EL ÚNICO LEVANTAMIENTO

26 jul. 2017

Todo el mundo sabe lo que ocurrió allí. O quizá no.
Se saltaron lo de llamar a la puerta, la derribaron a patadas y nos sacaron a culetazos de fusil. Recuerdo haber pensado que todos aquellos cerrojos que mi padre se había esforzado por buscar entre la basura, o arrancar de las casas de nuestros antiguos vecinos, no habían servido de mucho.
Mi hermano Lev estaba en medio del salón, llorando, como el vórtice de nuestro particular huracán. Terminó haciéndose pis encima.
Mientras sus pantalones cortos se oscurecían y el pequeño intentaba lidiar con la vergüenza y el miedo, mis padres cruzaron una devastadora mirada.
Entonces lo supe. No había marcha atrás. El tren había descarrilado con nosotros dentro.
Al pasar por el dintel de la puerta un golpe provocó que la mezuzah saliera volando por los aires. La cogí al vuelo, escondiéndola en el bolsillo de mi chaqueta y cerré el puño con fuerza en torno a ella.
Shema Israel. No pensé que nadie estuviera escuchando ni mirándome en aquel momento. Quizá Él se había quedado dormido, o estaba también retenido contra su voluntad. Había muchas opciones pero ninguna era buena.
Nos arrastraron, en pleno mes de enero, casi sin vestir, al Umschlagplatz. Claro que a esas alturas tampoco es que nos quedara mucha ropa. Sé que fue el dieciocho porque faltaba un día para mi cumpleaños. En 1943 ninguno nos engañábamos sobre nuestro destino en el ghetto de Varsovia.
Padre llevaba de la mano a Lev. Le levantaba casi en vilo, para que no cayera al suelo y le obligaran a dejarlo tirado en medio de la calle. Lev no entendía por qué su tate le arrastraba con fuerza, e intentaba zafarse continuamente de él, hasta que recibió un golpe en la cabeza de uno de los soldados. Ahí comprendió y cesó en su empeño. Si no llegó a llorar fue por el tono dulce y suplicante de mi padre pidiéndole que caminara.
Mi madre apretaba contra su pecho a la pequeña Batia, sostenía su cabecita con fuerza. Yo estaba convencida de que terminaría ahogándola si la sujetaba de aquella manera; que no harían falta soldados, ni campos, ni cámaras, para acabar con su vida. También pensé que quizá fuera mejor así.
Y detrás de ellos, iba yo. Había perdido un zapato por el camino, una patada en los riñones me había convencido de no agacharme a recogerlo. Temía clavarme algún cristal o algo peor en el pie, así que corrí a la pata coja para no perderles de vista, o recibir más golpes.
Me costaba seguirles el ritmo. Por un instante, estuve a punto de gritar y rogarles que pararan. Podíamos dejar que nos mataran allí mismo, de esa forma nos ahorraríamos el viaje en un vagón de ganado, la separación al llegar al Konzentrationslager, las duchas…
Pero no lo hice. Quizá porque ninguno de mis padres se volvió ni una vez para asegurarse de que les seguía. Era la mayor, once años.
Qué pequeña me sentía.
Y sola.
Llegamos al punto de transferencia y nos sumamos a los que ya estaban dispuestos en columnas, inmóviles.
Pupilas dilatadas, rodillas chocando entre sí, lloros, suplicas… Murmullo de oraciones. La guerra saca a la superficie quienes somos, haciendo pedazos quién hemos fingido ser.
Tuve un deja vú. Como si aquello ya hubiera pasado antes y fuera a seguir pasando siglos después.
Entonces le vi. Un zumbido ensordeció mis oídos, fue como aguantar la respiración debajo del agua: dejé de oír, y también, en cierta forma, de ver a los que me rodeaban. Sólo estaba Él. Inexplicablemente alto, iba vestido con una túnica de lino amplia y negra, que en sus bajos refulgía como si hubiera vagado por el mismísimo cielo, arrastrando a su paso polvo de estrellas.
Sus ojos eran de obsidiana, me miró y se llevó los dedos a los labios para hacerme permanecer en silencio.
Invisible, se deslizaba entre la gente, apoyando su mano sobre sus corazones durante unos segundos. Así, hasta tocar a casi todos.
En medio de aquellos centenares de personas, ciegos a su presencia, empezó a ejecutar una danza de movimientos en lento crescendo hasta levantar un remolino de polvo y luz blanca a su alrededor.
En el último momento, antes de desaparecer, me miró.
Sonrió con tristeza. Me puso la piel de gallina.
De golpe, volví a recuperar el oído. Vi a un joven allí donde antes había estado el fantasma. Era Eliezer Geller, diferente al resto de nosotros. No tenía miedo; o bueno, tal vez sí, pero era un miedo mezclado con determinación y urgencia.
