TRES TRISTES TIERRAS

8 nov. 2015

Al cabo del tiempo, las flores se cansaron de tomar el sol, de mojarse con la lluvia, de ser aplastadas por pies humanos o pezuñas animales. Hastiadas de ser. Y la Tierra se secó. Parda llanura, coronada por escuálidas nubes, salpicada de pequeñas tumbas donde antes descansaban sus raíces”.
(Crónicas de Altea, Tres Tristes Tierras)

Tres  tristes  Tierras. Tres puñados de arena. Y esta historia comienza.

                                              CAPITULO I  TIERRA VERDE


BENIGNO

El Diablo se ríe de las pocas personas buenas que a su paso encuentra. Gusta de azuzarlas con mil y una calamidades para que renuncien –no de Dios—sino de sí mismas.

Con mi abuelo lo intentó a lo largo de toda su vida. No sabría decir si lo consiguió. Eso se lo llevó a su tumba, como la paternidad de mi padre, o su supuesto romance con la pelirroja escocesa. Lo que sí puedo asegurar es que sufrió de continuos reveses que ninguna de sus acciones –aparentes—justificaba.

Un día le vi con un libro abierto, oculto entre los zapatos y el pegamento que usaba. Zapatero remendón. Creo que pensaba que no era bueno para el negocio que un hombre tan humilde leyera, y menos aún filosofía.

Eché una mirada de reojo, aparentando indiferencia, mayor torpeza era difícil de contemplar.
Sonrió  y se apiadó  de mí.

--¿Has leído lo que pone ahí?

Negué, muda, con la cabeza.

--¡”Que Dios ha muerto”! Un tal Nietzsche. Cada vez que lo pronuncio  siento la necesidad de lavarme la boca.

 Y dicho esto sujeto un tachón entre sus labios, mientras clavaba la suela de una bota.

No respondí. Me removí inquieta en el taburete de madera. Miré a través de la ventana del escaparate. La lluvia obligaba a los transeúntes a improvisar ridículos gorros de papel.

Me mordí el labio.

--¿Y quién perdonará mis pecados?

El abuelo dejó suspendido el martillo a medio camino. Alzó la cabeza y dejó vagar la mirada por encima de mi cabeza. Tuve la impresión de que a mis espaldas se extendía un universo infinito.
--¿Son muchos, querida?

Me tomé mi tiempo para contestar, porque parecía la típica pregunta trampa que me realizaba mi abuelo con voz meliflua pero de consecuencias insospechadas.

--Creo que no… No lo sé… ¿cuántos son muchos, abuelo?

No esperé contestación. Dejó escapar un suspiro y continúo con su trabajo.

Aquella noche me costó conciliar el sueño más de lo normal. Pensé que si Dios no existía no habría nadie para castigarme por mis pecados, y hacer novillos no conllevaría una enfermedad mortal.
Me pregunté: ¿si Dios ha muerto, lo habrá hecho también el Diablo?


Luego recordé, sin embargo, los lamentos de las vecinas del barrio, cuando decían que este mundo iba cada vez a peor y que cuando eran jóvenes no se veían esas cosas. Nunca llegué a enterarme bien de qué cosas eran esas porque el abuelo o la abuela se las ingeniaban de un modo u otro para que no me enterara. Pero por los movimientos de cabeza que se  hacían las unas a las otras, debía de ser algo muy, pero que muy malo. Y el nuevo novio de la Marisa, la del número 12, segunda planta, secretaria, debía ser como poco el lugarteniente de Satanás.




CAPITULO II
PETRA

Mi abuelo, Benigno, tenía siete hermanos. Cuatro chicas y tres chicos. A mi abuela, Petra, siempre le pareció que su suegra era demasiado fecunda. Cuando discutía con él --por lo bajines, entre fogones-- rumiaba maliciosos comentarios sobre el tema. Discutía ella, porque mi abuelo nunca le seguía la corriente. Se quedaba callado, mirando el plato de lentejas, y cuánto más rápido hablaba ella, más despacio comía él. Estoy segura de que eso la sacaba de quicio, y tengo la sensación de que a él le divertía enormemente. Puede que incluso sintiera algo de placer.

                Mi padre envidiaba esa capacidad. Él, por el contrario, se dejaba arrastrar por la abuela y tenían acaloradas y absurdas discusiones donde siempre ganaba ella. Ya fuera por el chantaje emocional con lágrimas de cocodrilo, a las que recurría cuando se veía perder terreno, o por la mirada torva y furibunda cuando los argumentos le daban la razón.

No sé cuántas a novias dejó mi padre antes de casarse con mi madre por su causa. Por lo visto, todas le parecían mal y poca cosa. El abuelo lo achacaba a que como sólo habían sido capaces de engendrar dos hijos, la posibilidad de que una “frescaza”  cualquiera les arrebatara el corazón,  apartándolos de su lado, sería una tragedia irreparable.

--Benigno, sólo dices sandeces. Era su respuesta cuando él le hacía partícipe de esos pensamientos.

Al final mi padre pudo casarse gracias a la intervención del abuelo. Mi padre había ido al taller a suplicarle su ayuda una tarde. Y cuando esa noche se sentaron a la mesa, Benigno miro a Petra a directamente a los ojos, sin coger siquiera la cuchara, y dejando que la sopa se enfriara.

--Si no dejas que el chico se case, te habrás quedado sin hijo.

La abuela bajó la  vista, y comenzó a doblar la punta de la servilleta una y otra vez. Frunció tantos los labios, que el abuelo dijo que de aquella le había salido su primera arruga de la vejez.

Arrugó el entrecejo y levantó la cabeza dispuesta a plantar cara, pero no sé que vio en los ojos del abuelo, que se quedó con la boca abierta, y después la cerró apretando los labios con rabia.

Suspiró, dejó rodar una lágrima -- el abuelo me dijo que  sólo una-- y le dejó allí con su sopa fría. No les habló durante una semana. Las camisas  tuvieron más arrugas de lo normal. Y  en un accidente, los pantalones preferidos del abuelo se quemaron bajo la plancha, pero Padre pudo casarse con la mujer que amaba.

Una vez le pregunté a mi madre que creía que el abuelo habría estado dispuesto a hacer para darle tanto miedo a la valkiria de la abuela Petra. Mi mamá sonrió, me apartó el flequillo y me dio un beso en la frente.

                --¡Pero dime!

Creo que mamá se planteó la posibilidad de esquivarme pero se dio cuenta que iría con la pregunta a toda la familia, de forma que…

                --El abuelo llevaba puestos los zapatos de calle,  y los calcetines sin agujeros.

En un primer momento pensé que se estaba riendo de mí. Al poco, entendí. Me fui a mi cuarto, y no salí de allí en toda la tarde, mientras dejaba vagar mi mirada por el libro de Pollyanna. Cuando mi padre apareció para llevarme a cenar, estuve a punto de hacerle la pregunta, la gran pregunta: ¿Tanto quería el abuelo a mi padre para abandonar a la abuela Petra? o ¿tan poco quería a la abuela que aquello le hubiera servido de excusa?

Con el tiempo llegó la respuesta.