Una Vida sin Fin 2041 X Parte

31 dic. 2010


Camino por la nieve, me cuesta respirar. El viento me obliga a cerrar los ojos, aturdida, sorda a causa de la ventisca. Me agacho, he visto una huella, quizá haya encontrado de nuevo el rastro.

Mis pestañas se han helado, diminutos carámbanos sobre mis párpados. Voy a perder varios dedos de los pies y, seguramente, de las manos. Pero eso ahora no importa. La caza, hallar la presa, cobrarla y quizá después, dejarme morir.

¿Qué haré cuando me encuentre a mi misma? Existe la posibilidad de que me tope con mi cadáver tirado en una cuneta de la montaña.

¿En qué estado estará el corazón? Los cuervos podrían estar dándose un festín a su cuenta. ¿Los espantaría? Seguramente me sentaría a mirarles mientras devoran mis entrañas.

Tanto tiempo persiguiendo mi propio rastro me ha vuelto hosca, taciturna, en parte me ha enloquecido. Los recuerdos de quién fui se han ido borrando bajo la pertinaz nieve. Sólo me queda el instinto del cazador: me busco a mi misma, incansable, un día tras otro.

Quizá las hienas dejen mi piel limpia y con ella pueda construir una cabaña para echarme a dormir esperando el olvido.

Hace tiempo se libró una batalla, a campo abierto, al amanecer. Miles de hombres portaban su armadura de esperanza contra un ejército de monstruos y sicarios. No tenían ninguna oportunidad. Lo sabían. Se enfrentaron a su muerte con serenidad, y también con miedo, pero todas sus heridas fueron en el pecho. Las espaldas no sufrieron rasguño alguno.

Yo estuve allí. Mi nombre es Lea.

Presencié como la muerte se derramaba, como espesa miel, sobre cada uno de esos hombres, y apenas pude salvar a alguno.

Al mediodía los buitres tapaban el sol con sus alas. Recorrí aquel camposanto sabiendo que después de ese día nada en la Tierra volvería a ser como antes.

Uno de los hombres que rescaté era poco más que un niño, aunque su corazón se convirtió en el de un viejo, ciego a causa de las heridas: De Lothian.

Ahora, uno de sus descendientes, Arsen, siglos después, vuelve a enfrentarse en una batalla contra el Mal.

Su destino vaga sin rumbo, imperturbable, en espera de un agujero negro que lo devore y escupa de nuevo al Universo. ¿Qué haré yo para salvarle? ¿Qué puedo hacer?

Algunos creen que soy un ángel, otros un fantasma, incluso un demonio. Se equivocan. Soy la obra olvidada de un dios pequeño y egocéntrico, a la que le robaron el derecho a morir.