Se quitó la gorra y la levantó sobre su cabeza. Esa fue la señal, planeada de antemano: en aquel momento un grupo de rebeldes rompió filas y comenzaron a luchar contra los soldados.
Salí corriendo sin dirección fija. Parecía moverme a cámara lenta, no conseguía correr lo suficiente, nunca demasiado lejos. En lugar de gritos o disparos, oía sólo el latido de mi corazón.
Busqué a mis padres, quizá grité su nombre, no lo recuerdo.
Corrí descalza por la calle Towarowa: encogida, pegada a las paredes,  las manos cubriendo mi cabeza, rezando por esquivar las balas.
Cuando ya no pude respirar entré en un portal y me dejé caer sobre el frio suelo.
No estaba sola. Allí se habían refugiado más personas, reconocí a una familia de nuestro edificio, los Fiedler. Por unos segundos me permití sentir cierto alivio. Pero me equivoqué. Nadie me habló. Nadie preguntó por mis padres, ni se ofrecieron a ayudarme o llevarme con ellos.
Pasado un tiempo se atrevieron a salir. Cada vez que uno de ellos se levantaba, les seguía en silencio con la mirada. No pronuncié ninguna súplica, esperaba que no hiciera falta.
Al final me quedé sola. Apoyada contra la mugrienta pared, las rodillas encogidas contra mí pecho, los brazos cruzados para darme calor. La cara manchada, pálida; asustada, perdida.
Una arcada me quemó la garganta y vomité sobre mis pies. No había zapatos que manchar.
No volví a llorar nunca así. No tuve oportunidad.
Apareció de la nada. Su rostro refulgía como si millones de luciérnagas le brillaran bajo la piel. Se arrodilló a mi lado y me secó las lágrimas con sus dedos, siguiendo el surco de cada una de ellas por mis mejillas.
De pronto escuché su voz en mi cabeza. Había que salir de allí.
Le seguí por el ghetto en silencio, agarrada a un pico de su túnica negra.
Nos cruzamos con personas que corrían aterrorizadas, como gamos huyendo de un bosque incendiado.
Decenas de cuerpos tirados en cualquier sitio, en inverosímiles posiciones, abandonados por los vivos.
Las calles olían a caucho, a piel de pollo quemada, mortero y a orín.
Me condujo de vuelta a mi hogar. Parada ante el edificio miré hacia arriba, y pensé que estaba frente a un golem hecho de silencio, oscuridad y desesperación.
La lluvia resbalaba por la fachada, imagine que era el sudor de los que estaban dentro, en sus escondites, conteniendo el aliento.
La puerta de mi casa seguía abierta, rota; había muebles volcados, decenas de pequeños objetos y fotos por el suelo. Recuerdo haber pensado cómo habrían llegado a esparcirse todas esas imágenes en blanco y negro por el suelo de las habitaciones. Quizá las habíamos invocado nosotros, en un último esfuerzo por traer el pasado a nuestras vidas.
Él estaba detrás de mí, inmóvil, observando.
Recogí todas las prendas de abrigo que encontré desperdigadas por la casa y las amontoné sobre un colchón que había en el suelo. Repté bajo la montaña de ropa y me hice un ovillo. El olor de la chaqueta de mi padre me golpeó el pecho con fiereza y una especie de gemido animal, atávico, se escapó de mi garganta.
Lo último que vi de Él fueron sus pies desnudos. Eran de alabastro.
Pasé tres meses vagando por las calles, ocupada en la tarea de morir despacio.
El 19 de Abril prendieron fuego al ghetto.
Mientras, al otro lado del muro, las madres polacas vestían sus mejores galas y celebraban el domingo de Ramos, y sus hijos montaban en los caballitos del Carrusel. La música, ensordecedora, no acalló los gritos de los que se precipitaban desde los tejados de los edificios en llamas.
Tampoco era necesario.
Nadie apartó los ojos. Al contrario, miraron directamente al infierno, y siguieron con su vida cotidiana.
Mi calle: Nowolipki, y mi casa, ardieron.
Siete mil almas se perdieron en el único levantamiento civil de la Segunda Guerra mundial. Otras cuarenta y nueve mil personas fueron deportadas a los campos más tarde.
Mientras Jürgen Stroop hacia descender el infierno sobre el ghetto, yo permanecía tumbada en aquel sucio colchón, con la chaqueta de mi padre puesta, viendo como el fuego devoraba lo que una vez fue mi hogar.
Apareció en el último momento, cuando las llamas me habían rodeado y quemado ya las pestañas. Las atravesó como si fueran una cascada de agua. Me envolvió en su capa, me apretó contra su pecho y me tapó los ojos.
Un instante después estábamos al Otro lado. Nos esperaban.
Nadie me echo de menos.

