HISTORIAS QUE NO QUEREMOS CONTAR

24 dic. 2015




Ahora tengo tiempo para escribir. No es algo que me resulte grato, pero como mi abuela decía “ten cuidado con lo que deseas porque puede convertirse en realidad”. Me fastidia mucho que tuviera razón.

Soñé con ser una gran escritora. Apenas terminé cincuenta páginas de un relato.

Soñé con ser una heroína que rescatara al mundo de su miseria. Mantener a raya –mal que bien-- mis miedos fue lo más valiente que he hecho.

Soñé, soñé, soñé.

Sufrimos cuando aquellos que amamos nos decepcionan, o dañan. Sin embargo, no solemos contarle a nadie como nos sentimos cuando somos nosotros mismos los que nos defraudamos.
Muchas noches, mientras me quitaba el maquillaje delante del espejo, he recordado las películas kitsch de los años cincuenta, donde las lágrimas de un viejo payaso emborronaban su maquillaje.

Al fondo, el lamento triste de una trompeta.

¿Cuántas personas tuvieron, tienen, tendrán  su reconocimiento del fracaso, del absurdo?

Quizá al volante de un coche en un atasco. O de pie, zarandeados por el autobús o el metro.

Puede que a la salida del colegio de los hijos.

En la sala de espera de un médico.

O me equivoco –como tantas veces—y esas miradas perdidas que a veces encuentro, no significan nada. Sólo eso, están perdidos, viviendo en un laberinto transparente de plexiglás. Si fuera de cristal, quedaría el recurso escénico y romántico, de romperlo en mil pedazos y escapar.

Quiero hablaros de un abuelo perfecto. De  un padre también.

¿Pero es verdad que eran así?  O simplemente necesito que sean así.

¿Importa?

La abuela Petra decía que hacerse tantas preguntas sobre la vida  sólo delata la incapacidad de vivirla. La gente que tiene razón se suele hacer desagradable al trato.

Estaba tan empeñada en perderle el miedo a la muerte,  que me quedé solo con la parte del miedo.

Quiero que mi abuelo Benigno exista. Quiero tener una foto en blanco y negro de él en mi salón, y contar apasionantes y hermosas historias de él.

Quiero que haya habido otoños en los que nos hayamos sentados juntos en un parque,  con unas castañas calientes en un cono de papel. Quiero que él me haya  susurrado el secreto de la Vida.

¿Es eso tan malo?

¿Por qué todo aquello que tememos se convierte en realidad, mientras que aquello que amamos se queda en un simple sueño?

Esta no es la historia que había pensando contar.

FORTUNATA

20 dic. 2015

                                                                                 

CAPITULO III

FORTUNATA



Antes de este incidente, hubo otro que marcó la vida de mi abuelo. Mi tía Fortunata, la segunda de sus hermanas, se suicidó.

Antes de hacerlo pasó la escoba y la fregona a toda la casa. Limpió el horno, y vació la nevera. Colocó la ropa en los armarios y tiró  la bolsa de la basura. Cuando la policía entró, dijo que no había estado antes en una casa más reluciente que aquella.

La tía Fortunata, a la que sólo conocí por fotos e historias, colgaba de la viga del salón. Con sus dos zapatos de cordones bien atados --para que no se le soltara ninguno--, un poco de carmín en los  labios y  mejillas, y el moño lleno de laca -- ni un pelo suelto--, parecía que fuera a encontrarse  con un pretendiente en su primera cita.

El primero en llegar fue mi abuelo Benigno. Todavía colgaba inerte. Se sentó en un taburete, apartado a un lado, mientras veía a la policía como bajaban el cuerpo. El abuelo me contó que mientras esperaba allí, sintió que menguaba tanto que el traje le quedaba dos tallas grandes.

Recuerdo que mientras me contaba la historia de Fortunata, clavaba una tapa a un bonito zapato de tacón de aguja. El sonido de su voz sonaba ahogada, como si de un momento a otro fueran a fallarle las cuerdas vocales. Afuera, el otoño, en connivencia con el viento, arrastraba hojas y personas.

Me dijo que al verse a solas con ella, no supo qué hacer. Siguió sentado en el taburete,  y al cabo de un rato, se levantó, buscó en su joyero y le colocó sus pendientes preferidos. Con un suspiró intento sacudirse de encima la negra pena.

La tía Fortunata nunca tuvo una oportunidad. La vida no le dio mucho de sí. Era como si llevara una prenda remendada, tomada prestada para vivir. Y curiosamente, cuánto más generosa se mostraba, el destino más tacaño se revelaba con ella.

Tuvo dos novios, el primero la volvió loca, de tanto amor que le  dio. Un mal día, la abandonó. Partió rumbo a Marruecos, con una francesa que había conocido, y ni una carta de despedida le dejó. Las dos primeras semanas, me contaba mi abuelo, siguió con su vida como si nada hubiera pasado. Confiaba en que regresaría, y ella estaba dispuesta a perdonar.

