NAVIDAD, DULCE NAVIDAD

12 dic. 2017

Tengo una dicotomía con la Navidad. Camino con una sonrisa bobona por las avenidas mirando las luces que cruzan de lado a lado las calles, me paro a contemplar los numerosos  adornos que cuelgan de los abetos —sobre todo esos de corte escandinavo—, monto con la ilusión de un niño un poblado navideño victoriano, y escucho —e incluso canto, aunque no muy afinadamente— villancicos y canciones de Bing Crosby.

Pero padezco antropofobia. Esto me acarrea un insalvable conflicto de intereses.

Se supone que la Navidad es un tiempo de reflexión en el que acercarte y amar a tu prójimo. Lo he intentado durante varias décadas, lo de amarles digo, y no hay gato más escaldado que yo. Tropezar años en la misma piedra ha sido suficiente para llevarla incrustada como estigma en la frente.

En ocasiones me imagino cómo sería entrar en un centro comercial desierto, con pequeñas luces parpadeantes que se iluminen a mi paso, un dulzón olor a pastel de manzana y canela, donde resuene Santa Claus Is Comin' To Town y las tiendas de juguetes estén repletas de osos de peluche y trenes de madera. Lo reconozco, la imagen puede tornarse escalofriante; como de novela de terror al más puro estilo Stephen King, donde un papá Noel asesino o zombi se te aparece sosteniendo en una mano una campana y en la otra un cuchillo goteando sangre.

Pesadillas de navidad a parte, es imposible disfrutar de los villancicos cuando una horda de niños hiperactivos y ególatras reclaman con inusitada tiranía todo tipo de juguetes a sus padres. En los excepcionales casos de no conseguir sus objetivos —algunos de ellos con una visionaria estrategia bélica— se tiran al suelo y berrean hasta alcanzar su propósito.

La compasión que me inspiran sus padres, en un primer momento, desaparece rápidamente cuando reconozco que dicha conducta está permitida y alentada por los mismos.

En esos momentos me visualizo acercándome al niño —o niña—, en su ataque paroxístico, con un rollo de cinta americana en la mano. Sobra decir que le amordazaría, le maniataría las manos y le metería en la parte baja del carrito de compra de sus padres, cual jamón navideño, para que se lo llevaran inmediatamente de allí. Lo de cortarle en finas rodajas y comérselo en Nochebuena lo dejo ya a gusto de los familiares. Tengo entendido que la carne humana es de un sabor similar a la del pollo, puede que eso tumbe ciertos prejuicios contra la antropofagia.

Otro de los inconvenientes para disfrutar de la Navidad es que la compra habitual, ya de por sí tediosa y ardua, se convierte en una guerra de trincheras. Mi última experiencia en este sentido ha sido claramente perturbadora.

Llevaba ya la mitad de mi compra realizada, con un mínimo de encontronazos admisible, cuando dejé mi carro discretamente estacionado a un lado del pasillo mientras iba a por ciertos productos. A mi vuelta descubrí que el carrito en cuestión había desaparecido. Hasta aquí, normal. La gente suele empujar con furia los carros que se encuentra a su paso y los desplaza algunos metros con malsana satisfacción, de forma que sólo tienes que girarte un poco a uno u otro lado para acabar descubriendo dónde han arrastrado tu compra.

Sin embargo, esta primera inspección rutinaria no dio frutos. Me lancé a un segundo reconocimiento del terreno, caminando arriba y abajo por los pasillos, en busca de mis posesiones, mientras sostenía en una mano el  pan de molde y en la otra el desodorante, la crema de manos y la de afeitar. Ningún resultado. El corazón empezó a latirme aceleradamente. Mi compra comprendía varios productos refrigerados y otros de encargo, como comida para llevar, cuya integridad podría verse seriamente amenazada.

Por un momento pensé: “Ya está, estoy sufriendo mi primer episodio de Alzheimer”. Confieso que soy algo hipocondríaca, nada exagerado, como apreciarán. Aquí debo hacer un pequeño inciso sobre la hipocondría.

Somos un colectivo marginado, víctimas de las críticas de médicos y pacientes. Sobre los primeros he de decir que, cuando acudimos a consulta o a urgencias, nos hacen sentir parte de un oscuro plan judeo-masónico para hacerles perder su valioso tiempo. Y  lo que resulta más chocante es que los doctores, en lugar de alegrarse por nuestra buena salud se los ve, muy al contrario,  indignados al no hallar ningún signo de enfermedad “real”. Por lo que a mí respecta salgo de la consulta con la sensación de que he decepcionado a mi galeno por no padecer un cáncer, sepsia, o angina de pecho. Vamos, que me dan ganas de tirarme delante del primer coche que pase para que me lleven de nuevo a la consulta y puedan tratarme de algo.