Mis padres no volvieron a verme. Tampoco mis hermanos.

JUEGOS DE MESA

Tres burros jugaban al parchís,
lo intentaron con la Oca
pero los humanos
como paté la utilizaron.


DESPUÉS DE LA MUERTE

23 ene. 2016





Hora: 2:30 a.m. Día: Lunes. Lugar: Hospital Sinaí

El médico de la UCI se prepara para desconectar a Margaret Clarins, y retirarle el soporte de respiración asistida.

Sus hijos y nietos la rodean, el cansancio y la tristeza – a partes iguales—hacen estragos en sus rostros. Y, por supuesto, el no confesado alivio.

Margaret ha sufrido una larga convalecencia. Eso le ha permitido despedirse de todos sus seres queridos, y también pensar sobre lo que le aguarda más allá de su muerte.

Es creyente. Así que de una u otra forma, espera que la luz al final del túnel le traiga paz y el reencuentro con aquellos que se han ido antes que ella.

Sin embargo, el pequeño guisante negro y arrugado de la incertidumbre, se instala en su mente, rebotando de sinapsis en sinapsis, antes de entrar en coma.

Hora: 5:50 a.m. Día: Lunes. Lugar: Hospital Kingdom.

Jeremy Clevers, de tan sólo veintiocho años de edad, acaba de morir de leucemia. Junto a él, su madre. No hay padre, nunca lo hubo, tampoco hermanos.

La madre apenas ha abandonado la habitación durante las últimas semanas. Aún ahora, es incapaz de moverse de su lado, y sigue apretando con fuerza la mano de su hijo. Siente miedo. ¿Qué será de él ahora?

Jeremy, esperaba que con la muerte llegara el Final. Un destino sin futuro para los muertos.

La enfermera jefe, Tracey Majors, se ha sentado en la taza del WC, la puerta abierta mientras llora angustiada por ese chico, por su madre, y por sus hijos a salvo en casa. Por ahora.

Hora: 6:15 a.m. Día: Lunes. Lugar: Hospital Rawson-Neal

En la habitación 1313, Ernest Bass ha muerto repentinamente de un ataque al corazón. La mujer con la que estaba manteniendo relaciones sexuales llamó a Urgencias y le dejó solo en la casa.

Cuando la ambulancia llegó al domicilio, Bass había entrado en parada cardiorespiratoria.

El Sr. Bass creía en el Infierno. De hecho, estaba convencido de vivirlo cada día de su vida en la Tierra.

...

Margaret parpadea. La consciencia vuelve a ella despacio, fragmentada, dejándole un regusto amargo en el paladar, a bilis.

