NAVIDAD, DULCE NAVIDAD

12 dic. 2017

Tengo una dicotomía con la Navidad. Camino con una sonrisa bobona por las avenidas mirando las luces que cruzan de lado a lado las calles, me paro a contemplar los numerosos  adornos que cuelgan de los abetos —sobre todo esos de corte escandinavo—, monto con la ilusión de un niño un poblado navideño victoriano, y escucho —e incluso canto, aunque no muy afinadamente— villancicos y canciones de Bing Crosby.

Pero padezco antropofobia. Esto me acarrea un insalvable conflicto de intereses.

Se supone que la Navidad es un tiempo de reflexión en el que acercarte y amar a tu prójimo. Lo he intentado durante varias décadas, lo de amarles digo, y no hay gato más escaldado que yo. Tropezar años en la misma piedra ha sido suficiente para llevarla incrustada como estigma en la frente.

En ocasiones me imagino cómo sería entrar en un centro comercial desierto, con pequeñas luces parpadeantes que se iluminen a mi paso, un dulzón olor a pastel de manzana y canela, donde resuene Santa Claus Is Comin' To Town y las tiendas de juguetes estén repletas de osos de peluche y trenes de madera. Lo reconozco, la imagen puede tornarse escalofriante; como de novela de terror al más puro estilo Stephen King, donde un papá Noel asesino o zombi se te aparece sosteniendo en una mano una campana y en la otra un cuchillo goteando sangre.

Pesadillas de navidad a parte, es imposible disfrutar de los villancicos cuando una horda de niños hiperactivos y ególatras reclaman con inusitada tiranía todo tipo de juguetes a sus padres. En los excepcionales casos de no conseguir sus objetivos —algunos de ellos con una visionaria estrategia bélica— se tiran al suelo y berrean hasta alcanzar su propósito.

La compasión que me inspiran sus padres, en un primer momento, desaparece rápidamente cuando reconozco que dicha conducta está permitida y alentada por los mismos.

En esos momentos me visualizo acercándome al niño —o niña—, en su ataque paroxístico, con un rollo de cinta americana en la mano. Sobra decir que le amordazaría, le maniataría las manos y le metería en la parte baja del carrito de compra de sus padres, cual jamón navideño, para que se lo llevaran inmediatamente de allí. Lo de cortarle en finas rodajas y comérselo en Nochebuena lo dejo ya a gusto de los familiares. Tengo entendido que la carne humana es de un sabor similar a la del pollo, puede que eso tumbe ciertos prejuicios contra la antropofagia.

Otro de los inconvenientes para disfrutar de la Navidad es que la compra habitual, ya de por sí tediosa y ardua, se convierte en una guerra de trincheras. Mi última experiencia en este sentido ha sido claramente perturbadora.

Llevaba ya la mitad de mi compra realizada, con un mínimo de encontronazos admisible, cuando dejé mi carro discretamente estacionado a un lado del pasillo mientras iba a por ciertos productos. A mi vuelta descubrí que el carrito en cuestión había desaparecido. Hasta aquí, normal. La gente suele empujar con furia los carros que se encuentra a su paso y los desplaza algunos metros con malsana satisfacción, de forma que sólo tienes que girarte un poco a uno u otro lado para acabar descubriendo dónde han arrastrado tu compra.

Sin embargo, esta primera inspección rutinaria no dio frutos. Me lancé a un segundo reconocimiento del terreno, caminando arriba y abajo por los pasillos, en busca de mis posesiones, mientras sostenía en una mano el  pan de molde y en la otra el desodorante, la crema de manos y la de afeitar. Ningún resultado. El corazón empezó a latirme aceleradamente. Mi compra comprendía varios productos refrigerados y otros de encargo, como comida para llevar, cuya integridad podría verse seriamente amenazada.

Por un momento pensé: “Ya está, estoy sufriendo mi primer episodio de Alzheimer”. Confieso que soy algo hipocondríaca, nada exagerado, como apreciarán. Aquí debo hacer un pequeño inciso sobre la hipocondría.