Digresiones aparte, intenté centrarme en el recorrido que había realizado de mi compra y cuando comprobé que lo recordaba a la perfección descarté el Alzheimer —al menos por el momento—.

De forma que de nuevo volví a patrullar los pasillos y sus ramales. Esta vez con cara de muy pocos amigos, inspeccionando el contenido de los carros con los que me cruzaba y enfrentando con mi  mirada estilo Chuck Norris, Texas Ranger —ceño fruncido, ojos entrecerrados— a sus portadores, por si descubría en alguno de ellos al malhechor que me había hurtado mis pertenencias.

De nuevo: ningún resultado. Aquí que mi mente analítica me llevo a la obvia deducción de que estaba ante el típico Expediente X. No me considero paranoica, no mucho al menos, pero reconocerán que si un carro —con toda su carga— se esfuma delante de tus ojos… como diría mi admirado Sherlock Holmes: “cuando todo aquello que es posible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad”. La certeza de que un alienígena ancestral —o moderno— había abierto un agujero de gusano en el hiperespacio y había arramplado con mi comida me alcanzó de plano cual epifanía. Tuve una sórdida imagen de pequeños hombrecillos grises poniéndose morados a costa de mis costillas BBQ y paella con gambas.

Mientras tanto, en mi nervioso patrullar me había topado varias veces con un carro abandonado. Pocos productos en su interior,  entre los que destacaba una caja de langostinos que daban de regalo ese día. Mi olfato detectivesco me llevó a sospechar que el dueño —o dueña— del mismo se había llevado el mío. ¿Confusión o mala intención?
Un buen Ranger sabe cuando pedir ayuda.

Acudí indignada a una dependienta y le expliqué mi situación: me han robado el carro, y no tengo ni tan siquiera cincuenta céntimos para coger otro y volver a empezar. Si estuviéramos en una película de Almodóvar sonaría de fondo Manolo Escobar. No es para menos.

La chica —que no se parecía en nada a Rossy de Palma— se ofreció muy amablemente a ayudarme a buscarlo, de forma que, como en una película de acción, nos dividimos, y mientras ella iba por el pasillo del fondo yo cubría el principal. Sólo nos faltaban los chalecos azules con las siglas de FBI y unos walkie-talkie —y quizá Bruce Willis gritando por ahí eso de “Yippi yippie Hey”—. De nuevo tropecé con el carrito fantasma, abandonado en una esquina, con los crustáceos ya casi descongelados.

Empecé a temerme lo peor.

Nos juntamos en la sección de frescos sin resultados positivos. La pobre chica no entendía como nadie iba a sustraerse un carro con comida que no era suya. Y en ese momento nos llegó una voz:

—¡Señora, señora! —vociferaba aquel desconocido— ¿Ha perdido un carro?

Primero déjenme decirles que nunca se debe llamar “señora” a una mujer que no supere los setenta años. Sólo un torpe cincuentón, ataviado con una cazadora de cuero de los ochenta del siglo pasado, podría cometer tal falta de tacto. Esto hizo que comenzáramos con muy mal pie y, por descontado, no contribuyo en nada a calmar mi enfado. Además, ¿perder un carro? ¡Yo no había perdido nada! ¡Me lo habían robado!

La dependienta y yo nos dirigimos veloces hacia ese individuo, descubriendo con verdadero asombro que sujetaba entre sus manos mi amado carro. De haber sido agentes de policía, nos habríamos aproximado con la mano sobre la culata de nuestras armas. En lugar de eso yo llevaba la lista de la compra y los productos de droguería todavía en las manos. Bien pensado podría haberle llenado la boca con la espuma de afeitar.

El muy zopenco, en lugar de disculparse por haberse afanado mi compra por espacio de veinte minutos, empezó a reclamarnos acaloradamente su carro. La dependienta, atónita, intentó explicarle que el que había sisado mis alimentos era él, y a la vista estaba la prueba de su delito: mis costillas y paella a la marinera. El energúmeno —lo sé, estoy siendo suave con los adjetivos, soy buena persona— no se responsabilizó en ningún momento de su hurto. Es más, dio a entender, sibilinamente, que la culpa de que hubiera cogido un carro que no era el suyo era mía.