Finalmente, consigue con esfuerzo entreabrir los ojos, pero es como si le hubieran echado un colirio, y lo que ve es a través de una cortina de agua.

Un chico joven y un hombre de mediana edad la rodean. El joven está arrodillado junto a ella, y le sostiene la mano. Al menos eso cree, porque no es capaz de verse el cuerpo, es más una sensación.

El hombre mayor está de pié a su lado. Tiene una actitud defensiva, al acecho de algún peligro inminente.

Esta no era la idea de la Otra Vida.

—¿Dónde estoy?

Ernest Bass se gira y la mira con lástima. Nuevamente, no está segura, es sólo una corazonada. La mano de Jeremy la sujeta con más fuerza.

Quiere cerrar los ojos y volverse a perder en ese fundido que experimentó cuando la desconectaron de las máquinas.

Una Voz, alta y áspera, desde detrás de ellos, les interpela:

—¿Están listos? Tienen que avanzar. Está prohibido permanecer aquí.

Margaret reacciona ante el tono de autoridad que durante tantos años ha obedecido. Sin saber cómo consigue ponerse en pie.

Bass y Clevers se colocan cada uno a un lado, y echan a andar al unísono. Están en un túnel, o algo parecido, y al final hay una luz blanca.

¿Por qué no siente esa paz de la que tanto ha oído hablar durante su vida? Las piernas le flaquean.

—No se detenga, por favor. No sabemos que nos harían de desobedecer. Es Bass, susurrándole al oído.

—Mi nombre es Ernest, y el chico se llama Jeremy. Estamos muertos. Bueno, al menos eso creíamos antes de que aparecieran las voces ordenándonos que camináramos hacia la Luz. Nos han dicho que al llegar allí nos explicarán nuestro próximo destino… y tarea. ¡Por dios Bendito, “Tarea”!

—¡Shsss! ¡Baje la voz estúpido!—, dice un hombre anciano que camina con un grupo de cuatro personas a escasos metros por delante de ellos.

Ahora Margaret cae en la cuenta de que están rodeados por un río humano, que en pequeños grupos, avanza hacia la Luz.

No lo hacen porque se sientan atraídos, sino porque la Voz que suena dentro de sus cabezas se lo ha ordenado.

Siente miedo y se marea. Jeremy la sostiene y le sonríe.

—¡Vamos no puede ser tan malo! Después de lo que hemos vivido ¡¿Qué más nos puede pasar?! Si ya estamos muertos…

Ella asiente, pero sólo para agradecerle al muchacho su buena intención. Jeremy sólo pretende calmarla. O quizá, convencerse a sí mismo.

Un bebé llora en los brazos de una mujer. Bass se vuelve para localizar el llanto. 
Una mujer asiática lo arrulla desesperada:

—¡No es mío! ¡El bebé no es mío! Me obligaron a cogerle…

Bass no se atreve a seguir mirando, gira la cabeza de nuevo al frente y disimula un escalofrío. Se dirige a los otros:

—¿Y si esto es el Infierno?

—¡Oh Señor!—, exclama Margaret. —¿Por qué una mujer como yo tendría que ir al Infierno? ¿O este joven? No sé lo que habrá hecho usted en su vida, pero le aseguro que no merezco ninguna plaza en un infierno.

Bass se encoge de hombros, dolido.

—Hay algo que no va bien… ¿No lo sienten?

Y es verdad. Margaret, Jeremy y Ernest saben que algo va mal, muy mal.

Sin que sea necesario decir nada, los tres comienzan a caminar más despacio. Se colocan, con disimulo, al final del río humano, en un extremo.

De pronto, surge una vocecilla a sus espaldas:

—¿Ustedes también se han dado cuenta, cierto?

Pillados por sorpresa, se sobresaltan. Miran a su alrededor, buscando al dueño de esas palabras. Un pequeño hombrecillo, un enano, vestido con esmoquin y con chistera, les sonríe. Está recostado, indolente, en una pared que ellos no son capaces de ver. Entre sus manos  una baraja de naipes con la que juega.

—Si siguen caminando les atraparán.

