unas voces por el pasillo, cree que es la enfermera con el vigilante de seguridad. Maldice para sus adentros, se vuelve hacia la mujer y con los ojos le pide silencio. Ella asiente. Sale para encararse con ellos. Falsa alarma.

Vuelve a la habitación pero la mujer no está. No lo entiende. ¿Dónde puede haberse metido? Recorre la habitación con la mirada y el corazón le da un vuelco cuando descubre tres cuerpos cubiertos en lugar de dos. No puede ser. Despacio, se acerca al cadáver que minutos antes — está seguro— no estaba ahí. Con cuidado levanta la sábana, pero es el rostro de un anciano el que descubre. Ahora, más rápidamente, se acerca a los otros dos y les destapa: nada. ¿Cómo se le ha podido pasar por la cabeza que pudiera ser ella?

Sube corriendo a la planta de emergencias y la busca desesperadamente.¡Ha perdido una paciente! ¡Dios, le van a despedir! Todo el mundo se está abrazando, el nuevo año ha comenzado. Intenta hablar con el vigilante de seguridad, pero es una tarea imposible.

Sale a la calle, mira entre las filas de coches aparcados, incluso se agacha para mirar por debajo ¿Pero dónde se ha metido?

De pronto nota que una mano le agarra del brazo y le zangolotea.

— ¡Iván, despierta, Iván! ¡Pero hombre te has perdido las campanadas! Mírate, te has quedado dormido al lado de la máquina de café.

La doctora, las enfermeras, y el vigilante se ríen. Le dejen las uvas en un vaso de plástico al lado.

Iván coge su abrigo y sale a la calle. Cierra los ojos y se tapa los oídos con las dos manos. Escucha. El roce de la luna contra las nubes, el viento sacudiendo las copas de los árboles, a kilómetros de distancia el bramido del mar, en el bosque los lobos aullando sobre una colina, el ciervo agitando sus orejas mientras tensa sus músculos preparado para la huida, el oso removiéndose sobre las hojas de su cueva, un águila alcanzado su nido en la cumbre. Iván atiende. Y entonces, lo oye: el silencio. Aún le queda tiempo.