La posverdad es un hecho en nuestras vidas.

Puede ser que me imaginara metiéndole un plátano por el más recóndito de sus agujeros negros, pero la realidad es que le quité de las manos el carrito y como soy toda misericordia le insté entre gritos y gestos a que buscara en cierto pasillo sus langostinos —a esas alturas— descongelados.

El mameluco no nos dio ni las gracias, se marchó a toda prisa —no sé a qué venía tan repentina premura después del tiempo que llevaba arrastrando un vehículo que no le pertenecía—, resentido, en busca de su marisco gratis.

Como bien pueden imaginarse, el espíritu navideño con el que había entrado aquel día, quedó pisoteado. Durante todo el camino de vuelta estuve preguntándome si habría manoseado mis productos y qué tipo de aberraciones podría haber llevado a cabo en ellos.

Como he dicho al principio, adoro la Navidad, aunque sujeta a la restricción de que la vida solo puede estar encarnada por renos, elfos, papa Noel y figuritas del belén. De estas últimas habría alguna que otra excepción, los caganer me sobran.


EL ÚNICO LEVANTAMIENTO

26 jul. 2017

Todo el mundo sabe lo que ocurrió allí. O quizá no.
Se saltaron lo de llamar a la puerta, la derribaron a patadas y nos sacaron a culetazos de fusil. Recuerdo haber pensado que todos aquellos cerrojos que mi padre se había esforzado por buscar entre la basura, o arrancar de las casas de nuestros antiguos vecinos, no habían servido de mucho.
Mi hermano Lev estaba en medio del salón, llorando, como el vórtice de nuestro particular huracán. Terminó haciéndose pis encima.
Mientras sus pantalones cortos se oscurecían y el pequeño intentaba lidiar con la vergüenza y el miedo, mis padres cruzaron una devastadora mirada.
Entonces lo supe. No había marcha atrás. El tren había descarrilado con nosotros dentro.
Al pasar por el dintel de la puerta un golpe provocó que la mezuzah saliera volando por los aires. La cogí al vuelo, escondiéndola en el bolsillo de mi chaqueta y cerré el puño con fuerza en torno a ella.
Shema Israel. No pensé que nadie estuviera escuchando ni mirándome en aquel momento. Quizá Él se había quedado dormido, o estaba también retenido contra su voluntad. Había muchas opciones pero ninguna era buena.
Nos arrastraron, en pleno mes de enero, casi sin vestir, al Umschlagplatz. Claro que a esas alturas tampoco es que nos quedara mucha ropa. Sé que fue el dieciocho porque faltaba un día para mi cumpleaños. En 1943 ninguno nos engañábamos sobre nuestro destino en el ghetto de Varsovia.
Padre llevaba de la mano a Lev. Le levantaba casi en vilo, para que no cayera al suelo y le obligaran a dejarlo tirado en medio de la calle. Lev no entendía por qué su tate le arrastraba con fuerza, e intentaba zafarse continuamente de él, hasta que recibió un golpe en la cabeza de uno de los soldados. Ahí comprendió y cesó en su empeño. Si no llegó a llorar fue por el tono dulce y suplicante de mi padre pidiéndole que caminara.
Mi madre apretaba contra su pecho a la pequeña Batia, sostenía su cabecita con fuerza. Yo estaba convencida de que terminaría ahogándola si la sujetaba de aquella manera; que no harían falta soldados, ni campos, ni cámaras, para acabar con su vida. También pensé que quizá fuera mejor así.
Y detrás de ellos, iba yo. Había perdido un zapato por el camino, una patada en los riñones me había convencido de no agacharme a recogerlo. Temía clavarme algún cristal o algo peor en el pie, así que corrí a la pata coja para no perderles de vista, o recibir más golpes.
Me costaba seguirles el ritmo. Por un instante, estuve a punto de gritar y rogarles que pararan. Podíamos dejar que nos mataran allí mismo, de esa forma nos ahorraríamos el viaje en un vagón de ganado, la separación al llegar al Konzentrationslager, las duchas…
Pero no lo hice. Quizá porque ninguno de mis padres se volvió ni una vez para asegurarse de que les seguía. Era la mayor, once años.
Qué pequeña me sentía.
Y sola.
Llegamos al punto de transferencia y nos sumamos a los que ya estaban dispuestos en columnas, inmóviles.
Pupilas dilatadas, rodillas chocando entre sí, lloros, suplicas… Murmullo de oraciones. La guerra saca a la superficie quienes somos, haciendo pedazos quién hemos fingido ser.
Tuve un deja vú. Como si aquello ya hubiera pasado antes y fuera a seguir pasando siglos después.
Entonces le vi. Un zumbido ensordeció mis oídos, fue como aguantar la respiración debajo del agua: dejé de oír, y también, en cierta forma, de ver a los que me rodeaban. Sólo estaba Él. Inexplicablemente alto, iba vestido con una túnica de lino amplia y negra, que en sus bajos refulgía como si hubiera vagado por el mismísimo cielo, arrastrando a su paso polvo de estrellas.
Sus ojos eran de obsidiana, me miró y se llevó los dedos a los labios para hacerme permanecer en silencio.
Invisible, se deslizaba entre la gente, apoyando su mano sobre sus corazones durante unos segundos. Así, hasta tocar a casi todos.