Somos un colectivo marginado, víctimas de las críticas de médicos y pacientes. Sobre los primeros he de decir que, cuando acudimos a consulta o a urgencias, nos hacen sentir parte de un oscuro plan judeo-masónico para hacerles perder su valioso tiempo. Y  lo que resulta más chocante es que los doctores, en lugar de alegrarse por nuestra buena salud se los ve, muy al contrario,  indignados al no hallar ningún signo de enfermedad “real”. Por lo que a mí respecta salgo de la consulta con la sensación de que he decepcionado a mi galeno por no padecer un cáncer, sepsia, o angina de pecho. Vamos, que me dan ganas de tirarme delante del primer coche que pase para que me lleven de nuevo a la consulta y puedan tratarme de algo.

Digresiones aparte, intenté centrarme en el recorrido que había realizado de mi compra y cuando comprobé que lo recordaba a la perfección descarté el Alzheimer —al menos por el momento—.

De forma que de nuevo volví a patrullar los pasillos y sus ramales. Esta vez con cara de muy pocos amigos, inspeccionando el contenido de los carros con los que me cruzaba y enfrentando con mi  mirada estilo Chuck Norris, Texas Ranger —ceño fruncido, ojos entrecerrados— a sus portadores, por si descubría en alguno de ellos al malhechor que me había hurtado mis pertenencias.

De nuevo: ningún resultado. Aquí que mi mente analítica me llevo a la obvia deducción de que estaba ante el típico Expediente X. No me considero paranoica, no mucho al menos, pero reconocerán que si un carro —con toda su carga— se esfuma delante de tus ojos… como diría mi admirado Sherlock Holmes: “cuando todo aquello que es posible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad”. La certeza de que un alienígena ancestral —o moderno— había abierto un agujero de gusano en el hiperespacio y había arramplado con mi comida me alcanzó de plano cual epifanía. Tuve una sórdida imagen de pequeños hombrecillos grises poniéndose morados a costa de mis costillas BBQ y paella con gambas.

Mientras tanto, en mi nervioso patrullar me había topado varias veces con un carro abandonado. Pocos productos en su interior,  entre los que destacaba una caja de langostinos que daban de regalo ese día. Mi olfato detectivesco me llevó a sospechar que el dueño —o dueña— del mismo se había llevado el mío. ¿Confusión o mala intención?
Un buen Ranger sabe cuando pedir ayuda.

Acudí indignada a una dependienta y le expliqué mi situación: me han robado el carro, y no tengo ni tan siquiera cincuenta céntimos para coger otro y volver a empezar. Si estuviéramos en una película de Almodóvar sonaría de fondo Manolo Escobar. No es para menos.

La chica —que no se parecía en nada a Rossy de Palma— se ofreció muy amablemente a ayudarme a buscarlo, de forma que, como en una película de acción, nos dividimos, y mientras ella iba por el pasillo del fondo yo cubría el principal. Sólo nos faltaban los chalecos azules con las siglas de FBI y unos walkie-talkie —y quizá Bruce Willis gritando por ahí eso de “Yippi yippie Hey”—. De nuevo tropecé con el carrito fantasma, abandonado en una esquina, con los crustáceos ya casi descongelados.

Empecé a temerme lo peor.

Nos juntamos en la sección de frescos sin resultados positivos. La pobre chica no entendía como nadie iba a sustraerse un carro con comida que no era suya. Y en ese momento nos llegó una voz:

—¡Señora, señora! —vociferaba aquel desconocido— ¿Ha perdido un carro?

Primero déjenme decirles que nunca se debe llamar “señora” a una mujer que no supere los setenta años. Sólo un torpe cincuentón, ataviado con una cazadora de cuero de los ochenta del siglo pasado, podría cometer tal falta de tacto. Esto hizo que comenzáramos con muy mal pie y, por descontado, no contribuyo en nada a calmar mi enfado. Además, ¿perder un carro? ¡Yo no había perdido nada! ¡Me lo habían robado!

