SOBRE LO QUE ESPERAMOS DEL AMOR

5 ene. 2016


Embracing  by Jack Vettriano

 Agosto, amparados bajo una parra cargada de uvas del calor. El abuelo pelaba pipas cuidadosamente, y yo las devoraba. En silencio, porque con tan sólo bostezar se secaba la garganta.

Hacía tiempo que me rondaba por la cabeza la GRAN  pregunta, pero no me atrevía a hablarle de ella. Sin embargo, aquella quietud me dio valor para averiguar.

Y le pregunté por el AMOR. Susurrando, como si fuera parte pecado, parte secreto. Se encogió de hombros y con el suspiro que dio se le salió el corazón del pecho, casi entero, dejando un pequeño resto desde el que se confesó.

-¿Y qué podría decirte yo del Amor? 

Y lo más curioso es que nunca llegué a saber si me hablaba de la abuela o de otra mujer. Ni nunca se lo pregunté.

-- Acudir a una cita con ella era como abrir  un paraguas de papel de fumar bajo un aguacero. Necesité muchos años para comprender que nada me mantendría seguro mientras la amara. Siempre mojado a causa de tanta pasión.

Y también descubrí que aunque me pareciera imposible el amor puede llegar a acabarse, y da igual lo mucho que hayas amado, porque un buen día --o más bien un mal día-- te descubres seco.  La arena del desierto avanzando  implacable hacia tu corazón.

--No me gusta cómo suena, abuelo…

--Lo sé….¡Depende de tantas cosas…! Es lo que siempre te repito, el mundo no es en blanco o negro… ¡Ojalá!

Torcí las comisuras de los labios hacia abajo, y él se apiadó de mí.

--¡Oh Altea!, también es tierno, y si no vas con cuidado se deshace entre las manos. Brilla como una atracción de feria en una noche de verano, y sabe a algodón de azúcar o a helado de vainilla y caramelo.

Te permite nadar bajo el agua sin aguantar la respiración, sonreír sólo por la calle mientras recuerdas su beso, cantar mientras friegas los cacharros o tartamudear si ella, su mirada en ti fija.

--¿Y cómo sabes si es el “verdadero”?

Todavía hoy recuerdo como encogió los ojos y me miró fijamente.

--No creo que exista el amor verdadero, niña. Sólo Amor, tu amor… A veces aciertas, a veces pierdes. A veces héroe,  a veces mendigo… pero siempre en el Amor, por Amor, a causa del Amor…

De nada sirven las recomendaciones, las lecturas, la experiencia, la prudencia…si amas tropiezas y vuelas. O podríamos decir que la altura del vuelo te hace tropezar.

--No sé si quiero amar…

Y él  abuelo  primero sonrió, y lentamente fue  ensanchando su sonrisa hasta que irrumpió en una sonora e insultante carcajada.

Me ofendió muchísimo… y eso le hizo reír más aún.

¿Cómo es posible que no exista un abuelo así…? Uno que te hable de los misterios de la Vida…

Nunca olvidé aquella conversación, en los duros momentos que vinieron la rememoraba una y otra vez. Fue en una de aquellas aciagas noches que el futuro me deparaba en la que soñé…

Estaba desnuda, tumbada sobre un verde campo de fresca hierba y una bandada de cuervos me sobrevolaba.

Me levanté y caminé despacio, con los cuervos a mi espalda, desplegados cual  capa sobre mis hombros. Un reloj de arena de la altura de dos personas, se hallaba en medio de un claro, en lo profundo del bosque.

Llegué hasta él, y como si de aire se tratara, lo traspasé. Me quedé allí dentro, de pie. Mientras veía como la arena caía sobre mi cabeza, y cubría mis pies.
Alrededor del reloj  los cuervos volaban frenéticos en círculos.

Mi cuerpo dividido en dos,  del ombligo para abajo el pasado,  del ombligo para arriba el futuro. Y el presente  un orificio estrecho, oprimido entre esos dos bulbos.

Cerré los ojos, los graznidos cesaron y dentro de mi sueño, soñé..
Allí estaba El.

En la cama me bajaba la camiseta y subía mi pantalón para taparme los riñones.

Después de una discusión acorazado en su silencio, iba al baño descompuesto.
Atrapaba mi cara entre sus manos y me besaba despacio en la boca y los ojos.
Buscaba una y otra vez mis gafas o mis llaves por toda la casa.

Al despertar cada mañana de madrugada, lo primero que me daba y pedía era un beso. Y después me preguntaba…. ¿has dormido bien?...

Me ofrecía su pecho para que reposara la cabeza y espantara --gracias a él-- mis angustias desbordadas.

Después de los años, al llegar a casa salía a recibirme, apresurado y con un abrazo.

Abrí de golpe los ojos y grité. El sueño había acabado. ¿Dónde estaba él?

Los cuervos cayeron de golpe al suelo. Los bulbos de cristal estallaron en pedazos.

Salí corriendo, y pequeños fragmentos de cristal se me clavaron en las plantas de los pies.

Chillé.

Los troncos de los árboles se doblaron hacia atrás  como si un calor intenso pudiera fundirles cual oro.

El sol se precipitó en caída libre hacia el horizonte, y la oscuridad gobernó.
Los planetas eran canicas en la mano de un viejo demente.

¿Dónde estaba El?

Invoqué en mi memoria al abuelo. Pero una parte de mi mente se rió de mí ¿Qué abuelo?

Y entonces sentí su mano, agarrando mis hombros, levantando mi cuerpo, y llevándome en brazos.


Y desperté.

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