En medio de aquellos centenares de personas, ciegos a su presencia, empezó a ejecutar una danza de movimientos en lento crescendo hasta levantar un remolino de polvo y luz blanca a su alrededor.
En el último momento, antes de desaparecer, me miró.
Sonrió con tristeza. Me puso la piel de gallina.
De golpe, volví a recuperar el oído. Vi a un joven allí donde antes había estado el fantasma. Era Eliezer Geller, diferente al resto de nosotros. No tenía miedo; o bueno, tal vez sí, pero era un miedo mezclado con determinación y urgencia.
Se quitó la gorra y la levantó sobre su cabeza. Esa fue la señal, planeada de antemano: en aquel momento un grupo de rebeldes rompió filas y comenzaron a luchar contra los soldados.
Salí corriendo sin dirección fija. Parecía moverme a cámara lenta, no conseguía correr lo suficiente, nunca demasiado lejos. En lugar de gritos o disparos, oía sólo el latido de mi corazón.
Busqué a mis padres, quizá grité su nombre, no lo recuerdo.
Corrí descalza por la calle Towarowa: encogida, pegada a las paredes,  las manos cubriendo mi cabeza, rezando por esquivar las balas.
Cuando ya no pude respirar entré en un portal y me dejé caer sobre el frio suelo.
No estaba sola. Allí se habían refugiado más personas, reconocí a una familia de nuestro edificio, los Fiedler. Por unos segundos me permití sentir cierto alivio. Pero me equivoqué. Nadie me habló. Nadie preguntó por mis padres, ni se ofrecieron a ayudarme o llevarme con ellos.
Pasado un tiempo se atrevieron a salir. Cada vez que uno de ellos se levantaba, les seguía en silencio con la mirada. No pronuncié ninguna súplica, esperaba que no hiciera falta.
Al final me quedé sola. Apoyada contra la mugrienta pared, las rodillas encogidas contra mí pecho, los brazos cruzados para darme calor. La cara manchada, pálida; asustada, perdida.
Una arcada me quemó la garganta y vomité sobre mis pies. No había zapatos que manchar.
No volví a llorar nunca así. No tuve oportunidad.
Apareció de la nada. Su rostro refulgía como si millones de luciérnagas le brillaran bajo la piel. Se arrodilló a mi lado y me secó las lágrimas con sus dedos, siguiendo el surco de cada una de ellas por mis mejillas.
De pronto escuché su voz en mi cabeza. Había que salir de allí.
Le seguí por el ghetto en silencio, agarrada a un pico de su túnica negra.
Nos cruzamos con personas que corrían aterrorizadas, como gamos huyendo de un bosque incendiado.
Decenas de cuerpos tirados en cualquier sitio, en inverosímiles posiciones, abandonados por los vivos.
Las calles olían a caucho, a piel de pollo quemada, mortero y a orín.
Me condujo de vuelta a mi hogar. Parada ante el edificio miré hacia arriba, y pensé que estaba frente a un golem hecho de silencio, oscuridad y desesperación.
La lluvia resbalaba por la fachada, imagine que era el sudor de los que estaban dentro, en sus escondites, conteniendo el aliento.
La puerta de mi casa seguía abierta, rota; había muebles volcados, decenas de pequeños objetos y fotos por el suelo. Recuerdo haber pensado cómo habrían llegado a esparcirse todas esas imágenes en blanco y negro por el suelo de las habitaciones. Quizá las habíamos invocado nosotros, en un último esfuerzo por traer el pasado a nuestras vidas.
Él estaba detrás de mí, inmóvil, observando.
Recogí todas las prendas de abrigo que encontré desperdigadas por la casa y las amontoné sobre un colchón que había en el suelo. Repté bajo la montaña de ropa y me hice un ovillo. El olor de la chaqueta de mi padre me golpeó el pecho con fiereza y una especie de gemido animal, atávico, se escapó de mi garganta.
Lo último que vi de Él fueron sus pies desnudos. Eran de alabastro.
Pasé tres meses vagando por las calles, ocupada en la tarea de morir despacio.
El 19 de Abril prendieron fuego al ghetto.
Mientras, al otro lado del muro, las madres polacas vestían sus mejores galas y celebraban el domingo de Ramos, y sus hijos montaban en los caballitos del Carrusel. La música, ensordecedora, no acalló los gritos de los que se precipitaban desde los tejados de los edificios en llamas.
Tampoco era necesario.
Nadie apartó los ojos. Al contrario, miraron directamente al infierno, y siguieron con su vida cotidiana.
Mi calle: Nowolipki, y mi casa, ardieron.
Siete mil almas se perdieron en el único levantamiento civil de la Segunda Guerra mundial. Otras cuarenta y nueve mil personas fueron deportadas a los campos más tarde.
Mientras Jürgen Stroop hacia descender el infierno sobre el ghetto, yo permanecía tumbada en aquel sucio colchón, con la chaqueta de mi padre puesta, viendo como el fuego devoraba lo que una vez fue mi hogar.
Apareció en el último momento, cuando las llamas me habían rodeado y quemado ya las pestañas. Las atravesó como si fueran una cascada de agua. Me envolvió en su capa, me apretó contra su pecho y me tapó los ojos.
Un instante después estábamos al Otro lado. Nos esperaban.
Nadie me echo de menos.