Cuando se dio cuenta que eso no pasaría, en medio de una comida, con la familia alrededor, se levantó, se fue a su dormitorio, se puso el camisón, y se sentó al borde de la cama, con los pies descalzos. Canturreaba por lo bajines una vieja canción.

Intentaron consolarla, uno por uno, o todos a la vez. Fue en vano. Estuvo así tres días, y tres noches. Hasta que mi abuelo entró al cuarto día a punto de salir el sol. Descorrió las cortinas y abrió la ventana. Cogió sus pies descalzos y los hizo entrar en calor. La vistió como si de una niña pequeña se tratara, la peinó lo mejor que pudo, y la dejó de pie, cual marioneta, en el centro de la habitación. Luego, se desnudó él, se descalzó, y se quedó al borde de la cama, meciendo sus pies.

Pasaron así una hora. Fortunata entendió. Salieron de la habitación juntos. Sin embargo, el abuelo me dijo que ella dejó una parte de sí, allí dentro. La mujer que salió con él, no se había hecho más fuerte, sólo comprendió que era posible andar con muletas.

El segundo novio, fue un vecino buscado por mi bisabuela, con la intención de casarla como fuera. Una tarde, mientras paseaban por el parque, la tía Fortunata –vaya usted a saber porqué— le dijo que no podía concebir hijos. El tipo tardó menos de una semana en cortar con ella. Cuando mi bisabuela se enteró, montó en cólera. ¿Por qué has mentido? ¿Por qué? ¡Ahora todos los hombres creerán que eres estéril! Y por respuesta, la tía Fortunata tomó su abrigo, y se fue al parque a echar pan a los patos. Allí la encontró mi abuelo. Compró una bolsa de pipas, y se congelaron  de frío los pies. Una vez más la trajo de vuelta a casa. No por mucho tiempo.

Mi bisabuela hubiera esperado que la tía se hubiera hecho monja o misionera, vamos que hubiera desaparecido de la historia familiar de una forma digna. Sin embargo, Fortunata se dedicó a vivir en soledad, y para aquellos tiempos eso estaba muy mal visto. Iba a los cines sola, y al principio se le acercaban tipos con las peores intenciones. Pero una sola mirada de ella bastaba para desanimarles. No era airada, ni amenazadora, tan sólo eran unos ojos sin vida. Como los de una merluza en la pescadería.

Un buen día encontró un gato abandonado, le trajo a casa, le dio leche de beber, y le dejó dormir en su cama. A la mañana siguiente, cuando abrió la puerta, salió corriendo y no le volvió a ver.

Dos días antes de suicidarse, el abuelo recogió una carta a su nombre del buzón. Sin prestarle demasiada atención, se la entregó.

Cuando recogían sus cosas para donarlas a la parroquia, descubrió la carta. Tres folios, con letra pequeña, sin escatimar una sola  línea. Hasta que no llegó al final, no entendió. La tía Fortunata, se escribía a sí misma.  A nadie más encontró para decirle lo que sentía.


Descubrió muchas más. Las guardó  hasta el final de sus días. Y ahora las tengo yo. Y el secreto de mi familia.

TRES TRISTES TIERRAS

8 nov. 2015

Al cabo del tiempo, las flores se cansaron de tomar el sol, de mojarse con la lluvia, de ser aplastadas por pies humanos o pezuñas animales. Hastiadas de ser. Y la Tierra se secó. Parda llanura, coronada por escuálidas nubes, salpicada de pequeñas tumbas donde antes descansaban sus raíces”.
(Crónicas de Altea, Tres Tristes Tierras)

Tres  tristes  Tierras. Tres puñados de arena. Y esta historia comienza.

                                              CAPITULO I  TIERRA VERDE


BENIGNO

El Diablo se ríe de las pocas personas buenas que a su paso encuentra. Gusta de azuzarlas con mil y una calamidades para que renuncien –no de Dios—sino de sí mismas.

Con mi abuelo lo intentó a lo largo de toda su vida. No sabría decir si lo consiguió. Eso se lo llevó a su tumba, como la paternidad de mi padre, o su supuesto romance con la pelirroja escocesa. Lo que sí puedo asegurar es que sufrió de continuos reveses que ninguna de sus acciones –aparentes—justificaba.

Un día le vi con un libro abierto, oculto entre los zapatos y el pegamento que usaba. Zapatero remendón. Creo que pensaba que no era bueno para el negocio que un hombre tan humilde leyera, y menos aún filosofía.

Eché una mirada de reojo, aparentando indiferencia, mayor torpeza era difícil de contemplar.
Sonrió  y se apiadó  de mí.

--¿Has leído lo que pone ahí?

Negué, muda, con la cabeza.

--¡”Que Dios ha muerto”! Un tal Nietzsche. Cada vez que lo pronuncio  siento la necesidad de lavarme la boca.

 Y dicho esto sujeto un tachón entre sus labios, mientras clavaba la suela de una bota.

No respondí. Me removí inquieta en el taburete de madera. Miré a través de la ventana del escaparate. La lluvia obligaba a los transeúntes a improvisar ridículos gorros de papel.

Me mordí el labio.

--¿Y quién perdonará mis pecados?

