MATRIOSKA

21 nov. 2013


 
El pequeño hombrecillo levantó la cabeza, estiró su dolorida espalda, sujetó sus riñones con ambas manos y dejó escapar un suspiro.

23 de diciembre. Víspera de Nochebuena.

Había estado toda la noche en vela, internándose en el mecanismo de aquel viejo reloj de  faltriquera. El problema estaba en el tren de engranajes.

Si la vida fuera tan fácil de vivir como arreglar aquellos preciosos y delicados objetos, quizá podría considerarse un hombre feliz.

Casi feliz.

Su abuelo decía que la felicidad, para ser completa, necesita de un mordisco de tristeza. Sin embargo, el siempre pensó que con ese “casi” feliz de proporciones desconocidas, y de naturaleza inestable e imprevisible, ya había suficiente equilibrio en la balanza.

Abrió la puerta de la casa y el perro salió disparado desde la cocina, le vio perderse en el horizonte, campo a través.

No parecía Navidad. Apenas hacía frío, no había caído ni una sola nevada. Era como si la Naturaleza hubiera olvidado en qué fecha estaban. Seguramente a propósito. Un último acto de protesta.

Vio la sombra de su mujer, silenciosa, proyectándose sobre la tierra. Se volvió despacio y la miró a los ojos fijamente. Era su forma de saber de qué humor se había levantado.

--Ni tan siquiera te has acostado…

El hombre se encogió de hombros y echó a andar tras del perro. Una excusa para ir en busca de los primeros rayos de sol. Antes de que se hubiera alejado diez pasos, la mujer colocó el viejo abrigo sobre su espalda.

--Media hora... el café estará listo en media hora.

El asintió y sonrió.

Comenzó a andar en círculos, pensando en cada Nochebuena de sus últimos 70 años. Y con cada círculo que sus pies trazaban en la tierra, en el cielo se formaba una nube blanca. Tantos pasos dio que comenzaron a precipitarse pequeños cristales de hielo sobre su cabello.

Nevaba.

Alzó la vista al cielo y no lo entendió. ¿Cómo había pasado?

Desde la lejanía  el perro acudió a su encuentro corriendo, feliz. Para él no existía la palabra “casi”.

Sin preguntas, no hay  desilusión con la respuesta.

Un golpe de viento le obligó a abrocharse el abrigo. Miró sus mangas salpicadas de pequeños copos de brazos simétricos. Extendió los brazos y rió. Algunos de ellos se posaron con indolencia sobre su palma abierta y lentamente se deshicieron.

Miró al perro y preguntó:

--¿Un milagro de Navidad?

Entonces las oyó. Primero lejanas, repiqueteo ancestral de otro tiempo, acompañado de un familiar cosquilleo en el estómago. ¿Una advertencia?

Al principio titubeó, pero luego no tuvo la menor duda. Campanas.

¿Pero desde cuando había allí una iglesia?

El hombre giró sobre sí mismo 360 grados. En la primera vuelta nada vio. En la segunda, por el rabillo del ojo creyó vislumbrar una sombra. Y en la tercera, en la tercera vuelta fue cuando se topó con ella.

Una modesta iglesia románica. Y en su torre, dos campanas de bronce, volteando exultantes, solitarias.

Una llamada.

¿Para él?

Se encaminó hacia la iglesia, podía ver la piedra, tosca y oscura, el portón abierto con la oscuridad  aguardando tras ella.

¿Desde cuando estaba allí?

Miró a su alrededor confundido. ¿Estaría soñando?

El perro correteaba de un lado a otro siguiendo un rastro. Y un nuevo sonido llegó a sus oídos, una voz prístina, limpia, y con ella, una sensación de paz conocida pero olvidada. No, olvidada no; perdida, robada. Sí.

Se paró en seco y cerró los ojos. Si era un sueño no quería despertar. Se dejó arropar por aquella cálida voz.

Recordó todo lo que había arrinconado por el camino. Sentimientos barridos bajo la alfombra del tiempo. Personas, pensamientos que apartamos para que no alcancen el corazón.

O a la cordura. Precaria. Ficticia.

Cerró los ojos, levantó la cabeza al cielo y abrió los brazos. Los recibió a todos en calma, los contempló sin juzgarles y cuando estaba a punto de acogerlos dentro de sí, un fuerte empujón le tiró al suelo.

Risas. Bufandas de gruesa lana roja sobrevolando el suelo. Un trineo de madera desgastado. Bolas de nieve pasando veloces junto a su cabeza.

Niños. ¿Salidos de la nada?

