DESPUÉS DE LA MUERTE

23 ene. 2016





Hora: 2:30 a.m. Día: Lunes. Lugar: Hospital Sinaí

El médico de la UCI se prepara para desconectar a Margaret Clarins, y retirarle el soporte de respiración asistida.

Sus hijos y nietos la rodean, el cansancio y la tristeza – a partes iguales—hacen estragos en sus rostros. Y, por supuesto, el no confesado alivio.

Margaret ha sufrido una larga convalecencia. Eso le ha permitido despedirse de todos sus seres queridos, y también pensar sobre lo que le aguarda más allá de su muerte.

Es creyente. Así que de una u otra forma, espera que la luz al final del túnel le traiga paz y el reencuentro con aquellos que se han ido antes que ella.

Sin embargo, el pequeño guisante negro y arrugado de la incertidumbre, se instala en su mente, rebotando de sinapsis en sinapsis, antes de entrar en coma.

Hora: 5:50 a.m. Día: Lunes. Lugar: Hospital Kingdom.

Jeremy Clevers, de tan sólo veintiocho años de edad, acaba de morir de leucemia. Junto a él, su madre. No hay padre, nunca lo hubo, tampoco hermanos.

La madre apenas ha abandonado la habitación durante las últimas semanas. Aún ahora, es incapaz de moverse de su lado, y sigue apretando con fuerza la mano de su hijo. Siente miedo. ¿Qué será de él ahora?

Jeremy, esperaba que con la muerte llegara el Final. Un destino sin futuro para los muertos.

La enfermera jefe, Tracey Majors, se ha sentado en la taza del WC, la puerta abierta mientras llora angustiada por ese chico, por su madre, y por sus hijos a salvo en casa. Por ahora.

Hora: 6:15 a.m. Día: Lunes. Lugar: Hospital Rawson-Neal

En la habitación 1313, Ernest Bass ha muerto repentinamente de un ataque al corazón. La mujer con la que estaba manteniendo relaciones sexuales llamó a Urgencias y le dejó solo en la casa.

Cuando la ambulancia llegó al domicilio, Bass había entrado en parada cardiorespiratoria.

El Sr. Bass creía en el Infierno. De hecho, estaba convencido de vivirlo cada día de su vida en la Tierra.

...

Margaret parpadea. La consciencia vuelve a ella despacio, fragmentada, dejándole un regusto amargo en el paladar, a bilis.

Finalmente, consigue con esfuerzo entreabrir los ojos, pero es como si le hubieran echado un colirio, y lo que ve es a través de una cortina de agua.

Un chico joven y un hombre de mediana edad la rodean. El joven está arrodillado junto a ella, y le sostiene la mano. Al menos eso cree, porque no es capaz de verse el cuerpo, es más una sensación.

El hombre mayor está de pié a su lado. Tiene una actitud defensiva, al acecho de algún peligro inminente.

Esta no era la idea de la Otra Vida.

—¿Dónde estoy?

Ernest Bass se gira y la mira con lástima. Nuevamente, no está segura, es sólo una corazonada. La mano de Jeremy la sujeta con más fuerza.

Quiere cerrar los ojos y volverse a perder en ese fundido que experimentó cuando la desconectaron de las máquinas.

Una Voz, alta y áspera, desde detrás de ellos, les interpela:

—¿Están listos? Tienen que avanzar. Está prohibido permanecer aquí.

Margaret reacciona ante el tono de autoridad que durante tantos años ha obedecido. Sin saber cómo consigue ponerse en pie.

Bass y Clevers se colocan cada uno a un lado, y echan a andar al unísono. Están en un túnel, o algo parecido, y al final hay una luz blanca.

¿Por qué no siente esa paz de la que tanto ha oído hablar durante su vida? Las piernas le flaquean.

—No se detenga, por favor. No sabemos que nos harían de desobedecer. Es Bass, susurrándole al oído.

—Mi nombre es Ernest, y el chico se llama Jeremy. Estamos muertos. Bueno, al menos eso creíamos antes de que aparecieran las voces ordenándonos que camináramos hacia la Luz. Nos han dicho que al llegar allí nos explicarán nuestro próximo destino… y tarea. ¡Por dios Bendito, “Tarea”!

—¡Shsss! ¡Baje la voz estúpido!—, dice un hombre anciano que camina con un grupo de cuatro personas a escasos metros por delante de ellos.

Ahora Margaret cae en la cuenta de que están rodeados por un río humano, que en pequeños grupos, avanza hacia la Luz.

No lo hacen porque se sientan atraídos, sino porque la Voz que suena dentro de sus cabezas se lo ha ordenado.

Siente miedo y se marea. Jeremy la sostiene y le sonríe.

—¡Vamos no puede ser tan malo! Después de lo que hemos vivido ¡¿Qué más nos puede pasar?! Si ya estamos muertos…

Ella asiente, pero sólo para agradecerle al muchacho su buena intención. Jeremy sólo pretende calmarla. O quizá, convencerse a sí mismo.

Un bebé llora en los brazos de una mujer. Bass se vuelve para localizar el llanto. 
Una mujer asiática lo arrulla desesperada:

—¡No es mío! ¡El bebé no es mío! Me obligaron a cogerle…

Bass no se atreve a seguir mirando, gira la cabeza de nuevo al frente y disimula un escalofrío. Se dirige a los otros:

—¿Y si esto es el Infierno?