Mis padres no volvieron a verme. Tampoco mis hermanos.

JUEGOS DE MESA

Tres burros jugaban al parchís,
lo intentaron con la Oca
pero los humanos
como paté la utilizaron.


DESPUÉS DE LA MUERTE

23 ene. 2016





Hora: 2:30 a.m. Día: Lunes. Lugar: Hospital Sinaí

El médico de la UCI se prepara para desconectar a Margaret Clarins, y retirarle el soporte de respiración asistida.

Sus hijos y nietos la rodean, el cansancio y la tristeza – a partes iguales—hacen estragos en sus rostros. Y, por supuesto, el no confesado alivio.

Margaret ha sufrido una larga convalecencia. Eso le ha permitido despedirse de todos sus seres queridos, y también pensar sobre lo que le aguarda más allá de su muerte.

Es creyente. Así que de una u otra forma, espera que la luz al final del túnel le traiga paz y el reencuentro con aquellos que se han ido antes que ella.

Sin embargo, el pequeño guisante negro y arrugado de la incertidumbre, se instala en su mente, rebotando de sinapsis en sinapsis, antes de entrar en coma.

Hora: 5:50 a.m. Día: Lunes. Lugar: Hospital Kingdom.

Jeremy Clevers, de tan sólo veintiocho años de edad, acaba de morir de leucemia. Junto a él, su madre. No hay padre, nunca lo hubo, tampoco hermanos.

La madre apenas ha abandonado la habitación durante las últimas semanas. Aún ahora, es incapaz de moverse de su lado, y sigue apretando con fuerza la mano de su hijo. Siente miedo. ¿Qué será de él ahora?

Jeremy, esperaba que con la muerte llegara el Final. Un destino sin futuro para los muertos.

La enfermera jefe, Tracey Majors, se ha sentado en la taza del WC, la puerta abierta mientras llora angustiada por ese chico, por su madre, y por sus hijos a salvo en casa. Por ahora.

Hora: 6:15 a.m. Día: Lunes. Lugar: Hospital Rawson-Neal

En la habitación 1313, Ernest Bass ha muerto repentinamente de un ataque al corazón. La mujer con la que estaba manteniendo relaciones sexuales llamó a Urgencias y le dejó solo en la casa.

Cuando la ambulancia llegó al domicilio, Bass había entrado en parada cardiorespiratoria.

El Sr. Bass creía en el Infierno. De hecho, estaba convencido de vivirlo cada día de su vida en la Tierra.

...

Margaret parpadea. La consciencia vuelve a ella despacio, fragmentada, dejándole un regusto amargo en el paladar, a bilis.

Finalmente, consigue con esfuerzo entreabrir los ojos, pero es como si le hubieran echado un colirio, y lo que ve es a través de una cortina de agua.