—¿Usted sabe que hay al otro lado?—. Es Jeremy el primero en hablar, no puede disimular el temblor en su voz.

—¿Otra Vida?—, sonríe el hombrecillo, dejando ver una boca repleta de dientes de oro.

De la chistera saca una tarjeta de visita, y se la ofrece a Margaret, que la coge con renuencia por una esquina.

—Por si alguna vez precisan de mis servicios…

Con un movimiento rápido —como un Drácula de las películas en blanco y negro—, se rodea con su capa negra de forro rojo y desaparece. No se oyen aplausos.
Los tres se miran asustados, no pueden hablar, saben que les escucharían. Bass se acerca despacio a Margaret.

—¿Qué pone en la tarjeta?

La mujer niega con la cabeza, le cuesta leer la caligrafía.

Servicios Definitivos: Muerte Sin Resurrección”
Jacques Valmont.
Tres palmadas para ponerse en contacto con nosotros.
(Cerrado festivos).

Jeremy no puede evitar una carcajada nerviosa, seca.

—¿Y ahora qué?—, pregunta Bass.

De pronto se escucha un chillido proveniente del final del túnel. En dirección contraria a ellos viene un muchacho corriendo, apartando a manotazos a las personas que le bloquean el paso.

—¡Huyan, huyan de aquí, dense la vuelta, ya!

Súbitamente cae al suelo desplomado. Un muñeco de trapo sin serrín. Sigue hablando lentamente, palabras sin sentido, como un enfermo de Alzheimer desesperado por encontrar las palabras que un día supo.

Los tres han quedado parados a escasos metros del chico. Se acercan unos a otros en silencio y se agarran con fuerza. Ninguno quiere quedarse sólo.

Jeremy gira la cabeza hacia atrás, solo Oscuridad. Delante la Luz. A los lados una marea humana caminando en silencio. No hay horizonte, ni cielo sobres sus cabezas.

—¡Qué extraño, no se ven animales! ¿No os habéis dado cuenta?—, es Bass el que habla. Se ha quitado su chaqueta y, con delicadeza, la ha puesto sobre los hombros de Margaret.

—Habrá que ir hasta el final, hijos. Sea lo que sea que allí nos aguarde, habrá que afrontarlo.

Y echan a andar, Jeremy y Margaret cogidos del brazo, y Bass justo detrás de ellos.

No saben cuánto tiempo llevan caminando, no tienen hambre ni sed, pero están cansados. Están a punto de entrar en la Luz.

Ahora la gente, de forma automática, se coloca en fila india. Bass va el primero, le sigue Margaret, y el último Jeremy.

Ernest Bass da un paso más y desaparece repentinamente de la vista de Clevers.

La mujer se vuelve con lágrimas en los ojos, saca del bolsillo de la chaqueta la tarjeta del mago y se la da a Jeremy, mientras le aprieta con fuerza la mano. Le mira a los ojos desesperada.

—No corras, sal de la fila en silencio. Cuando te encuentres de nuevo con la gente caminando en grupos, hazte a  un lado y llama al Enano. Ve con él.

—¿Qué has visto? ¡Dime!

—Nunca se acaba.

—¿El qué? ¿Qué no se acaba?

—El Miedo.

Le da un empujón con firmeza sacándole de la fila. Jeremy la ve desaparecer ante sus ojos. En silencio.

Jeremy Clevers, de veintiocho años, que apenas disfrutó de su vida, va en busca de un mago que le ofrece una muerte sin retorno.

Después de dar las tres palmadas el enano se aparece a su lado, como en un número barato de prestidigitador de feria. Jeremy no puede contener los sollozos. Piensa en su madre.

El hombrecillo se quita su capa y la coloca con delicadeza sobres los hombros caídos del joven.

Siente compasión.

--¿Sabes? Necesito un ayudante, el último no era muy bueno con la sierra.

El chico levanta los ojos y sonríe. El mago le tiende la mano y con inusitada fuerza le levanta.


La madre de Jeremy, en la Tierra, por primera vez en meses después de su muerte, puede dormir sin pesadillas.