—¡Oh Señor!—, exclama Margaret. —¿Por qué una mujer como yo tendría que ir al Infierno? ¿O este joven? No sé lo que habrá hecho usted en su vida, pero le aseguro que no merezco ninguna plaza en un infierno.

Bass se encoge de hombros, dolido.

—Hay algo que no va bien… ¿No lo sienten?

Y es verdad. Margaret, Jeremy y Ernest saben que algo va mal, muy mal.

Sin que sea necesario decir nada, los tres comienzan a caminar más despacio. Se colocan, con disimulo, al final del río humano, en un extremo.

De pronto, surge una vocecilla a sus espaldas:

—¿Ustedes también se han dado cuenta, cierto?

Pillados por sorpresa, se sobresaltan. Miran a su alrededor, buscando al dueño de esas palabras. Un pequeño hombrecillo, un enano, vestido con esmoquin y con chistera, les sonríe. Está recostado, indolente, en una pared que ellos no son capaces de ver. Entre sus manos  una baraja de naipes con la que juega.

—Si siguen caminando les atraparán.

—¿Usted sabe que hay al otro lado?—. Es Jeremy el primero en hablar, no puede disimular el temblor en su voz.

—¿Otra Vida?—, sonríe el hombrecillo, dejando ver una boca repleta de dientes de oro.

De la chistera saca una tarjeta de visita, y se la ofrece a Margaret, que la coge con renuencia por una esquina.

—Por si alguna vez precisan de mis servicios…

Con un movimiento rápido —como un Drácula de las películas en blanco y negro—, se rodea con su capa negra de forro rojo y desaparece. No se oyen aplausos.
Los tres se miran asustados, no pueden hablar, saben que les escucharían. Bass se acerca despacio a Margaret.

—¿Qué pone en la tarjeta?

La mujer niega con la cabeza, le cuesta leer la caligrafía.

Servicios Definitivos: Muerte Sin Resurrección”
Jacques Valmont.
Tres palmadas para ponerse en contacto con nosotros.
(Cerrado festivos).

Jeremy no puede evitar una carcajada nerviosa, seca.

—¿Y ahora qué?—, pregunta Bass.

De pronto se escucha un chillido proveniente del final del túnel. En dirección contraria a ellos viene un muchacho corriendo, apartando a manotazos a las personas que le bloquean el paso.

—¡Huyan, huyan de aquí, dense la vuelta, ya!

Súbitamente cae al suelo desplomado. Un muñeco de trapo sin serrín. Sigue hablando lentamente, palabras sin sentido, como un enfermo de Alzheimer desesperado por encontrar las palabras que un día supo.

Los tres han quedado parados a escasos metros del chico. Se acercan unos a otros en silencio y se agarran con fuerza. Ninguno quiere quedarse sólo.

Jeremy gira la cabeza hacia atrás, solo Oscuridad. Delante la Luz. A los lados una marea humana caminando en silencio. No hay horizonte, ni cielo sobres sus cabezas.

—¡Qué extraño, no se ven animales! ¿No os habéis dado cuenta?—, es Bass el que habla. Se ha quitado su chaqueta y, con delicadeza, la ha puesto sobre los hombros de Margaret.

—Habrá que ir hasta el final, hijos. Sea lo que sea que allí nos aguarde, habrá que afrontarlo.

Y echan a andar, Jeremy y Margaret cogidos del brazo, y Bass justo detrás de ellos.

No saben cuánto tiempo llevan caminando, no tienen hambre ni sed, pero están cansados. Están a punto de entrar en la Luz.

Ahora la gente, de forma automática, se coloca en fila india. Bass va el primero, le sigue Margaret, y el último Jeremy.

Ernest Bass da un paso más y desaparece repentinamente de la vista de Clevers.

La mujer se vuelve con lágrimas en los ojos, saca del bolsillo de la chaqueta la tarjeta del mago y se la da a Jeremy, mientras le aprieta con fuerza la mano. Le mira a los ojos desesperada.

—No corras, sal de la fila en silencio. Cuando te encuentres de nuevo con la gente caminando en grupos, hazte a  un lado y llama al Enano. Ve con él.

—¿Qué has visto? ¡Dime!

—Nunca se acaba.

—¿El qué? ¿Qué no se acaba?

—El Miedo.

Le da un empujón con firmeza sacándole de la fila. Jeremy la ve desaparecer ante sus ojos. En silencio.

Jeremy Clevers, de veintiocho años, que apenas disfrutó de su vida, va en busca de un mago que le ofrece una muerte sin retorno.

Después de dar las tres palmadas el enano se aparece a su lado, como en un número barato de prestidigitador de feria. Jeremy no puede contener los sollozos. Piensa en su madre.

El hombrecillo se quita su capa y la coloca con delicadeza sobres los hombros caídos del joven.

Siente compasión.

--¿Sabes? Necesito un ayudante, el último no era muy bueno con la sierra.

El chico levanta los ojos y sonríe. El mago le tiende la mano y con inusitada fuerza le levanta.


La madre de Jeremy, en la Tierra, por primera vez en meses después de su muerte, puede dormir sin pesadillas.