FORTUNATA

20 dic. 2015

                                                                                 

CAPITULO III

FORTUNATA



Antes de este incidente, hubo otro que marcó la vida de mi abuelo. Mi tía Fortunata, la segunda de sus hermanas, se suicidó.

Antes de hacerlo pasó la escoba y la fregona a toda la casa. Limpió el horno, y vació la nevera. Colocó la ropa en los armarios y tiró  la bolsa de la basura. Cuando la policía entró, dijo que no había estado antes en una casa más reluciente que aquella.

La tía Fortunata, a la que sólo conocí por fotos e historias, colgaba de la viga del salón. Con sus dos zapatos de cordones bien atados --para que no se le soltara ninguno--, un poco de carmín en los  labios y  mejillas, y el moño lleno de laca -- ni un pelo suelto--, parecía que fuera a encontrarse  con un pretendiente en su primera cita.

El primero en llegar fue mi abuelo Benigno. Todavía colgaba inerte. Se sentó en un taburete, apartado a un lado, mientras veía a la policía como bajaban el cuerpo. El abuelo me contó que mientras esperaba allí, sintió que menguaba tanto que el traje le quedaba dos tallas grandes.

Recuerdo que mientras me contaba la historia de Fortunata, clavaba una tapa a un bonito zapato de tacón de aguja. El sonido de su voz sonaba ahogada, como si de un momento a otro fueran a fallarle las cuerdas vocales. Afuera, el otoño, en connivencia con el viento, arrastraba hojas y personas.

Me dijo que al verse a solas con ella, no supo qué hacer. Siguió sentado en el taburete,  y al cabo de un rato, se levantó, buscó en su joyero y le colocó sus pendientes preferidos. Con un suspiró intento sacudirse de encima la negra pena.

La tía Fortunata nunca tuvo una oportunidad. La vida no le dio mucho de sí. Era como si llevara una prenda remendada, tomada prestada para vivir. Y curiosamente, cuánto más generosa se mostraba, el destino más tacaño se revelaba con ella.

Tuvo dos novios, el primero la volvió loca, de tanto amor que le  dio. Un mal día, la abandonó. Partió rumbo a Marruecos, con una francesa que había conocido, y ni una carta de despedida le dejó. Las dos primeras semanas, me contaba mi abuelo, siguió con su vida como si nada hubiera pasado. Confiaba en que regresaría, y ella estaba dispuesta a perdonar.

Cuando se dio cuenta que eso no pasaría, en medio de una comida, con la familia alrededor, se levantó, se fue a su dormitorio, se puso el camisón, y se sentó al borde de la cama, con los pies descalzos. Canturreaba por lo bajines una vieja canción.

Intentaron consolarla, uno por uno, o todos a la vez. Fue en vano. Estuvo así tres días, y tres noches. Hasta que mi abuelo entró al cuarto día a punto de salir el sol. Descorrió las cortinas y abrió la ventana. Cogió sus pies descalzos y los hizo entrar en calor. La vistió como si de una niña pequeña se tratara, la peinó lo mejor que pudo, y la dejó de pie, cual marioneta, en el centro de la habitación. Luego, se desnudó él, se descalzó, y se quedó al borde de la cama, meciendo sus pies.

Pasaron así una hora. Fortunata entendió. Salieron de la habitación juntos. Sin embargo, el abuelo me dijo que ella dejó una parte de sí, allí dentro. La mujer que salió con él, no se había hecho más fuerte, sólo comprendió que era posible andar con muletas.

El segundo novio, fue un vecino buscado por mi bisabuela, con la intención de casarla como fuera. Una tarde, mientras paseaban por el parque, la tía Fortunata –vaya usted a saber porqué— le dijo que no podía concebir hijos. El tipo tardó menos de una semana en cortar con ella. Cuando mi bisabuela se enteró, montó en cólera. ¿Por qué has mentido? ¿Por qué? ¡Ahora todos los hombres creerán que eres estéril! Y por respuesta, la tía Fortunata tomó su abrigo, y se fue al parque a echar pan a los patos. Allí la encontró mi abuelo. Compró una bolsa de pipas, y se congelaron  de frío los pies. Una vez más la trajo de vuelta a casa. No por mucho tiempo.

Mi bisabuela hubiera esperado que la tía se hubiera hecho monja o misionera, vamos que hubiera desaparecido de la historia familiar de una forma digna. Sin embargo, Fortunata se dedicó a vivir en soledad, y para aquellos tiempos eso estaba muy mal visto. Iba a los cines sola, y al principio se le acercaban tipos con las peores intenciones. Pero una sola mirada de ella bastaba para desanimarles. No era airada, ni amenazadora, tan sólo eran unos ojos sin vida. Como los de una merluza en la pescadería.

Un buen día encontró un gato abandonado, le trajo a casa, le dio leche de beber, y le dejó dormir en su cama. A la mañana siguiente, cuando abrió la puerta, salió corriendo y no le volvió a ver.

Dos días antes de suicidarse, el abuelo recogió una carta a su nombre del buzón. Sin prestarle demasiada atención, se la entregó.

Cuando recogían sus cosas para donarlas a la parroquia, descubrió la carta. Tres folios, con letra pequeña, sin escatimar una sola  línea. Hasta que no llegó al final, no entendió. La tía Fortunata, se escribía a sí misma.  A nadie más encontró para decirle lo que sentía.


Descubrió muchas más. Las guardó  hasta el final de sus días. Y ahora las tengo yo. Y el secreto de mi familia.