SOBRE LO QUE ESPERAMOS DEL AMOR

5 ene. 2016


Embracing  by Jack Vettriano

 Agosto, amparados bajo una parra cargada de uvas del calor. El abuelo pelaba pipas cuidadosamente, y yo las devoraba. En silencio, porque con tan sólo bostezar se secaba la garganta.

Hacía tiempo que me rondaba por la cabeza la GRAN  pregunta, pero no me atrevía a hablarle de ella. Sin embargo, aquella quietud me dio valor para averiguar.

Y le pregunté por el AMOR. Susurrando, como si fuera parte pecado, parte secreto. Se encogió de hombros y con el suspiro que dio se le salió el corazón del pecho, casi entero, dejando un pequeño resto desde el que se confesó.

-¿Y qué podría decirte yo del Amor? 

Y lo más curioso es que nunca llegué a saber si me hablaba de la abuela o de otra mujer. Ni nunca se lo pregunté.

-- Acudir a una cita con ella era como abrir  un paraguas de papel de fumar bajo un aguacero. Necesité muchos años para comprender que nada me mantendría seguro mientras la amara. Siempre mojado a causa de tanta pasión.

Y también descubrí que aunque me pareciera imposible el amor puede llegar a acabarse, y da igual lo mucho que hayas amado, porque un buen día --o más bien un mal día-- te descubres seco.  La arena del desierto avanzando  implacable hacia tu corazón.

--No me gusta cómo suena, abuelo…

--Lo sé….¡Depende de tantas cosas…! Es lo que siempre te repito, el mundo no es en blanco o negro… ¡Ojalá!

Torcí las comisuras de los labios hacia abajo, y él se apiadó de mí.

--¡Oh Altea!, también es tierno, y si no vas con cuidado se deshace entre las manos. Brilla como una atracción de feria en una noche de verano, y sabe a algodón de azúcar o a helado de vainilla y caramelo.

Te permite nadar bajo el agua sin aguantar la respiración, sonreír sólo por la calle mientras recuerdas su beso, cantar mientras friegas los cacharros o tartamudear si ella, su mirada en ti fija.

--¿Y cómo sabes si es el “verdadero”?

Todavía hoy recuerdo como encogió los ojos y me miró fijamente.

--No creo que exista el amor verdadero, niña. Sólo Amor, tu amor… A veces aciertas, a veces pierdes. A veces héroe,  a veces mendigo… pero siempre en el Amor, por Amor, a causa del Amor…

De nada sirven las recomendaciones, las lecturas, la experiencia, la prudencia…si amas tropiezas y vuelas. O podríamos decir que la altura del vuelo te hace tropezar.

--No sé si quiero amar…

Y él  abuelo  primero sonrió, y lentamente fue  ensanchando su sonrisa hasta que irrumpió en una sonora e insultante carcajada.

Me ofendió muchísimo… y eso le hizo reír más aún.

¿Cómo es posible que no exista un abuelo así…? Uno que te hable de los misterios de la Vida…

Nunca olvidé aquella conversación, en los duros momentos que vinieron la rememoraba una y otra vez. Fue en una de aquellas aciagas noches que el futuro me deparaba en la que soñé…

Estaba desnuda, tumbada sobre un verde campo de fresca hierba y una bandada de cuervos me sobrevolaba.

Me levanté y caminé despacio, con los cuervos a mi espalda, desplegados cual  capa sobre mis hombros. Un reloj de arena de la altura de dos personas, se hallaba en medio de un claro, en lo profundo del bosque.

Llegué hasta él, y como si de aire se tratara, lo traspasé. Me quedé allí dentro, de pie. Mientras veía como la arena caía sobre mi cabeza, y cubría mis pies.
Alrededor del reloj  los cuervos volaban frenéticos en círculos.

Mi cuerpo dividido en dos,  del ombligo para abajo el pasado,  del ombligo para arriba el futuro. Y el presente  un orificio estrecho, oprimido entre esos dos bulbos.

Cerré los ojos, los graznidos cesaron y dentro de mi sueño, soñé..
Allí estaba El.