Dos pequeños discutiendo sobre la posesión del trineo, más risas, de fondo la voz de la mujer, las campanas, la nieve que ahora había cubierto todo el suelo.

¿Qué más faltaba para ser Navidad?

Y entonces le vio. Al abuelo.

Caminaba con un libro abierto. El ala de su sombrero dibujaba una sombra sobre el rostro, pero era él, estaba seguro.

¿Estaba soñando? o ¿Habría muerto?

En ese momento no importó.

Era su Navidad perfecta.

De pronto, sintió una punzada de dolor, bajo la vista y vio sus pies desnudos. ¿A dónde habían ido a parar sus zapatos? Al mirar atrás, vio un hilo de sangre sobre la nieve.

Era bello. El contraste.

Se quedó allí quieto, de pie, con el sonido de fondo de las campanas, la voz cautivadora de la mujer, las risas de los niños, el perro corriendo junto a ellos, el abuelo leyendo su libro…

Ladeó la cabeza para escuchar lo que tenía que decirse a sí mismo. Y se dio de bruces con un silencio frustrado por no haberse hecho oír durante tantos años.

Lloró, vertió lágrimas calientes y saladas sobre la nieve.

Su tristeza fundió el campo nevado. Y creó una laguna negra a sus pies.

Una mano surgió del agua y le arrastró. Se zambulló en el agua.

El abrigo le pesaba, con un movimiento brusco se deshizo de él.

Nadó hacia las profundidades hasta tocar fondo.

Se quedó de pie, flotando, sintiendo la ingravidez del alma. Abrió la boca y cogió aire.

Los pulmones se le encharcaron, el agua a su alrededor se enfrió, y quedó atrapado en un bloque de hielo.


Cuando volvió a abrir los ojos era un muñeco de nieve. Por nariz una zanahoria, en las manos ramas de abeto. Uno de los niños había enrollado alrededor de su grueso cuello una bufanda roja.

El abuelo le miró a las dos piedras que ahora eran sus ojos.

--¿Sigues estando seguro de que te gusta la Navidad?

No supo qué contestar y, sobre todo, no estaba seguro de que un muñeco de nieve supiera hablar. Salvo si era de naturaleza maligna, claro está. Y ese no era el caso, esperaba.

--Arreglas relojes. Das cuerda a la rueda del tiempo. Una segunda oportunidad para esos trastos viejos. Me gusta…

El hombrecillo asintió o eso creyó, porque vio caer copos de nieve a causa del ímpetu con el que movió la bola de nieve que estaba encima de sus hombros.

El abuelo sonrió.

Detrás de él apareció su mujer, estaba molesta, le regañó por haber perdido el abrigo.

Y un paso más atrás surgieron sus padres, estaban preocupados por las notas del colegio.

Y más allá su hijo. Pensaba que tenían que ir al médico por lo de sus continuos olvidos.

Una matrioska humana de su Vida.

El abuelo seguía el primero.

--¿Quién crees que estará al fondo de la muñeca?, le preguntó.

--¿Mi memoria?

Negó con firmeza. ¿Decepcionado?

Tenía frío. Era el inconveniente de ser un muñeco de nieve.

Quería volver a casa. Terminar el reloj. Su mujer le había dicho que en media hora estaría el café.

Pero no tenía pies para caminar.

Ya no se escuchaban las campanas, ni la voz de la mujer, ni las risas de los niños. El perro se le acercó y levantó la pata. El pis derritió un trozo de nieve.

--¿Quién crees que estará al fondo de la muñeca?, repitió el abuelo

Rezó para que no fuera Navidad. El sol se abrió paso a empujones en el cielo, en unos pocos minutos le había derretido.

Se convirtió en un charco sucio de barro. Su familia  pasó por encima de él, pisándole con más fuerza de la necesaria. Los niños saltaron al charco y comenzaron a salpicarse con nuevas risas. Le quedó el consuelo de verles manchados los zapatos.

La voz del abuelo en su conciencia… Hora de despertar…

Abrió los ojos, se había quedado dormido sobre la mesa del taller.

23 de diciembre. Víspera de Nochebuena.

Llamó a su mujer a voces, ella bajó corriendo, asustada.

--¡Hoy adornaremos el abeto! Sube del trastero la caja con las bolas y el espumillón. ¡Invita a todos a que vengan mañana a cenar!

--¿Estás seguro?

Asintió con la cabeza.

--¡Y al abuelo, también!

- El abuelo está muerto…  cariño…

Negó con la cabeza.

--No. Está al fondo de mi matrioska, con mi miedo. Con lo que me queda de vida.