La dependienta y yo nos dirigimos veloces hacia ese individuo, descubriendo con verdadero asombro que sujetaba entre sus manos mi amado carro. De haber sido agentes de policía, nos habríamos aproximado con la mano sobre la culata de nuestras armas. En lugar de eso yo llevaba la lista de la compra y los productos de droguería todavía en las manos. Bien pensado podría haberle llenado la boca con la espuma de afeitar.

El muy zopenco, en lugar de disculparse por haberse afanado mi compra por espacio de veinte minutos, empezó a reclamarnos acaloradamente su carro. La dependienta, atónita, intentó explicarle que el que había sisado mis alimentos era él, y a la vista estaba la prueba de su delito: mis costillas y paella a la marinera. El energúmeno —lo sé, estoy siendo suave con los adjetivos, soy buena persona— no se responsabilizó en ningún momento de su hurto. Es más, dio a entender, sibilinamente, que la culpa de que hubiera cogido un carro que no era el suyo era mía.

La posverdad es un hecho en nuestras vidas.

Puede ser que me imaginara metiéndole un plátano por el más recóndito de sus agujeros negros, pero la realidad es que le quité de las manos el carrito y como soy toda misericordia le insté entre gritos y gestos a que buscara en cierto pasillo sus langostinos —a esas alturas— descongelados.

El mameluco no nos dio ni las gracias, se marchó a toda prisa —no sé a qué venía tan repentina premura después del tiempo que llevaba arrastrando un vehículo que no le pertenecía—, resentido, en busca de su marisco gratis.

Como bien pueden imaginarse, el espíritu navideño con el que había entrado aquel día, quedó pisoteado. Durante todo el camino de vuelta estuve preguntándome si habría manoseado mis productos y qué tipo de aberraciones podría haber llevado a cabo en ellos.

Como he dicho al principio, adoro la Navidad, aunque sujeta a la restricción de que la vida solo puede estar encarnada por renos, elfos, papa Noel y figuritas del belén. De estas últimas habría alguna que otra excepción, los caganer me sobran.