En la cama me bajaba la camiseta y subía mi pantalón para taparme los riñones.

Después de una discusión acorazado en su silencio, iba al baño descompuesto.
Atrapaba mi cara entre sus manos y me besaba despacio en la boca y los ojos.
Buscaba una y otra vez mis gafas o mis llaves por toda la casa.

Al despertar cada mañana de madrugada, lo primero que me daba y pedía era un beso. Y después me preguntaba…. ¿has dormido bien?...

Me ofrecía su pecho para que reposara la cabeza y espantara --gracias a él-- mis angustias desbordadas.

Después de los años, al llegar a casa salía a recibirme, apresurado y con un abrazo.

Abrí de golpe los ojos y grité. El sueño había acabado. ¿Dónde estaba él?

Los cuervos cayeron de golpe al suelo. Los bulbos de cristal estallaron en pedazos.

Salí corriendo, y pequeños fragmentos de cristal se me clavaron en las plantas de los pies.

Chillé.

Los troncos de los árboles se doblaron hacia atrás  como si un calor intenso pudiera fundirles cual oro.

El sol se precipitó en caída libre hacia el horizonte, y la oscuridad gobernó.
Los planetas eran canicas en la mano de un viejo demente.

¿Dónde estaba El?

Invoqué en mi memoria al abuelo. Pero una parte de mi mente se rió de mí ¿Qué abuelo?

Y entonces sentí su mano, agarrando mis hombros, levantando mi cuerpo, y llevándome en brazos.


Y desperté.

EL REY MONO

1 ene. 2016

TODAVÍA NO…



El derviche gira sobre el suelo de mármol, sus pies pisan las baldosas blancas y negras, como en un tablero de ajedrez. Es un planeta sin órbita.

A su alrededor, un rabino da vueltas meciéndose con una Torah entre las manos. El baile hipnótico levanta un suave viento que hace ondear el Talit.

En dirección contraria, un monje budista reza sus mantras con un rosario entre las manos. El naranja de su hábito deslumbra al derviche que cierra con fuerza los ojos.

Su cabeza, inclinada a un lado, parece a punto de descolgarse.

El rabino y el monje son las manecillas de un reloj averiado, cada una girando en direcciones opuestas. Alterando el tiempo.

Delante de ellos, un trono engalanado de rojo terciopelo y pan dorado. Un mono, indolente, se sienta en él, al tiempo que balancea sus piernas al ritmo de las oraciones.

Parece aburrido.

A un lado del trono hay instalado un stand de un banco online. Detrás de él, de pie, una mujer mayor se afana entre papeles y un portátil. Para conservar su trabajo tiene que conseguir al menos un cliente.

La mujer mira con evidente nerviosismo a los tres místicos y elude los ojos lascivos del Rey Mono.

No suena música alguna, pero para el derviche no parece ser un problema.

Un Cardenal sale de detrás del trono. Con sigilo, se coloca a la derecha del Rey y se inclina para susurrarle al oído.

El mono se revuelve al sentir el calor de su aliento fétido, y le muestra, en señal de advertencia, los dientes. El otro respinga y se coloca dos pasos por detrás. Con el susto ha dejado caer la correa que rodea el cuello del Rey.

De pronto, se levanta de un salto, se quita la corona y la capa de armiño, y las tira al suelo profiriendo un grito.

La corona cae a los pies del rabino, tropieza con ella y está a punto de caer.

La mujer aprovecha la confusión, y se acerca a él.

--¿Estaría interesado en abrir una cuenta  con “nosotros”? Va a ahorrarse mucho dinero. Le daré de alta ahora mismo, es muy sencillo, sólo necesito algunos datos…

--¿Quién sois “vosotros”?...

La mujer parpadea nerviosa, se encoge de hombros y vuelve presurosa a colocarse detrás del stand.

El monje budista alcanza al rabino y choca con él.

--¿Ya es la hora?, le pregunta.

El derviche para súbitamente y exclama confundido:

--¡¿Porqué estoy tan cansado?!

Se desploma de lado, y la cabeza golpea con fuerza contra el suelo. Su dentadura postiza sale despedida por los aires y el  Rey Mono la coge al vuelo. El hombre, abochornado, llora sin consuelo.