Un chico joven y un hombre de mediana edad la rodean. El joven está arrodillado junto a ella, y le sostiene la mano. Al menos eso cree, porque no es capaz de verse el cuerpo, es más una sensación.

El hombre mayor está de pié a su lado. Tiene una actitud defensiva, al acecho de algún peligro inminente.

Esta no era la idea de la Otra Vida.

—¿Dónde estoy?

Ernest Bass se gira y la mira con lástima. Nuevamente, no está segura, es sólo una corazonada. La mano de Jeremy la sujeta con más fuerza.

Quiere cerrar los ojos y volverse a perder en ese fundido que experimentó cuando la desconectaron de las máquinas.

Una Voz, alta y áspera, desde detrás de ellos, les interpela:

—¿Están listos? Tienen que avanzar. Está prohibido permanecer aquí.

Margaret reacciona ante el tono de autoridad que durante tantos años ha obedecido. Sin saber cómo consigue ponerse en pie.

Bass y Clevers se colocan cada uno a un lado, y echan a andar al unísono. Están en un túnel, o algo parecido, y al final hay una luz blanca.

¿Por qué no siente esa paz de la que tanto ha oído hablar durante su vida? Las piernas le flaquean.

—No se detenga, por favor. No sabemos que nos harían de desobedecer. Es Bass, susurrándole al oído.

—Mi nombre es Ernest, y el chico se llama Jeremy. Estamos muertos. Bueno, al menos eso creíamos antes de que aparecieran las voces ordenándonos que camináramos hacia la Luz. Nos han dicho que al llegar allí nos explicarán nuestro próximo destino… y tarea. ¡Por dios Bendito, “Tarea”!

—¡Shsss! ¡Baje la voz estúpido!—, dice un hombre anciano que camina con un grupo de cuatro personas a escasos metros por delante de ellos.

Ahora Margaret cae en la cuenta de que están rodeados por un río humano, que en pequeños grupos, avanza hacia la Luz.

No lo hacen porque se sientan atraídos, sino porque la Voz que suena dentro de sus cabezas se lo ha ordenado.

Siente miedo y se marea. Jeremy la sostiene y le sonríe.

—¡Vamos no puede ser tan malo! Después de lo que hemos vivido ¡¿Qué más nos puede pasar?! Si ya estamos muertos…

Ella asiente, pero sólo para agradecerle al muchacho su buena intención. Jeremy sólo pretende calmarla. O quizá, convencerse a sí mismo.

Un bebé llora en los brazos de una mujer. Bass se vuelve para localizar el llanto. 
Una mujer asiática lo arrulla desesperada:

—¡No es mío! ¡El bebé no es mío! Me obligaron a cogerle…

Bass no se atreve a seguir mirando, gira la cabeza de nuevo al frente y disimula un escalofrío. Se dirige a los otros:

—¿Y si esto es el Infierno?

—¡Oh Señor!—, exclama Margaret. —¿Por qué una mujer como yo tendría que ir al Infierno? ¿O este joven? No sé lo que habrá hecho usted en su vida, pero le aseguro que no merezco ninguna plaza en un infierno.

Bass se encoge de hombros, dolido.

—Hay algo que no va bien… ¿No lo sienten?

Y es verdad. Margaret, Jeremy y Ernest saben que algo va mal, muy mal.

Sin que sea necesario decir nada, los tres comienzan a caminar más despacio. Se colocan, con disimulo, al final del río humano, en un extremo.

De pronto, surge una vocecilla a sus espaldas:

—¿Ustedes también se han dado cuenta, cierto?

Pillados por sorpresa, se sobresaltan. Miran a su alrededor, buscando al dueño de esas palabras. Un pequeño hombrecillo, un enano, vestido con esmoquin y con chistera, les sonríe. Está recostado, indolente, en una pared que ellos no son capaces de ver. Entre sus manos  una baraja de naipes con la que juega.

—Si siguen caminando les atraparán.

—¿Usted sabe que hay al otro lado?—. Es Jeremy el primero en hablar, no puede disimular el temblor en su voz.

—¿Otra Vida?—, sonríe el hombrecillo, dejando ver una boca repleta de dientes de oro.

De la chistera saca una tarjeta de visita, y se la ofrece a Margaret, que la coge con renuencia por una esquina.

—Por si alguna vez precisan de mis servicios…

Con un movimiento rápido —como un Drácula de las películas en blanco y negro—, se rodea con su capa negra de forro rojo y desaparece. No se oyen aplausos.
Los tres se miran asustados, no pueden hablar, saben que les escucharían. Bass se acerca despacio a Margaret.