EL ÚNICO LEVANTAMIENTO

26 jul. 2017

Todo el mundo sabe lo que ocurrió allí. O quizá no.
Se saltaron lo de llamar a la puerta, la derribaron a patadas y nos sacaron a culetazos de fusil. Recuerdo haber pensado que todos aquellos cerrojos que mi padre se había esforzado por buscar entre la basura, o arrancar de las casas de nuestros antiguos vecinos, no habían servido de mucho.
Mi hermano Lev estaba en medio del salón, llorando, como el vórtice de nuestro particular huracán. Terminó haciéndose pis encima.
Mientras sus pantalones cortos se oscurecían y el pequeño intentaba lidiar con la vergüenza y el miedo, mis padres cruzaron una devastadora mirada.
Entonces lo supe. No había marcha atrás. El tren había descarrilado con nosotros dentro.
Al pasar por el dintel de la puerta un golpe provocó que la mezuzah saliera volando por los aires. La cogí al vuelo, escondiéndola en el bolsillo de mi chaqueta y cerré el puño con fuerza en torno a ella.
Shema Israel. No pensé que nadie estuviera escuchando ni mirándome en aquel momento. Quizá Él se había quedado dormido, o estaba también retenido contra su voluntad. Había muchas opciones pero ninguna era buena.
Nos arrastraron, en pleno mes de enero, casi sin vestir, al Umschlagplatz. Claro que a esas alturas tampoco es que nos quedara mucha ropa. Sé que fue el dieciocho porque faltaba un día para mi cumpleaños. En 1943 ninguno nos engañábamos sobre nuestro destino en el ghetto de Varsovia.
Padre llevaba de la mano a Lev. Le levantaba casi en vilo, para que no cayera al suelo y le obligaran a dejarlo tirado en medio de la calle. Lev no entendía por qué su tate le arrastraba con fuerza, e intentaba zafarse continuamente de él, hasta que recibió un golpe en la cabeza de uno de los soldados. Ahí comprendió y cesó en su empeño. Si no llegó a llorar fue por el tono dulce y suplicante de mi padre pidiéndole que caminara.
Mi madre apretaba contra su pecho a la pequeña Batia, sostenía su cabecita con fuerza. Yo estaba convencida de que terminaría ahogándola si la sujetaba de aquella manera; que no harían falta soldados, ni campos, ni cámaras, para acabar con su vida. También pensé que quizá fuera mejor así.
Y detrás de ellos, iba yo. Había perdido un zapato por el camino, una patada en los riñones me había convencido de no agacharme a recogerlo. Temía clavarme algún cristal o algo peor en el pie, así que corrí a la pata coja para no perderles de vista, o recibir más golpes.
Me costaba seguirles el ritmo. Por un instante, estuve a punto de gritar y rogarles que pararan. Podíamos dejar que nos mataran allí mismo, de esa forma nos ahorraríamos el viaje en un vagón de ganado, la separación al llegar al Konzentrationslager, las duchas…
Pero no lo hice. Quizá porque ninguno de mis padres se volvió ni una vez para asegurarse de que les seguía. Era la mayor, once años.
Qué pequeña me sentía.
Y sola.
Llegamos al punto de transferencia y nos sumamos a los que ya estaban dispuestos en columnas, inmóviles.
Pupilas dilatadas, rodillas chocando entre sí, lloros, suplicas… Murmullo de oraciones. La guerra saca a la superficie quienes somos, haciendo pedazos quién hemos fingido ser.
Tuve un deja vú. Como si aquello ya hubiera pasado antes y fuera a seguir pasando siglos después.
Entonces le vi. Un zumbido ensordeció mis oídos, fue como aguantar la respiración debajo del agua: dejé de oír, y también, en cierta forma, de ver a los que me rodeaban. Sólo estaba Él. Inexplicablemente alto, iba vestido con una túnica de lino amplia y negra, que en sus bajos refulgía como si hubiera vagado por el mismísimo cielo, arrastrando a su paso polvo de estrellas.
Sus ojos eran de obsidiana, me miró y se llevó los dedos a los labios para hacerme permanecer en silencio.
Invisible, se deslizaba entre la gente, apoyando su mano sobre sus corazones durante unos segundos. Así, hasta tocar a casi todos.
En medio de aquellos centenares de personas, ciegos a su presencia, empezó a ejecutar una danza de movimientos en lento crescendo hasta levantar un remolino de polvo y luz blanca a su alrededor.
En el último momento, antes de desaparecer, me miró.
Sonrió con tristeza. Me puso la piel de gallina.
De golpe, volví a recuperar el oído. Vi a un joven allí donde antes había estado el fantasma. Era Eliezer Geller, diferente al resto de nosotros. No tenía miedo; o bueno, tal vez sí, pero era un miedo mezclado con determinación y urgencia.