El abuelo dejó suspendido el martillo a medio camino. Alzó la cabeza y dejó vagar la mirada por encima de mi cabeza. Tuve la impresión de que a mis espaldas se extendía un universo infinito.
--¿Son muchos, querida?

Me tomé mi tiempo para contestar, porque parecía la típica pregunta trampa que me realizaba mi abuelo con voz meliflua pero de consecuencias insospechadas.

--Creo que no… No lo sé… ¿cuántos son muchos, abuelo?

No esperé contestación. Dejó escapar un suspiro y continúo con su trabajo.

Aquella noche me costó conciliar el sueño más de lo normal. Pensé que si Dios no existía no habría nadie para castigarme por mis pecados, y hacer novillos no conllevaría una enfermedad mortal.
Me pregunté: ¿si Dios ha muerto, lo habrá hecho también el Diablo?


Luego recordé, sin embargo, los lamentos de las vecinas del barrio, cuando decían que este mundo iba cada vez a peor y que cuando eran jóvenes no se veían esas cosas. Nunca llegué a enterarme bien de qué cosas eran esas porque el abuelo o la abuela se las ingeniaban de un modo u otro para que no me enterara. Pero por los movimientos de cabeza que se  hacían las unas a las otras, debía de ser algo muy, pero que muy malo. Y el nuevo novio de la Marisa, la del número 12, segunda planta, secretaria, debía ser como poco el lugarteniente de Satanás.




CAPITULO II
PETRA

Mi abuelo, Benigno, tenía siete hermanos. Cuatro chicas y tres chicos. A mi abuela, Petra, siempre le pareció que su suegra era demasiado fecunda. Cuando discutía con él --por lo bajines, entre fogones-- rumiaba maliciosos comentarios sobre el tema. Discutía ella, porque mi abuelo nunca le seguía la corriente. Se quedaba callado, mirando el plato de lentejas, y cuánto más rápido hablaba ella, más despacio comía él. Estoy segura de que eso la sacaba de quicio, y tengo la sensación de que a él le divertía enormemente. Puede que incluso sintiera algo de placer.

                Mi padre envidiaba esa capacidad. Él, por el contrario, se dejaba arrastrar por la abuela y tenían acaloradas y absurdas discusiones donde siempre ganaba ella. Ya fuera por el chantaje emocional con lágrimas de cocodrilo, a las que recurría cuando se veía perder terreno, o por la mirada torva y furibunda cuando los argumentos le daban la razón.

No sé cuántas a novias dejó mi padre antes de casarse con mi madre por su causa. Por lo visto, todas le parecían mal y poca cosa. El abuelo lo achacaba a que como sólo habían sido capaces de engendrar dos hijos, la posibilidad de que una “frescaza”  cualquiera les arrebatara el corazón,  apartándolos de su lado, sería una tragedia irreparable.

--Benigno, sólo dices sandeces. Era su respuesta cuando él le hacía partícipe de esos pensamientos.

Al final mi padre pudo casarse gracias a la intervención del abuelo. Mi padre había ido al taller a suplicarle su ayuda una tarde. Y cuando esa noche se sentaron a la mesa, Benigno miro a Petra a directamente a los ojos, sin coger siquiera la cuchara, y dejando que la sopa se enfriara.

--Si no dejas que el chico se case, te habrás quedado sin hijo.

La abuela bajó la  vista, y comenzó a doblar la punta de la servilleta una y otra vez. Frunció tantos los labios, que el abuelo dijo que de aquella le había salido su primera arruga de la vejez.

Arrugó el entrecejo y levantó la cabeza dispuesta a plantar cara, pero no sé que vio en los ojos del abuelo, que se quedó con la boca abierta, y después la cerró apretando los labios con rabia.

Suspiró, dejó rodar una lágrima -- el abuelo me dijo que  sólo una-- y le dejó allí con su sopa fría. No les habló durante una semana. Las camisas  tuvieron más arrugas de lo normal. Y  en un accidente, los pantalones preferidos del abuelo se quemaron bajo la plancha, pero Padre pudo casarse con la mujer que amaba.

Una vez le pregunté a mi madre que creía que el abuelo habría estado dispuesto a hacer para darle tanto miedo a la valkiria de la abuela Petra. Mi mamá sonrió, me apartó el flequillo y me dio un beso en la frente.

                --¡Pero dime!

Creo que mamá se planteó la posibilidad de esquivarme pero se dio cuenta que iría con la pregunta a toda la familia, de forma que…

                --El abuelo llevaba puestos los zapatos de calle,  y los calcetines sin agujeros.

En un primer momento pensé que se estaba riendo de mí. Al poco, entendí. Me fui a mi cuarto, y no salí de allí en toda la tarde, mientras dejaba vagar mi mirada por el libro de Pollyanna. Cuando mi padre apareció para llevarme a cenar, estuve a punto de hacerle la pregunta, la gran pregunta: ¿Tanto quería el abuelo a mi padre para abandonar a la abuela Petra? o ¿tan poco quería a la abuela que aquello le hubiera servido de excusa?

Con el tiempo llegó la respuesta.