—¿Qué pone en la tarjeta?

La mujer niega con la cabeza, le cuesta leer la caligrafía.

Servicios Definitivos: Muerte Sin Resurrección”
Jacques Valmont.
Tres palmadas para ponerse en contacto con nosotros.
(Cerrado festivos).

Jeremy no puede evitar una carcajada nerviosa, seca.

—¿Y ahora qué?—, pregunta Bass.

De pronto se escucha un chillido proveniente del final del túnel. En dirección contraria a ellos viene un muchacho corriendo, apartando a manotazos a las personas que le bloquean el paso.

—¡Huyan, huyan de aquí, dense la vuelta, ya!

Súbitamente cae al suelo desplomado. Un muñeco de trapo sin serrín. Sigue hablando lentamente, palabras sin sentido, como un enfermo de Alzheimer desesperado por encontrar las palabras que un día supo.

Los tres han quedado parados a escasos metros del chico. Se acercan unos a otros en silencio y se agarran con fuerza. Ninguno quiere quedarse sólo.

Jeremy gira la cabeza hacia atrás, solo Oscuridad. Delante la Luz. A los lados una marea humana caminando en silencio. No hay horizonte, ni cielo sobres sus cabezas.

—¡Qué extraño, no se ven animales! ¿No os habéis dado cuenta?—, es Bass el que habla. Se ha quitado su chaqueta y, con delicadeza, la ha puesto sobre los hombros de Margaret.

—Habrá que ir hasta el final, hijos. Sea lo que sea que allí nos aguarde, habrá que afrontarlo.

Y echan a andar, Jeremy y Margaret cogidos del brazo, y Bass justo detrás de ellos.

No saben cuánto tiempo llevan caminando, no tienen hambre ni sed, pero están cansados. Están a punto de entrar en la Luz.

Ahora la gente, de forma automática, se coloca en fila india. Bass va el primero, le sigue Margaret, y el último Jeremy.

Ernest Bass da un paso más y desaparece repentinamente de la vista de Clevers.

La mujer se vuelve con lágrimas en los ojos, saca del bolsillo de la chaqueta la tarjeta del mago y se la da a Jeremy, mientras le aprieta con fuerza la mano. Le mira a los ojos desesperada.

—No corras, sal de la fila en silencio. Cuando te encuentres de nuevo con la gente caminando en grupos, hazte a  un lado y llama al Enano. Ve con él.

—¿Qué has visto? ¡Dime!

—Nunca se acaba.

—¿El qué? ¿Qué no se acaba?

—El Miedo.

Le da un empujón con firmeza sacándole de la fila. Jeremy la ve desaparecer ante sus ojos. En silencio.

Jeremy Clevers, de veintiocho años, que apenas disfrutó de su vida, va en busca de un mago que le ofrece una muerte sin retorno.

Después de dar las tres palmadas el enano se aparece a su lado, como en un número barato de prestidigitador de feria. Jeremy no puede contener los sollozos. Piensa en su madre.

El hombrecillo se quita su capa y la coloca con delicadeza sobres los hombros caídos del joven.

Siente compasión.

--¿Sabes? Necesito un ayudante, el último no era muy bueno con la sierra.

El chico levanta los ojos y sonríe. El mago le tiende la mano y con inusitada fuerza le levanta.


La madre de Jeremy, en la Tierra, por primera vez en meses después de su muerte, puede dormir sin pesadillas.

SOBRE LO QUE ESPERAMOS DEL AMOR

5 ene. 2016


Embracing  by Jack Vettriano

 Agosto, amparados bajo una parra cargada de uvas del calor. El abuelo pelaba pipas cuidadosamente, y yo las devoraba. En silencio, porque con tan sólo bostezar se secaba la garganta.

Hacía tiempo que me rondaba por la cabeza la GRAN  pregunta, pero no me atrevía a hablarle de ella. Sin embargo, aquella quietud me dio valor para averiguar.

Y le pregunté por el AMOR. Susurrando, como si fuera parte pecado, parte secreto. Se encogió de hombros y con el suspiro que dio se le salió el corazón del pecho, casi entero, dejando un pequeño resto desde el que se confesó.

-¿Y qué podría decirte yo del Amor? 

Y lo más curioso es que nunca llegué a saber si me hablaba de la abuela o de otra mujer. Ni nunca se lo pregunté.

-- Acudir a una cita con ella era como abrir  un paraguas de papel de fumar bajo un aguacero. Necesité muchos años para comprender que nada me mantendría seguro mientras la amara. Siempre mojado a causa de tanta pasión.