Se quitó la gorra y la levantó sobre su cabeza. Esa fue la señal, planeada de antemano: en aquel momento un grupo de rebeldes rompió filas y comenzaron a luchar contra los soldados.
Salí corriendo sin dirección fija. Parecía moverme a cámara lenta, no conseguía correr lo suficiente, nunca demasiado lejos. En lugar de gritos o disparos, oía sólo el latido de mi corazón.
Busqué a mis padres, quizá grité su nombre, no lo recuerdo.
Corrí descalza por la calle Towarowa: encogida, pegada a las paredes,  las manos cubriendo mi cabeza, rezando por esquivar las balas.
Cuando ya no pude respirar entré en un portal y me dejé caer sobre el frio suelo.
No estaba sola. Allí se habían refugiado más personas, reconocí a una familia de nuestro edificio, los Fiedler. Por unos segundos me permití sentir cierto alivio. Pero me equivoqué. Nadie me habló. Nadie preguntó por mis padres, ni se ofrecieron a ayudarme o llevarme con ellos.
Pasado un tiempo se atrevieron a salir. Cada vez que uno de ellos se levantaba, les seguía en silencio con la mirada. No pronuncié ninguna súplica, esperaba que no hiciera falta.
Al final me quedé sola. Apoyada contra la mugrienta pared, las rodillas encogidas contra mí pecho, los brazos cruzados para darme calor. La cara manchada, pálida; asustada, perdida.
Una arcada me quemó la garganta y vomité sobre mis pies. No había zapatos que manchar.
No volví a llorar nunca así. No tuve oportunidad.
Apareció de la nada. Su rostro refulgía como si millones de luciérnagas le brillaran bajo la piel. Se arrodilló a mi lado y me secó las lágrimas con sus dedos, siguiendo el surco de cada una de ellas por mis mejillas.
De pronto escuché su voz en mi cabeza. Había que salir de allí.
Le seguí por el ghetto en silencio, agarrada a un pico de su túnica negra.
Nos cruzamos con personas que corrían aterrorizadas, como gamos huyendo de un bosque incendiado.
Decenas de cuerpos tirados en cualquier sitio, en inverosímiles posiciones, abandonados por los vivos.
Las calles olían a caucho, a piel de pollo quemada, mortero y a orín.
Me condujo de vuelta a mi hogar. Parada ante el edificio miré hacia arriba, y pensé que estaba frente a un golem hecho de silencio, oscuridad y desesperación.
La lluvia resbalaba por la fachada, imagine que era el sudor de los que estaban dentro, en sus escondites, conteniendo el aliento.
La puerta de mi casa seguía abierta, rota; había muebles volcados, decenas de pequeños objetos y fotos por el suelo. Recuerdo haber pensado cómo habrían llegado a esparcirse todas esas imágenes en blanco y negro por el suelo de las habitaciones. Quizá las habíamos invocado nosotros, en un último esfuerzo por traer el pasado a nuestras vidas.
Él estaba detrás de mí, inmóvil, observando.
Recogí todas las prendas de abrigo que encontré desperdigadas por la casa y las amontoné sobre un colchón que había en el suelo. Repté bajo la montaña de ropa y me hice un ovillo. El olor de la chaqueta de mi padre me golpeó el pecho con fiereza y una especie de gemido animal, atávico, se escapó de mi garganta.
Lo último que vi de Él fueron sus pies desnudos. Eran de alabastro.
Pasé tres meses vagando por las calles, ocupada en la tarea de morir despacio.
El 19 de Abril prendieron fuego al ghetto.
Mientras, al otro lado del muro, las madres polacas vestían sus mejores galas y celebraban el domingo de Ramos, y sus hijos montaban en los caballitos del Carrusel. La música, ensordecedora, no acalló los gritos de los que se precipitaban desde los tejados de los edificios en llamas.
Tampoco era necesario.
Nadie apartó los ojos. Al contrario, miraron directamente al infierno, y siguieron con su vida cotidiana.
Mi calle: Nowolipki, y mi casa, ardieron.
Siete mil almas se perdieron en el único levantamiento civil de la Segunda Guerra mundial. Otras cuarenta y nueve mil personas fueron deportadas a los campos más tarde.
Mientras Jürgen Stroop hacia descender el infierno sobre el ghetto, yo permanecía tumbada en aquel sucio colchón, con la chaqueta de mi padre puesta, viendo como el fuego devoraba lo que una vez fue mi hogar.
Apareció en el último momento, cuando las llamas me habían rodeado y quemado ya las pestañas. Las atravesó como si fueran una cascada de agua. Me envolvió en su capa, me apretó contra su pecho y me tapó los ojos.
Un instante después estábamos al Otro lado. Nos esperaban.
Nadie me echo de menos.

Mis padres no volvieron a verme. Tampoco mis hermanos.

JUEGOS DE MESA

Tres burros jugaban al parchís,
lo intentaron con la Oca
pero los humanos
como paté la utilizaron.