El Cardenal ha aprovechado para sentarse en el trono, pero al Rey no parece importarle. Se ha acercado al bailarín y le consuela meciéndole suavemente, a la vez que intenta colocarle de nuevo sus dientes.

La mujer del banco aprovecha la confusión para llamar la atención encendiendo un árbol de Navidad de plástico. Luces centelleantes y música de un villancico envuelven el salón.

--¡Ahora por Navidad regalamos una olla rápida al abrir su cuenta! Y enseña unos dientes blanqueados en exceso.

El rabino suspira agotado, el monje le coge del brazo y le sonríe.

--Ya queda poco, aguante.

De detrás del trono irrumpe majestuoso un caribú. Con un movimiento rápido y preciso arremete con sus astas contra el trono, tirando al suelo al Cardenal. Este sale rodando, y el Rey Mono no puede dejar de chillar mientras se  agarra la tripa y ríe.

El caribú avanza lentamente hacia el árbol de Navidad, lo huele desconfiado y resopla frustrado. Gira la cabeza y clava sus grandes ojos negros en la mujer.

Con otro golpe tira al suelo el adorno navideño y la música cesa.

La mujer se hace pis encima, el caribú mueve el hocico y resopla. El fuerte olor humano le inquieta.

Se gira dignamente hacia el Rey Mono y este se inclina en una florida reverencia.


Hoy no vendrá el Mesías. Déjense morir en paz.

HISTORIAS QUE NO QUEREMOS CONTAR

24 dic. 2015




Ahora tengo tiempo para escribir. No es algo que me resulte grato, pero como mi abuela decía “ten cuidado con lo que deseas porque puede convertirse en realidad”. Me fastidia mucho que tuviera razón.

Soñé con ser una gran escritora. Apenas terminé cincuenta páginas de un relato.

Soñé con ser una heroína que rescatara al mundo de su miseria. Mantener a raya –mal que bien-- mis miedos fue lo más valiente que he hecho.

Soñé, soñé, soñé.

Sufrimos cuando aquellos que amamos nos decepcionan, o dañan. Sin embargo, no solemos contarle a nadie como nos sentimos cuando somos nosotros mismos los que nos defraudamos.
Muchas noches, mientras me quitaba el maquillaje delante del espejo, he recordado las películas kitsch de los años cincuenta, donde las lágrimas de un viejo payaso emborronaban su maquillaje.

Al fondo, el lamento triste de una trompeta.

¿Cuántas personas tuvieron, tienen, tendrán  su reconocimiento del fracaso, del absurdo?

Quizá al volante de un coche en un atasco. O de pie, zarandeados por el autobús o el metro.

Puede que a la salida del colegio de los hijos.

En la sala de espera de un médico.

O me equivoco –como tantas veces—y esas miradas perdidas que a veces encuentro, no significan nada. Sólo eso, están perdidos, viviendo en un laberinto transparente de plexiglás. Si fuera de cristal, quedaría el recurso escénico y romántico, de romperlo en mil pedazos y escapar.

Quiero hablaros de un abuelo perfecto. De  un padre también.

¿Pero es verdad que eran así?  O simplemente necesito que sean así.

¿Importa?

La abuela Petra decía que hacerse tantas preguntas sobre la vida  sólo delata la incapacidad de vivirla. La gente que tiene razón se suele hacer desagradable al trato.

Estaba tan empeñada en perderle el miedo a la muerte,  que me quedé solo con la parte del miedo.

Quiero que mi abuelo Benigno exista. Quiero tener una foto en blanco y negro de él en mi salón, y contar apasionantes y hermosas historias de él.

Quiero que haya habido otoños en los que nos hayamos sentados juntos en un parque,  con unas castañas calientes en un cono de papel. Quiero que él me haya  susurrado el secreto de la Vida.

¿Es eso tan malo?

¿Por qué todo aquello que tememos se convierte en realidad, mientras que aquello que amamos se queda en un simple sueño?

Esta no es la historia que había pensando contar.