Y también descubrí que aunque me pareciera imposible el amor puede llegar a acabarse, y da igual lo mucho que hayas amado, porque un buen día --o más bien un mal día-- te descubres seco.  La arena del desierto avanzando  implacable hacia tu corazón.

--No me gusta cómo suena, abuelo…

--Lo sé….¡Depende de tantas cosas…! Es lo que siempre te repito, el mundo no es en blanco o negro… ¡Ojalá!

Torcí las comisuras de los labios hacia abajo, y él se apiadó de mí.

--¡Oh Altea!, también es tierno, y si no vas con cuidado se deshace entre las manos. Brilla como una atracción de feria en una noche de verano, y sabe a algodón de azúcar o a helado de vainilla y caramelo.

Te permite nadar bajo el agua sin aguantar la respiración, sonreír sólo por la calle mientras recuerdas su beso, cantar mientras friegas los cacharros o tartamudear si ella, su mirada en ti fija.

--¿Y cómo sabes si es el “verdadero”?

Todavía hoy recuerdo como encogió los ojos y me miró fijamente.

--No creo que exista el amor verdadero, niña. Sólo Amor, tu amor… A veces aciertas, a veces pierdes. A veces héroe,  a veces mendigo… pero siempre en el Amor, por Amor, a causa del Amor…

De nada sirven las recomendaciones, las lecturas, la experiencia, la prudencia…si amas tropiezas y vuelas. O podríamos decir que la altura del vuelo te hace tropezar.

--No sé si quiero amar…

Y él  abuelo  primero sonrió, y lentamente fue  ensanchando su sonrisa hasta que irrumpió en una sonora e insultante carcajada.

Me ofendió muchísimo… y eso le hizo reír más aún.

¿Cómo es posible que no exista un abuelo así…? Uno que te hable de los misterios de la Vida…

Nunca olvidé aquella conversación, en los duros momentos que vinieron la rememoraba una y otra vez. Fue en una de aquellas aciagas noches que el futuro me deparaba en la que soñé…

Estaba desnuda, tumbada sobre un verde campo de fresca hierba y una bandada de cuervos me sobrevolaba.

Me levanté y caminé despacio, con los cuervos a mi espalda, desplegados cual  capa sobre mis hombros. Un reloj de arena de la altura de dos personas, se hallaba en medio de un claro, en lo profundo del bosque.

Llegué hasta él, y como si de aire se tratara, lo traspasé. Me quedé allí dentro, de pie. Mientras veía como la arena caía sobre mi cabeza, y cubría mis pies.
Alrededor del reloj  los cuervos volaban frenéticos en círculos.

Mi cuerpo dividido en dos,  del ombligo para abajo el pasado,  del ombligo para arriba el futuro. Y el presente  un orificio estrecho, oprimido entre esos dos bulbos.

Cerré los ojos, los graznidos cesaron y dentro de mi sueño, soñé..
Allí estaba El.

En la cama me bajaba la camiseta y subía mi pantalón para taparme los riñones.

Después de una discusión acorazado en su silencio, iba al baño descompuesto.
Atrapaba mi cara entre sus manos y me besaba despacio en la boca y los ojos.
Buscaba una y otra vez mis gafas o mis llaves por toda la casa.

Al despertar cada mañana de madrugada, lo primero que me daba y pedía era un beso. Y después me preguntaba…. ¿has dormido bien?...

Me ofrecía su pecho para que reposara la cabeza y espantara --gracias a él-- mis angustias desbordadas.

Después de los años, al llegar a casa salía a recibirme, apresurado y con un abrazo.

Abrí de golpe los ojos y grité. El sueño había acabado. ¿Dónde estaba él?

Los cuervos cayeron de golpe al suelo. Los bulbos de cristal estallaron en pedazos.

Salí corriendo, y pequeños fragmentos de cristal se me clavaron en las plantas de los pies.

Chillé.

Los troncos de los árboles se doblaron hacia atrás  como si un calor intenso pudiera fundirles cual oro.

El sol se precipitó en caída libre hacia el horizonte, y la oscuridad gobernó.
Los planetas eran canicas en la mano de un viejo demente.

¿Dónde estaba El?

Invoqué en mi memoria al abuelo. Pero una parte de mi mente se rió de mí ¿Qué abuelo?

Y entonces sentí su mano, agarrando mis hombros, levantando mi cuerpo, y llevándome en brazos.


Y desperté.